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Osvaldo Lugo: el pintor que no quiso irse de Cuba

Nuevitas quiere homenajear al artista que un día expulsó y humilló
Osvaldo Lugo pintor
“Un verdadero homenaje a Osvaldo Lugo no debería consistir solamente en volver a colgar sus cuadros en Nuevitas; debería atreverse a contar por qué un día tuvieron que arrancarlos de allí”. (Foto cortesía del autor)

Osvaldo Lugo no quiso irse de Cuba. Quería pintar en Nuevitas, vivir entre sus calles y dejar allí su obra. Lo recuerdo impecablemente vestido de blanco, caminando por el pueblo.

Lo recuerdo también detrás de las enormes ventanas coloniales de su casa en la calle Calixto García, entre Augusto Arango y Agramonte, mientras sus enormes cuadros parecían desbordar las paredes de la sala.

Hasta que un día llegó a su puerta un sargento de apellido Morales para decirle que tenía que marcharse. Osvaldito no quería irse. Entonces llegó el repudio: los huevos, el mercurocromo, los carteles de “abajo la escoria”, los gusanos con alas dibujados para humillarlo por ser homosexual.

No querían solamente expulsar al hombre: querían marcarlo, convertir su diferencia en vergüenza y su dignidad en espectáculo.

Después quisieron llevarlo a prisión y sobre él pesaba, según se recuerda, una condena de doce años. El gran pintor terminó escapando de Cuba, no porque hubiera dejado de amar su tierra, sino porque la “revolución” había dejado de permitirle vivir en ella.

Ahora Nuevitas quiere homenajear al artista que un día expulsó y humilló. Y uno no puede dejar de preguntarse qué clase de homenaje será ese si se exhibe la obra, pero se silencia la historia; si se celebran los cuadros, pero se olvida al hombre que tuvo que abandonar su casa, su pueblo y su país para salvarse.

Y queda una pregunta que parece escrita en la propia memoria de aquellas paredes: ¿estará en esa exposición el cuadro del Che Guevara desnudo sobre un caballo? Porque cuentan que tampoco aquel cuadro escapó de los huevos de la chusma enardecida y revolucionaria.

Quizás sería el testimonio más incómodo y, por eso mismo, el más necesario. Porque un verdadero homenaje a Osvaldo Lugo no debería consistir solamente en volver a colgar sus cuadros en Nuevitas; debería atreverse a contar por qué un día tuvieron que arrancarlos de allí. La memoria no se puede inaugurar con una cinta roja: o se cuenta completa o vuelve a ser otra forma de silencio.

Nota: Este cuadro me lo regaló Osvaldo Lugo en Miami. Es uno de los que conservo en la sala de mi casa.

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