
La crisis de combustible en Cuba, agravada por apagones constantes y el deterioro económico, ha llevado a soluciones extremas como la del mecánico Juan Carlos Pino, quien adaptó un FIAT Polski de 1980 para funcionar con carbón vegetal.
El caso, documentado por varios medios internacionales, se ha convertido en un reflejo del impacto de la escasez energética en la vida cotidiana de los cubanos.
Pino, de la localidad de Aguacate, en Mayabeque, logró modificar su vehículo para utilizar un combustible “más barato y abundante que la gasolina”, en un contexto donde el acceso al petróleo es cada vez más limitado y su distribución está estrictamente racionada.
Pero detrás del invento, no hay improvisación total. El propio mecánico explicó que su conocimiento tiene raíces familiares y técnicas bien definidas:
“Aprendí sobre esto de mi tío, que era mecánico y me enseñó los fundamentos de esa técnica, los generadores de gas de la Segunda Guerra Mundial y todo eso. Siempre me llamó la atención, pero nunca lo implementé porque no había necesidad. Ahora, con la actual crisis de combustible, me propuse ver si funcionaba porque es un combustible que existe y es fácil de obtener en esta zona”, declaró a la agencia Reuters el cubano.
El sistema, construido completamente con materiales reciclados, es tan rudimentario como ingenioso. De acuerdo con lo expuesto en el reportaje de la mencionada agencia, el carbón se quema dentro de un tanque de propano modificado, sellado con la tapa de un transformador, mientras que una jarra de leche de acero inoxidable rellena de ropa vieja actúa como filtro.
El resultado no es simbólico, el vehículo ha logrado recorrer 53 millas (unos 85 kilómetros) y alcanzar velocidades de hasta 43 millas por hora (70 km/h), cifras que, en el contexto cubano actual, representan mucho más que un experimento.
En un país donde la gasolina se vende en el mercado negro a precios que pueden multiplicar varias veces el oficial y donde los apagones forman parte de la rutina diaria, soluciones como esta dejan de ser curiosidades para convertirse en alternativas reales.
La escasez de combustible en Cuba no es nueva, pero en los últimos meses con la presión de Estados Unidos hacia el régimen de la Isla se ha agravado, afectando aún más el ya deteriorado transporte, la producción y la vida cotidiana. Sectores enteros han quedado paralizados, mientras la población recurre a bicicletas, carbón o soluciones improvisadas para sostener actividades básicas.
En ese contexto, el propio Pino reconoce las limitaciones de su invento, pero también su valor en medio de la crisis: “Personalmente, prefiero la gasolina porque, bueno, es más conveniente. Es la tecnología. Tiene sentido. Pero me va a costar mucho quitar el tanque de carbón porque es como mi propio hijo”.
La frase resume el dilema de millones de cubanos: entre lo ideal y lo posible, entre la tecnología moderna y la supervivencia diaria.
Lo que en otro contexto sería visto como un experimento mecánico, en la Cuba actual se convierte en un reflejo del colapso de un sistema incapaz de garantizar lo más básico. El regreso de tecnologías utilizadas durante la Segunda Guerra Mundial no responde a nostalgia ni innovación, sino a la urgencia.
Tecnología de guerra que vuelve por necesidad a Cuba
Durante la Segunda Guerra Mundial, la escasez de petróleo obligó a varios países a recurrir a combustibles alternativos para mantener en funcionamiento su transporte. Una de las soluciones más extendidas fue el uso de gasógenos, dispositivos que permitían generar gas combustible a partir de materiales sólidos como la madera o el carbón vegetal.
El sistema funcionaba mediante un proceso conocido como gasificación, en el que el carbón se quemaba con una cantidad limitada de oxígeno dentro de un recipiente cerrado. Esto producía una mezcla de gases, principalmente monóxido de carbono e hidrógeno, que, tras ser filtrados y enfriados, podían alimentar motores de combustión interna.
Este tipo de tecnología se utilizó ampliamente en Europa durante el conflicto. Automóviles, camiones e incluso maquinaria agrícola fueron adaptados para operar con gasógenos ante la falta de gasolina. Se estima que más de un millón de vehículos llegaron a funcionar con este sistema en distintos países.
Sin embargo, su uso implicaba varias limitaciones: los motores perdían potencia, el arranque era más lento y el mantenimiento resultaba complejo. Además, los vehículos debían cargar con el equipo y el combustible sólido.
Tras la guerra, con el restablecimiento del suministro de petróleo, esta tecnología fue abandonada, quedando como una solución de emergencia propia de tiempos de crisis.