
Un balsero cubano, bajo el anonimato, compartió con Cayman Compass su dramático viaje en una balsa improvisada, que duró casi una semana entre tormentas, fallas mecánicas y peligros constantes en alta mar hasta llegar a Islas Caimán.
El viaje comenzó una noche cuando los hombres encargados de la construcción de la balsa se embarcaron en una aventura que ya había fracasado siete veces. El navío era de tablones de pino, láminas de zinc y fibra de vidrio, todo obtenido a través de métodos clandestinos y bajo el riesgo constante de ser descubiertos por las autoridades.
A pesar de las dificultades del terreno, incluyendo la densa jungla llena de mosquitos y los ríos obstruidos, la urgencia los empujaba. En el proceso, tuvieron que reconstruir el casco de la balsa dañada por un error previo.
Con el motor instalado y la embarcación lista para zarpar, la balsa comenzó a deslizarse por el estrecho río hacia el mar abierto. Después de varias horas, finalmente llegaron al océano, pero el viaje no sería fácil.
Pocos kilómetros después, la balsa chocó contra un coral, dañando el timón y la hélice. En ese momento, la situación se tornó desesperante. “Tuve que saltar a mar abierto, donde el agua es tan oscura como la noche, para evitar que el timón se hundiera en las profundidades”, relató el migrante. Con el timón dañado, el grupo tuvo que nadar hasta la costa y reparar la embarcación.
Al día siguiente, continuaron su travesía. Pero los peligros continuaron con el empeoramiento de las condiciones climáticas. Tormentas azotaron la balsa, con olas de hasta tres metros, y el motor, finalmente, falló.
La desesperación creció cuando el grupo, sin un motor funcional, improvisó una vela con tablones de madera y tela. Los balseros racionaron comida y agua, mientras se turnaban para achicar el agua que se acumulaba en el bote.
A medida que avanzaba el viaje, las tensiones aumentaban, y algunos miembros del grupo comenzaron a entrar en pánico. “No hay tiempo para el miedo, solo para sobrevivir”, explicó, además de agregar que su papel se convirtió en uno de control y estabilidad: mantener el orden, gestionar los recursos y mantener el rumbo.
En un momento, pasaron cerca de una isla, que él cree que era Little Cayman, y su contorno se distinguía débilmente contra la oscuridad. Sin embargo, debido a que no tenían timón, no pudieron llegar a ella.
“Estaba allí, pero no pudimos entrar”, comentó. Entonces llegó el cuarto día de navegación, todos se encontraban agotados y en la comida solo quedaban galletas secas, cacahuates y pasta de fruta concentrada, además del agua que se compartía con cautela.
Ese día fueron golpeados por otra tormenta. El migrante describió cómo las olas se alzaban por encima de su campo de visión, levantando la balsa y luego dejándola caer nuevamente. Algunos hombres entraron en pánico, convencidos de que no sobrevivirían a la noche.
“Si logramos superar esto, llegaremos a tierra firme”, dijo en la entrevista. La visión de tierra firme les dio fuerzas para continuar. A medida que se acercaban a la costa, los turistas en la playa fueron los primeros en notar la balsa, trayendo agua y comida. La policía llegó poco después.
Una vez en tierra, el migrante describió la sensación de alivio, pero también de incertidumbre. “El viaje no terminó en el mar, sino dentro de un sistema que tendría que desenvolverse para poder quedarse”, dijo.
Con una mezcla de sentimientos de tristeza por dejar su hogar y de esperanza por alcanzar la libertad, describió el desafío emocional de abandonar todo lo que conocía en busca de un futuro incierto.
“Es el sentimiento de un hombre que se ve obligado a dejar su familia, su hogar y su tierra. Un hombre que siente que le han robado toda una vida”, reflexionó. Con su llegada a las Islas Caimán, comenzó un nuevo capítulo en su vida, pero el costo emocional y físico del viaje permanece con él.
Excelente historia, me hizo reflexionar qué e para avanzar, hay que dejar ir el pasado y abrazar las nuevas experiencias 😎