
¡Basta ya! Basta de consignas vacías. Basta de discursos repetidos. Basta de exigir sacrificios a un pueblo que hace décadas agotó hasta la última reserva de paciencia.
¿Con qué autoridad se pide resistencia desde oficinas climatizadas? ¿Con qué autoridad hablan quienes jamás hacen una cola de diez horas para comprar un pedazo de pan, quienes nunca pasan noches enteras sin electricidad ni buscan desesperadamente una medicina que no existe?
Ustedes no viven los apagones interminables. No cargan cubos de agua porque las tuberías permanecen secas. No cocinan con leña cuando falta el gas. No hacen filas desde la madrugada para regresar con las manos vacías.
No conocen la angustia de una madre que no encuentra leche para su hijo ni la desesperación del anciano que no consigue un medicamento indispensable.
La resistencia no puede convertirse en una obligación exclusiva del pueblo mientras quienes gobiernan conservan privilegios que los colocan muy lejos de la realidad nacional.
Si de verdad creen en el sacrificio colectivo, propongo algo muy sencillo. Que todo el Comité Central del Partido Comunista abandone sus cómodas oficinas y sus residencias privilegiadas.
Que traslade su sede a la Plaza Cívica. Que viva en casas de campaña, sin electricidad, sin agua corriente, sin aire acondicionado, sin combustible y con la misma alimentación que recibe cualquier familia cubana.
Que los comités provinciales y municipales hagan exactamente lo mismo. Que soporten durante meses el calor sofocante, los mosquitos, el hambre, los apagones y la incertidumbre que padecen millones de ciudadanos. Solo entonces tendrán autoridad moral para pronunciar la palabra resistencia.
Durante sesenta y siete años se prometió prosperidad y se entregó pobreza. Se prometió igualdad y nació una nueva clase privilegiada. Se prometió justicia social mientras florecían los privilegios del poder. Se prometió un futuro luminoso y la nación terminó expulsando a millones de sus hijos hacia el exilio.
La realidad ha desmontado cada una de aquellas promesas. Las consignas no llenan los mercados. Los discursos no producen electricidad. La propaganda no abastece las farmacias. La retórica revolucionaria no devuelve la esperanza a quienes la perdieron hace décadas.
El pueblo cubano no necesita nuevas fábulas. Necesita libertad para crear, producir, emprender y decidir su propio destino. Necesita instituciones responsables y gobernantes que vivan bajo las mismas condiciones que imponen al resto de la sociedad.
La historia es implacable con los regímenes que construyen su legitimidad sobre la mentira. Ningún poder consigue sobrevivir eternamente cuando la distancia entre el discurso oficial y la realidad cotidiana se vuelve insoportable.
El 11 de julio quedó inscrito en la historia de Cuba como el día en que miles de ciudadanos rompieron el muro del miedo. No fue una conspiración. No fue una fabricación extranjera. Fue el grito espontáneo de un pueblo cansado de promesas incumplidas, de privaciones y de una realidad que desmiente diariamente el discurso oficial.
Por eso hoy vuelvo a decir: Basta de engaños. Basta de discursos vacíos. Basta de pedir resistencia desde el privilegio. Porque ningún gobierno puede exigir heroísmo permanente a un pueblo mientras sus dirigentes viven protegidos de los sacrificios que imponen.
La verdad siempre termina imponiéndose sobre la propaganda. Y cuando la verdad despierta, ningún poder consigue volver a dormirla.