
Ante la debacle que se produce desde dentro de la tiranía castrista —ya inocultable— se repite un fenómeno que con los años se ha vuelto costumbre: el régimen adopta el papel de pedigueño internacional, mientras una parte de la izquierda extranjera asume el rol de cómplice. Ninguno pone al pueblo cubano en primer orden, ni lo ha puesto nunca.
El pedigüeño: una dictadura que vive de pedir
Cuba no está en crisis por mala suerte. Cuba está en ruinas por un diseño político. El castrismo destruyó la agricultura, la industria, el mercado interno, la inversión productiva y, peor aún, destruyó la moral pública.
El resultado es un Estado incapaz de garantizar electricidad, agua, transporte, medicinas, alimentos o salarios dignos. Pero el régimen conserva una habilidad extraordinaria: sobrevivir sin rendir cuentas. Para eso necesita oxígeno, y ese oxígeno se busca afuera.
La dictadura pide dinero, créditos, donaciones, “cooperación”, petróleo, comida, insumos, indulgencia diplomática… mientras se niega a lo esencial: liberar la economía, permitir elecciones reales, legalizar la oposición, aceptar prensa libre, tolerar sindicatos independientes y garantizar justicia. No pide ayuda para cambiar; pide ayuda para seguir igual.
El cómplice: el que financia la permanencia
Aquí entra el segundo actor: los cómplices. No se trata solo de individuos o intelectuales extraviados. Se trata de gobiernos, instituciones y partidos que, por ideología o cálculo, sostienen a una tiranía que ya no puede sostenerse por sí misma.
Entre ellos, el gobierno de España y el gobierno de México. Y sí: México, el de Claudia Sheinbaum (nombre correcto), y antes el de López Obrador, ha mantenido una línea política de indulgencia, silencio o “solidaridad” con La Habana.
España, por su parte, ha seguido una política que en la práctica normaliza el crimen político: reuniones, gestos, acuerdos, cooperación… mientras Cuba continúa siendo una cárcel nacional.
La gran verdad que todos conocen
Lo más grave es que ellos saben. Saben que en Cuba no existe transparencia. Saben que no existe prensa que fiscalice. Saben que no existe controlaría independiente. Saben que no hay auditorías públicas reales. Saben que el Partido controla cada institución.
Por tanto, cuando entregan ayuda, créditos o respaldo diplomático, saben perfectamente que esa ayuda no llega al pueblo, no empodera al ciudadano, no fortalece derechos, no libera presos políticos, no desmonta la represión.
Esa ayuda va a donde siempre va a la élite que reprime. Cómo se usa la ayuda: método totalitario. El castrismo ha perfeccionado un mecanismo simple y cruel:
1. Pide ayuda con discurso humanitario.
2. La administra como propiedad del Partido.
3. La distribuye con control político.
4. La niega o condiciona al ciudadano “problemático”.
5. La usa como propaganda: “el mundo apoya la Revolución”.
Mientras tanto, el pueblo sigue: sin luz, sin agua, sin comida, sin medicinas, sin transporte, sin futuro. Eso no es un accidente; es la lógica de un sistema.
El cinismo: hablan de solidaridad mientras sostienen la cárcel
No se puede hablar de “solidaridad con Cuba” si se apoya a quienes encarcelan a Cuba. No se puede hablar de “ayuda al pueblo cubano” si se financia a un Estado que persigue al disidente, criminaliza la protesta, golpea, arrastra, encarcela, condena por gritar “libertad” y convierte el hambre en mecanismo de control.
Ese apoyo no es neutral, es complicidad. La tragedia mayor: la ayuda prolonga el sufrimiento. Hay un hecho histórico que ningún analista serio puede negar: los regímenes totalitarios no caen solo por pobreza, caen cuando se quedan sin oxígeno político, financiero y diplomático.
Cada vez que un gobierno extranjero le da aire al castrismo, prolonga la represión, el hambre, los apagones, el miedo, el exilio, el sufrimiento. No están ayudando a Cuba, están ayudando a que el verdugo siga de pie.
Conclusión: pedigüeños y cómplices
El castrismo mendiga porque no sabe producir. Y sus aliados lo sostienen porque no saben respetar la libertad. Uno pide para sobrevivir; el otro entrega para sostener el mito. Ambos se dan la mano. Y esa mano estrechada no es diplomacia: es un pacto sucio contra un pueblo indefenso.
Cuba no necesita más oxígeno para la tiranía. Cuba necesita libertad, alternancia, derechos, justicia y verdad. Y quien no lo entienda —o finja no entenderlo— debe cargar con el nombre que le corresponde: pedigüeños y cómplices.
JORGE LUIS LEON. FELICIDADES POR ESA GRAN Y UNICA VERDAD, ese es el discurso que necesita oir la ONU y el mundo completo, hacelo llegar al descarado sinverguenza de Bruno el violinista y su trova ya gastada y desmoralizada.
El pueblo cubano no tiene la culpa de lo que el régimen hace, centralicen sus ataques pero dejen que el pueblo respire. Como han gobernado (Díaz-Canel y sus secuaces) con terror y miedo, los cubanos se sienten como corderos sin pastor. El bloqueo lo sufre el pueblo no ellos que viven y comen bien, y si se atreven (el pueblo) a protestar los van a matar, perseguir o desaparecer. Ciérrenle las cuentas del régimen en Europa.