
Gustavo subió al remolcador 13 de Marzo convencido de que aquella embarcación podía llevar a su familia hasta Estados Unidos. La madrugada del 13 de julio de 1994 terminó entre chorros de agua, golpes contra el casco y personas que intentaban sobrevivir en la oscuridad.
Su esposa, Yuliana, su hija, a cinco días de cumplir seis meses, y su suegro murieron a causa del ataque perpetrado por el régimen a la embarcación. Él y su hijo de nueve años sobrevivieron, según su relato al canal de YouTube El Mundo de Darwin.
El ataque al remolcador 13 de Marzo ocurrió cuando un grupo de cubanos intentaba salir de La Habana rumbo a Estados Unidos. Embarcaciones estatales persiguieron el barco, lo embistieron y lanzaron potentes chorros de agua contra sus ocupantes, pese a que a bordo viajaban mujeres y niños.
El remolcador se hundió y murieron 37 personas de las 68 a bordo. El hecho se convirtió en uno de los episodios más dolorosos de la emigración cubana y en un símbolo de las denuncias de violaciones de derechos humanos contra el régimen.
El hombre de ahora 71 años reconstruyó los preparativos de la salida, la persecución y el hundimiento. También relató su posterior encarcelamiento y su llegada a EEUU en el año 2000. Su testimonio conserva recuerdos precisos y momentos que no logra reconstruir. Al hablar de lo ocurrido a otros pasajeros, distingue entre lo que presenció y lo que supo después.
Antes de aquella madrugada, Gustavo trabajaba como electricista en la Antillana de Acero. Desde niño le interesaba desmontar aparatos y comprender sus mecanismos. Aprendió distintas especialidades eléctricas y reparaba equipos para vecinos y conocidos.
Cuenta que sus aspiraciones de estudiar medicina o electrónica quedaron truncadas cuando lo enviaron al servicio militar, después de señalarlo por tocar canciones estadounidenses con una agrupación musical.
Las dificultades cotidianas y el deseo de ofrecer otro futuro a sus hijos alimentaron su intención de emigrar. Una antena que instaló para captar televisión extranjera amplió ese contraste.
Mientras su familia enfrentaba escasez, veía programas que mostraban una vida diferente. Yuliana compartía el proyecto de marcharse. Gustavo la recuerda como una mujer especial, cuya ausencia continúa acompañándolo.
Un viaje organizado entre familiares y amigos
El grupo buscaba contactar con alguien vinculado a una embarcación. Gustavo descartaba construir una balsa porque no le ofrecía garantías. Consideraba que un remolcador tenía mejores condiciones para atravesar el estrecho de Florida.
Según explica, confiaba en la estabilidad del barco y en la experiencia del patrón, a quien conocían como Raulito y que también procedía del Cotorro. No pagaron por participar. Gustavo describe una salida organizada entre amigos y familiares, facilitada por personas que tenían acceso al remolcador.
Invitó a su madre, pero ella rechazó acompañarlos porque temía lo que pudiera ocurrir. Su suegro sí se incorporó. También viajaron Yuliana, la bebé y el hijo de Gustavo, nacido de una relación anterior.
Para evitar sospechas, llegaron por separado al punto de encuentro. Yuliana salió con los niños, mientras Gustavo viajó con otros participantes en un automóvil Moscóvich. Recuerda que iban apretados, aunque no precisa cuántos ocupaban el vehículo.
Durante el trayecto, unos policías los detuvieron, revisaron sus documentos y les permitieron continuar. Él interpreta ese episodio como una oportunidad perdida para impedir la tragedia.
Gustavo sitúa la partida alrededor de las tres de la madrugada. Navegaban sin luces y en silencio. La persecución comenzó cuando todavía estaban dentro de la bahía, según su relato. Una señal entre embarcaciones alertó al patrón, quien comprendió que habían sido descubiertos. A partir de entonces, intentó maniobrar para evitar que les cerraran el paso.
Los chorros de agua y el golpe final
Gustavo permanecía junto al timón y ayudó al patrón a girarlo, ya que exigía el esfuerzo de ambos para maniobrarlo. Mientras trataban de avanzar, recibieron chorros de agua que rompieron cristales. Los fragmentos le provocaron una herida profunda en una mano, pero continuó ayudando pese al sangrado.

Según su testimonio, tres remolcadores de acero participaron en la persecución. Los cañones de agua golpeaban desde muy cerca y le arrancaron parte de la ropa. Perdió los espejuelos, lo que agravó sus dificultades para distinguir lo que ocurría. También recuerda haber utilizado una tabla para protegerse del agua. La oscuridad y su miopía limitaron lo que pudo observar.
Su familia permanecía en la parte inferior del barco. Gustavo afirma que otros sobrevivientes le contaron después que algunas madres mostraron a sus hijos para intentar detener el ataque.

Él mantuvo durante buena parte de la persecución la esperanza de llegar. Creía que el remolcador resistiría y que la bomba de achique permitiría expulsar el agua acumulada.
Esa esperanza terminó con un golpe contra la embarcación. Gustavo lo recuerda como un choque aparentemente lento, pero sostiene que el impacto comprometió el casco y aceleró la entrada de agua. El remolcador comenzó a hundirse. No bajó al compartimento donde estaban Yuliana y la bebé. Lo que ocurrió allí lo conoció posteriormente por otro sobreviviente.
Ese hombre le contó que había visto a la pequeña moverse en el agua, antes de que una bombilla estallara y todo quedara oscuro. Gustavo aclara que aquellos movimientos no significaban que su hija supiera nadar. También recibió la noticia de que Juliana se había ahogado. Su suegro murió igualmente. Ninguno de los tres tuvo el entierro que él habría querido darles.

Sobrevivir y reconstruir una vida en Estados Unidos
Gustavo tampoco sabía nadar. Agotado y con la mano sangrando, terminó en el agua. Atribuye a su fe haber sobrevivido cuando sentía que ya no podía continuar. Durante el rescate vio a su hijo subir a la embarcación que los recogió. Él quedó enredado en una cuerda, sin fuerzas, hasta que consiguieron izarlo.
La supervivencia dio paso al encierro. Relata que estuvo detenido en Jaimanitas y después en Villa Marista, sin juicio. No precisa cuánto duró la reclusión. Considera que buscaban mantenerlo incomunicado e impedir que hablara. Al salir, lo trasladaron hasta la casa de su madre. Ella reconoció su manera de tocar el timbre y reaccionó gritando.
En 2000 llegó a Estados Unidos. Allí continuó vinculado a la reparación de equipos y apoyó económicamente los estudios de su hijo, quien se graduó de arquitecto. Hoy habla también de sus nietas y de los valores que procura transmitir: humildad, perseverancia y constancia. Esa vida familiar convive con el recuerdo de quienes quedaron en el mar.
Gustavo sostiene que ninguna indemnización puede compensar esas pérdidas. Su interés en contar lo sucedido está ligado a la memoria y a la justicia. Cada vez que mira a su hijo, recuerda que ambos sobrevivieron, pero también la familia que les arrebataron aquella madrugada.
