
Un hotel cinco estrellas en Shanghái, un préstamo de 72 millones de dólares y una empresa mixta chino-cubana vuelven a poner bajo sospecha el entramado empresarial con el que el régimen cubano ha movido negocios millonarios fuera de la isla, mientras dentro del país la población enfrenta apagones, inflación, escasez y un turismo en caída.
La investigadora cubana Salomé García publicó un reporte en Facebook en el que reconstruye la pista de SunCuba S.A., una empresa mixta creada a comienzos de los años 2000 entre el grupo estatal Cubanacán y la compañía china Suntime.
El proyecto, según la información recopilada, no era menor: incluía un hotel de lujo en Pudong, Shanghái, y otro plan turístico en la Marina Hemingway, en La Habana.
El caso no prueba por sí solo un delito específico, pero sí expone algo igual de grave en términos públicos: una estructura millonaria, internacional, administrada desde empresas estatales cubanas, sin rendición de cuentas visible para los ciudadanos y conectada con compañías sancionadas o restringidas por Estados Unidos.
Así es el hotel de lujo que Cuba abrió en China
Según el reporte de García, el proyecto comenzó en 2002 con la creación de SunCuba S.A., una alianza entre Cubanacán y Suntime. Ese mismo año, el Banco de Shanghái otorgó un financiamiento de 72 millones de dólares para construir un hotel cinco estrellas en Pudong, una de las zonas financieras más importantes de China.
El inmueble abrió en 2010 bajo administración de Meliá y después pasó a operar bajo la marca Kempinski. En 2013, la cadena europea asumió la gestión del antiguo Gran Meliá Shanghai tras un acuerdo con Shanghai Suncuba Co. Ltd., y el hotel fue rebautizado como Grand Kempinski Hotel Shanghai.
El dato clave no es solo la existencia del hotel, sino la participación de una estructura vinculada al Estado cubano en una propiedad de lujo fuera de Cuba. Mientras el régimen ha pedido sacrificios constantes a la población, una empresa estatal cubana aparecía asociada a un activo hotelero internacional de alto valor.
García identifica además a Carlos Chávez, exdirectivo del hotel Brisas del Caribe en Varadero, como figura cubana asociada a la gerencia del inmueble. También menciona a Sonia Lassale como vicedirectora de Shanghai SunCuba y recuerda que ambos habrían recibido en el hotel a Miguel Díaz-Canel durante su viaje a China en 2018.
Sobre esa visita, la investigadora ironizó que Díaz-Canel parece que fue a “engordar el caballo” a China.
Esa frase refleja el fondo político del caso: la sospecha de que el turismo estatal no funciona solo como sector económico, sino como caja de negocios administrada por élites del régimen, lejos del control público y sin información clara sobre beneficios, deudas, socios o destino final de los ingresos.
Marina Hemingway: el proyecto cubano que quedó en sombra
La otra parte del esquema era un hotel en la Marina Hemingway, en La Habana. La inversión preveía una instalación de lujo de unas 600 habitaciones, manejada por Cubanacán y desarrollada con participación china.
García afirma que encontró referencias al acuerdo en 2009, 2010, 2015 y 2016, con cambios en los porcentajes de participación: primero 51% chino y 49% cubano, y luego cifras invertidas. Sin embargo, no queda claro por qué el proyecto no llegó a ejecutarse, cuánto dinero se comprometió realmente, qué garantías ofreció Cuba ni si hubo pérdidas, deudas o beneficios para alguna de las partes.
Esa falta de claridad es precisamente el punto noticioso. En un país con instituciones cerradas, sin prensa libre en los medios estatales y sin auditorías públicas accesibles sobre los grandes negocios del turismo, los proyectos fallidos también forman parte del mapa de opacidad.
El proyecto habría involucrado al Ministerio de la Construcción por la parte cubana y a Citic Construction por la contraparte china. La instalación nunca se materializó como fue anunciada, pero el caso dejó una pregunta pendiente: ¿quién responde por los acuerdos millonarios que el Estado cubano negocia en nombre del país?
La investigadora también menciona otros negocios reconocidos por autoridades cubanas en China, como la fabricación de 10 buques y un dique flotante para uso en la isla. Sobre esos proyectos, se pregunta bajo qué bandera navegarían, “los muy pillos”, una expresión que resume la sospecha sobre posibles mecanismos para mover activos, operaciones o beneficios fuera del escrutinio ciudadano.
Copacabana, sanciones y nueva apuesta por China
El caso vuelve a cobrar fuerza porque en 2025 Cuba y China firmaron un memorando de entendimiento para colaborar en el sector turístico, además de dos cartas de intención para negociar contratos de arrendamiento vinculados al Hotel Copacabana, de Cubanacán.
Según García, Sonia Lassale habría sido gerente del Copacabana en 2009, un dato que conviene verificar con documentación adicional. De confirmarse, conectaría la vieja estructura de SunCuba con una nueva fase de acercamiento chino al turismo estatal cubano.
El contexto es delicado. Cubanacán no pertenece formalmente a GAESA, el conglomerado militar que controla buena parte del negocio turístico cubano, pero sí aparece sancionado por el Departamento del Tesoro de EEUU. Además, alojamientos cubanos vinculados al aparato estatal figuran en listas restrictivas estadounidenses, en medio de una presión creciente sobre empresas extranjeras que operan con entidades del régimen.
La investigadora sostiene que este no ha sido el único proyecto frustrado de empresas mixtas sino-cubanas en el turismo. También cita señalamientos de autoridades chinas sobre “la falta de voluntad de los líderes cubanos para adoptar reformas orientadas al mercado” y menciona presuntas deudas millonarias con Huawei y Yutong, puntos que requieren verificación documental antes de presentarse como hechos cerrados.
En paralelo, informes de centros de análisis y reportes internacionales han señalado la posible expansión de capacidades chinas de inteligencia en Cuba. García interpreta esa relación como parte de un intercambio más amplio: apoyo económico y político al régimen a cambio de mayor presencia estratégica en la isla.
Esa tesis debe manejarse con atribución, pero encaja dentro de una preocupación creciente en Washington sobre la alianza entre La Habana y Beijing.
El hotel de Shanghái no es solo una curiosidad empresarial. Es una ventana a cómo el régimen cubano ha construido negocios internacionales con dinero, activos y empresas públicas, sin explicar cuánto gana el país, quién controla esos fondos y por qué esas operaciones no se traducen en bienestar para los cubanos.
En una Cuba donde los hospitales se deterioran, los apagones paralizan la vida diaria y miles de familias sobreviven con remesas, la existencia de un activo hotelero de lujo vinculado a empresas estatales cubanas en China abre una pregunta incómoda: ¿cuánto dinero se ha movido en nombre del pueblo cubano sin que el pueblo cubano tenga derecho a saberlo?