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Silvio Rodríguez: siempre al lado del verdugo

Siempre de rodillas, nunca de pie
Silvio Rodríguez
La contradicción de su figura está en predicar igualdad mientras se acepta una posición privilegiada dentro de un sistema que niega oportunidades y libertades a millones de ciudadanos. (Captura de pantalla © Silvio Rodríguez – YouTube)

Hay artistas que convierten su talento en una voz para quienes no tienen voz. Y hay otros que, llegado el momento decisivo, prefieren que su guitarra siga sonando aunque alrededor se escuchen los golpes del poder. Silvio Rodríguez pertenece a esta segunda historia.

No cuestiono su talento artístico. Cuestiono algo mucho más importante: el uso de la inteligencia y del prestigio para convivir con un poder que durante décadas ha negado libertades fundamentales a los cubanos.

El episodio de 2003 debería bastar para entenderlo. En plena Primavera Negra, mientras 75 opositores eran condenados a largas penas de prisión y tres jóvenes eran fusilados después del secuestro de una embarcación, Silvio Rodríguez estampó su firma en el documento titulado Mensaje desde La Habana para los amigos que están lejos.

El texto defendía las medidas tomadas por el gobierno y pedía cerrar filas con la Revolución. Años después, Rodríguez ha sostenido que aquella firma no significaba respaldar los fusilamientos.

Esa es su explicación y debe quedar registrada. Pero existe un hecho que resulta todavía más difícil de esquivar: en 2004 defendió públicamente las condenas impuestas a los 75 opositores, argumentando que no estaban presos por expresar opiniones, sino por supuestamente conspirar con Estados Unidos.

Ahí está la verdadera cuestión. No se trata de una canción. No se trata de una metáfora. No se trata de gustos musicales. Se trata de lo que hace un intelectual cuando el poder castiga al ciudadano que piensa diferente. Y ahí Silvio ha escogido demasiadas veces el poder.

Mientras Pablo Milanés terminó denunciando públicamente la falta de libertades y la represión contra las Damas de Blanco, Silvio cuestionó la forma en que su antiguo compañero hacía esas críticas y llegó a defender la necesidad de “cerrar filas” con Cuba y la Revolución.

Ese contraste resulta revelador, porque el verdadero valor de un intelectual no se demuestra cuando canta contra los poderosos que están lejos. Se demuestra cuando se atreve a señalar al poderoso que tiene delante.

La contradicción de la figura de Silvio Rodríguez

Silvio ha cantado sobre la libertad, la justicia, la dignidad y los sueños. Pero cuando esas mismas palabras podían convertirse en una acusación contra el poder cubano, apareció una prudencia selectiva. ¿Convicción? ¿Lealtad ideológica? ¿Supervivencia dentro del sistema? ¿Una mezcla de las tres? Eso corresponde juzgarlo a cada lector.

Lo que sí podemos juzgar son los hechos. El propio Rodríguez ha reconocido que se siente privilegiado en Cuba. También ha explicado que los estudios Abdala surgieron con su iniciativa, que recibió apoyo de Fidel Castro y que el Estado participó en su financiamiento.

Por eso resulta difícil escuchar discursos sobre sacrificio colectivo provenientes de alguien que durante décadas ha disfrutado de una posición excepcional dentro del sistema. La contradicción no está en ser rico o famoso. La contradicción está en predicar igualdad mientras se acepta una posición privilegiada dentro de un sistema que niega oportunidades y libertades a millones de ciudadanos.

Y esa contradicción es precisamente la que debemos desnudar. Silvio Rodríguez no necesita que nadie le quite sus canciones. Tampoco necesita que se niegue su talento.
Pero el talento no concede inmunidad moral. Una guitarra puede producir belleza. Una canción puede emocionar a generaciones. Un poeta puede escribir versos extraordinarios. Pero ninguna canción absuelve una conducta política.

La historia no juzga solamente lo que un hombre cantó. También juzga aquello que decidió callar, aquello que justificó y, sobre todo, al lado de quién permaneció cuando llegó la hora de escoger. Silvio escogió. Y esa elección forma parte de su legado. La máscara puede conservarse en el escenario. Pero cuando cae el telón, queda el hombre frente a la Historia.

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