
La crisis energética en Cuba ha llevado a los ciudadanos a recurrir a métodos rudimentarios para cocinar, mientras la prensa oficialista reconoce la gravedad del problema y llama a buscar “soluciones factibles”.
El periódico estatal Girón, que se publica en Matanzas, presentó un artículo en el que describe cómo la falta de electricidad y gas obliga a los cubanos a cocinar con leña y carbón. El texto, lejos de señalar la responsabilidad gubernamental, ensalza la “creatividad popular” como un recurso de resistencia.
En los apagones prolongados se han vuelto cotidiano el uso del carbón y la leña para cocinar. Familias enteras deben improvisar fogatas en patios, balcones o incluso dentro de sus viviendas. La escasez de gas licuado, cuyos contratos llevan años sin renovarse, agrava la situación. Comprar un cilindro en el mercado negro cuesta cifras inalcanzables para la mayoría.
El artículo de Girón resalta cómo la falta de electricidad convierte la preparación de alimentos en un desafío constante. Los ciudadanos deben calcular sus tiempos de cocina según las pocas horas de luz disponibles o arriesgarse a perder alimentos por la falta de refrigeración.
Sin embargo, el medio evita responsabilizar al gobierno por la crisis y opta por enaltecer la “resiliencia popular”. Aunque tal vez lo dice desde la constatación de que hace meses el pueblo no protesta como lo hacía antaño con los cacerolazos. Más que resiliencia es resignación.
Con el gas fuera del alcance de muchos y la electricidad inestable, el carbón se ha convertido en una opción popular pero también costosa. En Matanzas, un saco de carbón se vende a 1.000 pesos cubanos (CUP), casi el 25 porciento de un salario medio. El transporte de este combustible se realiza de manera rudimentaria, con cocheros que recorren las calles deteniéndose en cada esquina para vender su carga.
Para encender el carbón, muchos recurren a métodos peligrosos como el uso de gasolina o alcohol. El riesgo de accidentes es alto, y los incendios domésticos se han vuelto frecuentes. A pesar de ello, la necesidad de cocinar obliga a los cubanos a tomar estas medidas extremas.
Cuando el carbón resulta inaccesible, la leña se convierte en la última opción. La destrucción de edificios y la caída de árboles proporcionan materia prima para encender fogatas. En barrios de Matanzas, es común ver a personas cargando pedazos de madera rescatados de derrumbes para utilizarlos como combustible.
El humo de estas fogatas se ha vuelto parte del paisaje urbano, un recordatorio de la precariedad en la que vive la población. Cocinar ha dejado de ser un acto cotidiano para convertirse en una tarea incierta que depende de la creatividad y el acceso a recursos cada vez más limitados.
El llamado de Girón a buscar “soluciones factibles” refleja el reconocimiento del problema, aunque sin profundizar en las causas estructurales que lo originan. El texto no menciona el colapso del sistema eléctrico ni la ineficiencia gubernamental en la gestión de los recursos energéticos. En cambio, se limita a retratar la crisis como un desafío que los cubanos deben enfrentar con ingenio y sacrificio.
Este enfoque omite el hecho de que la falta de energía y gas no es consecuencia de un desastre natural, sino de una administración fallida que ha llevado al país a depender de infraestructuras obsoletas y de importaciones inestables. La insistencia en que el pueblo debe encontrar soluciones individuales evade la responsabilidad del Estado en garantizar servicios básicos.
El artículo deja en el aire una pregunta fundamental: ¿cuándo se resolverá la crisis energética? Sin una respuesta clara, los cubanos siguen improvisando maneras de cocinar mientras esperan por una estabilidad que no llega. La incertidumbre sobre la disponibilidad de electricidad o gas convierte cada comida en una apuesta contra el tiempo y los recursos disponibles.
El salario medio mensual en Cuba es alrededor de 4 600 pesos, no 2 000.