
Hay entrevistas que permiten conocer lo que piensa un gobernante. Hay otras, mucho más reveladoras, que permiten descubrir lo que un gobernante no sabe cómo responder. La entrevista de la periodista brasileña Mônica Bergamo, de Folha de S.Paulo, a Miguel Díaz-Canel pertenece a esta segunda categoría.
Porque esta vez no se trató de las habituales preguntas cuidadosamente previsibles, aquellas que permiten al entrevistado refugiarse en el lenguaje diplomático, las consignas conocidas y el repertorio de siempre. La periodista fue directamente al problema. Y Díaz-Canel quedó frente a él.
¿Díaz-Canel también sufre los apagones?
Una de las preguntas más sencillas terminó siendo, quizás, una de las más incómodas. La periodista quiso saber cómo vive el presidente. Si también sufre los apagones. Si también le falta el agua. Preguntas elementales. Preguntas que no necesitan una tesis económica ni un discurso ideológico.
Preguntas que millones de cubanos podrían formular desde sus propias casas. Y allí estuvo el detalle revelador: la expresión de Díaz-Canel dijo casi tanto como sus palabras. Porque cuando a un gobernante se le pregunta si experimenta personalmente las mismas carencias que padece la población, la respuesta no debería requerir un manual político.
Debería ser una respuesta sencilla. Sí o no. Pero aquella pregunta colocó al presidente ante una realidad que el discurso oficial suele presentar desde las estadísticas, los informes y las consignas: la vida cotidiana de los cubanos.
Los apagones no son una abstracción. La falta de agua no es una abstracción. La escasez no es una abstracción. Son la vida diaria de millones. Y precisamente por eso aquella pregunta tuvo una fuerza extraordinaria: obligaba al gobernante a salir del discurso y entrar en la realidad.
¿Por qué encarcelan a quienes protestan en Cuba?
Después llegó otra pregunta todavía más difícil. ¿Por qué encarcelan a quienes protestan? ¿Existe censura en Cuba? Aquí ya no estábamos ante un problema económico. Estábamos ante el problema del poder. Y nuevamente apareció la dificultad para ofrecer una respuesta clara.
Porque una sociedad puede tener una economía pobre, atravesar una crisis energética, padecer inflación o sufrir escasez. Todo eso puede discutirse. Pero cuando los ciudadanos protestan y la respuesta del Estado es la prisión, la pregunta deja de ser económica, se convierte en una pregunta sobre libertad.
¿Por qué un gobierno que afirma representar al pueblo teme tanto a la protesta del propio pueblo? ¿Por qué una crítica debe ser considerada una amenaza? ¿Por qué el ciudadano que reclama agua, electricidad, alimentos o libertad puede terminar convertido en un problema de seguridad?
La periodista no necesitó un largo discurso. Preguntó. Y esa es precisamente la diferencia entre una entrevista complaciente y una entrevista periodística. La periodista preguntó. Y el poder tuvo que defenderse.
Cuando el discurso ya no alcanza
Durante décadas, el régimen cubano ha dispuesto de una explicación para casi todo: el enemigo exterior, las agresiones, el embargo, la resistencia, el sacrificio, las dificultades provocadas desde fuera. El embargo estadounidense existe y tiene consecuencias que deben analizarse seriamente. Pero ninguna política exterior puede responder por sí sola todas las preguntas que surgen de la realidad interna de Cuba.
¿Por qué una economía centralizada ha sido incapaz de garantizar una producción suficiente? ¿Por qué la agricultura no alimenta adecuadamente al país? ¿Por qué el peso cubano perdió prácticamente su capacidad adquisitiva? ¿Por qué tantos cubanos, especialmente jóvenes, desean abandonar la isla? ¿Por qué las protestas populares son respondidas con represión? Y, sobre todo: ¿cuándo terminará la emergencia permanente?
Un gobierno no puede convertir eternamente la resistencia en programa de gobierno. Resistir puede ser necesario durante una crisis, pero gobernar significa algo diferente: resolver los problemas.
Hasta Silvio Rodríguez entra en escena
La periodista introdujo además otro elemento particularmente significativo: Silvio Rodríguez. No un adversario histórico del régimen. No un político de Miami. No un enemigo declarado. Silvio.
Y, según recordó la periodista durante la entrevista, el propio cantautor le había expresado su incertidumbre respecto de la subsistencia de ese socialismo. La referencia fue demoledora precisamente por su origen.
Porque cuando las dudas sobre el futuro del modelo ya no proceden solamente de quienes lo rechazan abiertamente, sino que aparecen también en voces vinculadas históricamente al proyecto revolucionario, el problema adquiere otra dimensión.
Ya no se trata simplemente de una confrontación entre gobierno y oposición. Se trata de una duda que comienza a penetrar dentro del propio universo simbólico de la Revolución. Y ahí el problema se vuelve mucho más serio.
El presidente ante el espejo
Lo verdaderamente importante de esta entrevista no es solamente lo que Díaz-Canel dijo. Es lo que las preguntas consiguieron revelar. Un presidente debe estar preparado para responder por la realidad del país que gobierna.
Debe explicar por qué faltan alimentos. Por qué se apaga la electricidad. Por qué falta el agua. Por qué emigran sus ciudadanos. Por qué son encarcelados quienes protestan. Por qué existe censura.
Y debe ser capaz de explicar hacia dónde conduce el modelo que defiende. Pero cuando ante preguntas concretas aparecen nuevamente las viejas fórmulas, el problema deja de ser la habilidad retórica de un dirigente. El problema es la incapacidad de un sistema para producir respuestas.
Díaz-Canel no llegó a la presidencia mediante una elección popular directa. Fue designado por las estructuras institucionales del sistema político cubano y posteriormente reelegido por la Asamblea Nacional.
Pero hay algo todavía más importante que la forma de su llegada al cargo: la responsabilidad de gobernar es suya. Y esa responsabilidad no puede transferirse eternamente al pasado, a Washington, al embargo o a las circunstancias internacionales.
El naufragio de las respuestas
Quizás por eso esta entrevista resulta tan importante. Porque por unos minutos el discurso oficial fue sometido a una prueba elemental: preguntar por la vida real. ¿Cómo vive usted? ¿También sufre los apagones? ¿Le falta el agua? ¿Por qué encarcelan a los que protestan? ¿Existe censura? ¿Hacia dónde va ese socialismo?
Son preguntas que no requieren consignas. Requieren respuestas. Y cuando un presidente no consigue responder convincentemente las preguntas más sencillas que puede formular un ciudadano, queda al descubierto algo mucho más profundo que una deficiencia comunicativa.
Queda al descubierto la crisis de un sistema que lleva demasiado tiempo explicando sus fracasos sin conseguir resolverlos. Esta vez una periodista no le permitió esconderse cómodamente detrás del discurso. Le preguntó por la vida. Le preguntó por la libertad. Le preguntó por la represión. Le preguntó por el futuro. Y por un instante, el presidente quedó frente al espejo. El espejo no hablaba de imperialismo. Hablaba de Cuba.
Y quizás esa sea la imagen más poderosa que deja la entrevista: un presidente enfrentado a preguntas para las que su sistema ha tenido sesenta años de consignas, pero todavía no ha encontrado respuestas.
El verdadero naufragio no está solamente en los apagones, en la escasez, en la inflación o en el éxodo. Está también en la incapacidad de quienes gobiernan para explicar por qué Cuba llegó hasta aquí y qué piensan hacer para sacarla de allí.