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Bartolo revela precariedad y vigilancia en el humor cubano de los 90

El artista describe fraudes salariales, prohibiciones y presión institucional durante el Período Especial
Bartolo revela precariedad y vigilancia en el humor cubano de los 90
El comediante describe funciones masivas, gerentes que retenían la taquilla y el acoso que marcó su salida del país. (Captura de pantalla © The Adrian Fernandez Show – YouTube)

El humorista cubano José Coll, conocido como Bartolo, reveló cómo surgieron sus diferencias con Jardiel El Flaco durante los años noventa, cuando ambos integraban un grupo cómico que llenaba funciones en La Habana.

En el programa The Adrián Fernández Show, Coll explicó que el conflicto nació por el manejo del dinero, la falta de contratos claros y la presión estatal que afectó la estabilidad del colectivo.

En ese tiempo, cobraban pagos mínimos mientras los promotores retenían la taquilla y las autoridades imponían suspensiones por el contenido de los espectáculos.

 

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Según su testimonio, actuaban de jueves a domingo en el Morro y reunían entre 800 y más de mil personas por noche. La entrada costaba tres dólares, cifra elevada para la época, pero los artistas recibían apenas tres dólares cada uno.

“Nosotros metíamos 800, 900, mil y pico de gente y no ganábamos un kilo”, afirmó. El gerente prometía pagar “cuando esto coja nivel”, pero el grupo nunca veía la recaudación.

Coll señaló que esa situación generó fricciones internas, incluida la relación con Jardiel, porque todos dependían del mismo ingreso y debían decidir si continuar o detener las presentaciones.

Finalmente, exigieron el dinero acumulado. “Le dije: ‘Si no me paga lo que me debe, no trabajamos’. Pensó que íbamos a venir gratis. El lugar se vació y tuvo que llamarnos para saldar la deuda”, relató.

Antes de esos llenos, la realidad era más dura. Se presentaban en el Castillo de la Fuerza por dos dólares, una porción de pizza y un refresco. Viajaban en bicicleta desde barrios lejanos.

Aceptaban ron o cerveza como pago y luego los vendían para comprar comida. “Yo era el sustento de mi casa. Con eso comíamos”, explicó. Con el tiempo comprendieron el alcance de su convocatoria y fijaron una tarifa mayor. “Pusimos el límite nosotros”.

El problema no se reducía al salario. Coll describió un ambiente de vigilancia. Contó que los citaban por separado al Ministerio del Interior, donde oficiales grababan interrogatorios sobre letras y rutinas.

“Suspensión tras suspensión”, resumió. Incluso un chiste de Jardiel provocó una intervención policial en plena función. “Me sacaron con ametralladoras de la unidad”, dijo.

Tras conceder una entrevista a un periodista independiente, aumentaron las presiones. Recibió llamadas, citaciones y cuestionamientos de la seguridad del Estado. “Mi teléfono estaba pinchado. Era demasiado acoso”, sostuvo. También se frustró un contrato en España por exigencias administrativas que calificó de trabas políticas.

Ante ese escenario, Coll decidió emigrar en enero de 2006. Salió hacia Colombia y luego llegó a Estados Unidos. Allí comenzó desde cero: cargó flores, trabajó en construcción y cocinó en restaurantes antes de retomar la comedia. “Nunca pedí privilegios. Empecé de abajo”, afirmó.

Para el artista, aquellas experiencias explican tanto los roces con Jardiel como la determinación de buscar mejores condiciones fuera de Cuba. “Éramos muchachos sin formación artística, pero llenábamos teatros. El público nos sostuvo”, concluyó.

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