
Amanda Camaraza, conocida en redes sociales como Cami, pasó de emigrar desde Cuba a Estados Unidos por la falta de oportunidades en la isla a construir una marca internacional a partir de una receta casera de aceite de romero.
La creadora de contenido, madre y empresaria cubana contó que su emprendimiento nació casi por accidente, después de compartir en internet una fórmula que usaba desde Cuba para enfrentar la caída del cabello.
Nacida en Matanzas, Amanda recuerda una infancia feliz, marcada por la cercanía con sus padres y abuelos. Sin embargo, reconoce que la situación del país se deterioró con el paso de los años hasta dejar pocas opciones de futuro.
Su salida de Cuba, según relató, no respondió únicamente a una necesidad económica inmediata, sino a la certeza de que en la Isla no podría cumplir sus metas personales ni formar la familia que soñaba en condiciones dignas.
Antes de emigrar, estudió una carrera vinculada a la fisioterapia, pero un diagnóstico médico alteró sus planes. Le detectaron una malformación de Arnold Chiari, una condición que la obligó a someterse a una cirugía y a vivir con ciertas limitaciones físicas.
Esa etapa coincidió con la pandemia de COVID-19 y con el inicio del proceso migratorio que la llevaría a Estados Unidos.
El trayecto hacia territorio estadounidense pasó por Nicaragua, Honduras, Guatemala y México. Aunque muchos migrantes describen esa ruta como una experiencia traumática, Amanda asegura que la vivió con una mezcla de inocencia y optimismo.
Esa forma de enfrentar la incertidumbre aparece como uno de los rasgos más fuertes de su personalidad: avanzar aun cuando el contexto sea adverso.
Una vez en Estados Unidos, la joven cubana asumió varios trabajos para abrirse camino. Hizo Uber, DoorDash, Amazon Flex y también laboró en cafeterías y restaurantes. Desde esa experiencia, defiende una visión exigente del esfuerzo personal.
A su juicio, en Cuba se entiende la frustración porque el sistema limita las posibilidades, pero en Estados Unidos considera que existen oportunidades para quien esté dispuesto a trabajar con constancia.
La transformación de Amanda en empresaria comenzó cuando su esposo, Manuel, la animó a estudiar y a salir del empleo en el restaurante donde trabajaba.
Ella ya tenía interés por la estética desde Cuba, donde hacía cejas y otros servicios de belleza durante la pandemia. Con ese impulso, abrió su salón, “La piel del cielo”, y comenzó a crear contenido en redes sociales.
El punto de quiebre llegó después de que Amanda perdiera cabello tras usar trenzas durante un tiempo prolongado. Entonces decidió compartir con sus seguidores una receta casera de aceite de romero que, según dijo, había preparado desde Cuba con conocimientos heredados de su abuelo biólogo y con ingredientes naturales.
El video se volvió viral y los comentarios comenzaron a repetirse: muchas personas le pedían que vendiera el producto.
La emprendedora compró inicialmente 30 frascos, preparó etiquetas y comenzó a recibir pedidos por Instagram. Anotaba direcciones a mano y enviaba los paquetes desde el correo. Lo que empezó como una prueba doméstica escaló rápidamente.
Según contó, las ventas crecieron de decenas a cientos y luego a miles de unidades. Actualmente asegura que vende más de 10.000 frascos mensuales y que su producto llega a clientes internacionales.
Amanda mantiene la fórmula como un secreto comercial, aunque afirma que el aceite conserva una elaboración natural y artesanal. También cuenta que recibe testimonios de mujeres con pérdida de cabello, alopecia, estrés o efectos asociados a tratamientos médicos.
Esos relatos han reforzado el vínculo emocional entre la marca y sus consumidoras, aunque sus resultados deben entenderse como experiencias personales y no como evidencia médica.
La maternidad modificó su manera de exponerse en internet. Amanda reconoce que ser madre la hizo más fuerte, pero también más vulnerable.
Al mostrar a su hijo en redes, enfrentó comentarios ofensivos y críticas que afectaron su estabilidad emocional. Por esa razón, en 2026 decidió retirar al menor de su contenido y proteger su privacidad, una decisión que describe como necesaria para recuperar equilibrio.
Su historia también refleja una de las heridas más comunes de la diáspora cubana: la separación familiar. Su madre, neonatóloga, aún no ha podido conocer a su nieto. Sus abuelos permanecen en Cuba, y una de sus abuelas padece Alzheimer.
Amanda intenta ayudarlos desde la distancia para que tengan una vejez digna, pero admite que esa separación es uno de los dolores más difíciles de sobrellevar.
Más allá del producto, la figura de Amanda Camaraza conecta con una generación de mujeres cubanas que han tenido que reconstruirse fuera de la Isla. Su caso combina migración, maternidad, redes sociales y emprendimiento.
Desde una receta familiar y una comunidad digital, logró convertir una experiencia cotidiana en un negocio. Su aspiración es que su marca sea reconocida durante años como una referencia contra la caída del cabello y como ejemplo de superación para otros migrantes.