
Lo ocurrido en la ONU el 27 de octubre no fue una simple discusión diplomática. Fue una escena reveladora de la intolerancia de quienes, en lugar de responder a las acusaciones, reaccionaron con gritos, interrupciones y descalificaciones cuando quedaron expuestas imágenes incómodas para el régimen cubano.
El embajador estadounidense Mike Waltz mostró fotografías de Fidel Castro con relojes de lujo, así como imágenes de propiedades y otros bienes que atribuyó a la familia Castro y a la élite gobernante.
El propósito era evidente: confrontar los privilegios de quienes han ejercido el poder durante décadas con las privaciones de millones de cubanos. ¿Y cuál fue la reacción? ¡Mentiroso!, gritaban.
Pero gritar no es refutar; insultar no es demostrar; y elevar la voz no convierte una acusación en mentira. Las fotografías deben examinarse con rigor: una imagen, por sí sola, no demuestra la propiedad legal de un inmueble ni el origen de una fortuna.
Sin embargo, las preguntas que plantean merecen respuestas, investigaciones y transparencia. ¿Cómo se explica el contraste entre los privilegios de la élite y la miseria de tantos ciudadanos? ¿Quién controla los recursos del país? ¿Qué mecanismos independientes permiten exigir cuentas a quienes gobiernan?
La respuesta de los representantes cubanos no disipó esas preguntas. Por el contrario, el altercado dejó al descubierto la dificultad de un poder acostumbrado a imponer su discurso cuando debe enfrentarse a cuestionamientos públicos.
La ONU no es una tribuna privada de ningún gobierno. Es un espacio donde los representantes deben debatir, escuchar y responder. Quienes pretenden silenciar al adversario mediante gritos y provocaciones desacreditan la función diplomática que dicen representar.
¿Diplomáticos o defensores incondicionales de un poder que no tolera la crítica? La pregunta es legítima. No necesitamos demostrar que alguien recibe dinero para denunciar su conducta: basta con examinar sus actos, sus argumentos y su disposición —o su negativa— a rendir cuentas.
El pueblo cubano merece algo más que discursos sobre soberanía mientras carece de libertades, alimentos suficientes y servicios básicos. Merece saber dónde están los recursos de su país y por qué los sacrificios recaen sobre la población mientras los privilegios parecen reservados para quienes están cerca del poder.
Quien defienda al Gobierno cubano tiene derecho a expresar sus razones. Pero apoyar a un régimen no puede significar justificar la censura, ignorar los abusos ni cerrar los ojos ante las desigualdades.
Cuando las evidencias son discutidas, corresponde investigar; cuando existen acusaciones, corresponde responder; y cuando se prueban responsabilidades, corresponde exigir justicia. La verdad no necesita gritos; necesita pruebas, libertad y valor para mirar de frente la realidad.