
Toda dictadura necesita cárceles, policías y tribunales sometidos al poder; pero ninguna logra perpetuarse únicamente con esos instrumentos. Necesita algo todavía más inquietante: ciudadanos dispuestos a perseguir a otros ciudadanos.
Ese es el punto en que el miedo deja de ser un mecanismo de control para convertirse en una degradación moral colectiva. Fidel Castro comprendió esa realidad y, una vez más, no creó nada nuevo. Como ocurrió con tantos aspectos de su sistema político, recurrió a modelos ya ensayados por otros regímenes totalitarios del siglo XX.
La Alemania nazi utilizó a las SA, los conocidos camisas pardas, para intimidar, golpear y sembrar el terror entre los adversarios del régimen. La Italia fascista organizó a las Camisas Negras con idéntico propósito: convertir la violencia callejera en un instrumento político.
El horror de las Brigadas de Respuesta Rápida en Cuba
Décadas después, Cuba tendría su propia versión bajo otro nombre: las Brigadas de Respuesta Rápida. El disfraz era distinto, pero la esencia era la misma. No se trataba de una reacción espontánea del pueblo, sino de grupos organizados.
Estos grupos fueron movilizados y dirigidos para participar en actos de repudio, acosar a opositores, humillar a familias enteras y demostrar que el Estado puede extender su brazo represivo hasta la misma puerta de una vivienda. La violencia dejaba de ser exclusivamente institucional para adquirir un rostro más perverso: el del vecino contra el vecino.
Ese fue, quizás, el mayor triunfo moral de la dictadura. No consistió únicamente en encarcelar a los disidentes, sino en lograr que algunos ciudadanos aceptaran convertirse en ejecutores de la humillación pública de sus propios compatriotas.
Es imposible contemplar aquellas escenas sin formular una pregunta incómoda. ¿Qué sintió quien levantó un palo contra un anciano indefenso? ¿Qué pasó por la conciencia de quien gritó insultos frente a una madre abrazada a sus hijos? ¿Qué clase de convicción permite lanzar piedras contra una familia cuyo único deseo era abandonar el país?
Ninguna consigna política responde esas preguntas. Los regímenes totalitarios suelen invocar la obediencia como excusa. Sin embargo, la historia ha sido implacable con ese argumento.
En Núremberg, muchos criminales nazis alegaron que solo cumplían órdenes. Aquella defensa no los absolvió. El principio quedó establecido para siempre: obedecer una orden no elimina la responsabilidad moral por los propios actos. Esa lección trasciende a Alemania, pues también alcanza a Cuba.
Cada integrante de una Brigada de Respuesta Rápida tomó una decisión personal. Algunos pudieron negarse y lo hicieron, aun a costa de perder privilegios, empleos o tranquilidad. Otros prefirieron integrarse a la turba. Nadie blandía un palo por accidente.
La dictadura organizaba el escenario, pero eran personas concretas quienes insultaban, escupían, golpeaban y destruían la dignidad de otros cubanos. Ese es el aspecto más doloroso de nuestra historia reciente.
Vecino contra vecino
Las víctimas no fueron enemigos extranjeros ni ejércitos invasores. Eran vecinos, antiguos compañeros de escuela, colegas de trabajo, familiares o amigos de toda la vida. El odio político rompió vínculos humanos elementales y convirtió la diferencia de opiniones en una licencia para la violencia.
Muchos de aquellos participantes hoy son ancianos. Otros han muerto. Algunos viven fuera de Cuba. Quizás crean que el tiempo borró lo ocurrido. No es así. La memoria de un pueblo puede demorarse, pero rara vez desaparece.
Llegará el día en que un nieto pregunte qué hizo su abuelo durante aquellos años. ¿Qué responderán? ¿Dirán que golpeaban a personas desarmadas por obediencia? ¿Explicarán que insultaban a mujeres y ancianos porque un funcionario del Partido lo ordenaba? ¿Reconocerán que participaron en actos de repudio contra ciudadanos cuyo único delito era pensar diferente?
Hay preguntas que ninguna propaganda consigue silenciar. Pedir perdón siempre será un acto digno. Reconocer la culpa exige más valor que justificarla. Pero el perdón no modifica los hechos. La historia puede comprender las circunstancias, nunca borrar la responsabilidad.
Las Brigadas de Respuesta Rápida constituyen uno de los capítulos más vergonzosos de la revolución cubana. No solo porque reprodujeron métodos ya conocidos en otros totalitarismos europeos, sino porque llevaron a miles de cubanos a participar activamente en la persecución de su propio pueblo.
Esa es la verdadera tragedia. Los dictadores pasan, los uniformes desaparecen, las consignas envejecen, las estatuas terminan cayendo, pero permanece el juicio de la historia. Y la historia rara vez absuelve a quienes, pudiendo conservar la dignidad, eligieron formar parte de la turba.

