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Cuando la palabra se convierte en basura: la pobreza de espíritu en las redes sociales cubanas

La violencia política termina penetrando también en el lenguaje cotidiano
redes sociales cubanas
Existe una ruina poco visible y quizá más peligrosa: la ruina de la palabra. Basta recorrer las redes sociales para descubrirla. (Imagen © Periódico Cubano – Gemini)

Hay países que se empobrecen materialmente. Hay otros que, además, comienzan a empobrecerse moralmente. Cuba parece estar viviendo ambas tragedias.

La primera puede verse en sus calles: edificios que se derrumban, hospitales deteriorados, apagones, escasez de alimentos y medicamentos, calles abandonadas y familias que cada día se preguntan qué podrán comer, cómo cocinarán o cuándo tendrán agua y electricidad.

Pero existe otra ruina, menos visible y quizá más peligrosa: la ruina de la palabra. Basta recorrer las redes sociales para descubrirla. Ya no se discute: se insulta. Ya no se argumenta: se repite una consigna. Ya no se intenta convencer: se intenta destruir al que piensa diferente.

La palabra, que debería ser instrumento de comunicación, se ha convertido demasiadas veces en un arma. Y esto no ocurre por casualidad. Durante décadas, el ciudadano cubano ha sido educado políticamente dentro de una lógica en la que cuestionar al poder podía convertirlo en enemigo.

La diferencia dejó de ser una riqueza y comenzó a presentarse como una amenaza. El resultado ha sido una sociedad acostumbrada a dividirse entre quienes poseen la verdad y quienes deben ser condenados por no compartirla.

crisis en Cuba
La dictadura cubana no solo ha causado un daño material al país, sino también inmaterial. (Foto © Periódico Cubano)

Pero existe una consecuencia que no siempre vemos con suficiente claridad. La violencia política termina penetrando también en el lenguaje cotidiano. Y entonces aparece en las redes el insulto fácil, la vulgaridad, la burla, la acusación sin pruebas y el ataque personal contra quien se atreve a señalar una realidad incómoda.

No hablo de todos los cubanos. Sería injusto y falso. Hablo de quienes han llegado a convertir la ofensa en argumento y la consigna en pensamiento. ¿Por qué ocurre? Las causas pueden ser diversas: miedo, propaganda, costumbre, dependencia, presión social, convicción ideológica o simple oportunismo.

No podemos entrar en la conciencia de cada individuo. Pero sí podemos observar el resultado. Un ciudadano puede llegar a defender públicamente aquello que en privado lamenta. Y ahí comienza una derrota mucho más profunda que la económica. Porque la peor consecuencia de una sociedad sometida no siempre es perder bienes materiales; puede ser perder la capacidad de decir lo que realmente se piensa.

Cuando un hombre tiene que traicionarse a sí mismo para sobrevivir, la pobreza deja de ser solamente económica. Se convierte en pobreza de espíritu. Las redes sociales son hoy un espejo de esa fractura. El cubano que no puede discutir libremente con el poder termina, algunas veces, descargando su frustración contra otro cubano.

El que no puede responder a quien gobierna, responde con furia a quien piensa diferente. Y esa es una de las grandes tragedias de nuestra sociedad: el ciudadano termina enfrentando al ciudadano mientras el verdadero problema permanece intacto.

Las redes deberían haber abierto una ventana a la libertad. En buena medida lo han hecho. Pero también han permitido que salgan por ella algunos de los fantasmas acumulados durante décadas: el odio, la intolerancia, la frustración, la humillación y la necesidad de encontrar un enemigo.

Por eso reconstruir Cuba no significará únicamente reparar edificios, carreteras, hospitales o producir alimentos. Habrá que reconstruir también al ciudadano, recuperar el respeto por la palabra, la capacidad de escuchar, el derecho a disentir y la dignidad de pensar por cuenta propia. Una Cuba diferente no puede nacer del insulto contra quien piensa distinto. Tiene que nacer del diálogo.

Una nación puede reconstruir sus paredes. Pero si no reconstruye también su convivencia, continuará viviendo entre ruinas. Cuba no necesita que sus hijos se insulten más. Necesita que vuelvan a reconocerse como seres humanos. Y quizá ese sea el primer paso para recuperar la nación que hemos perdido.

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