
Cuando comencé a escribir sobre Cuba, poco antes de la pandemia, el déficit energético causaba apagones que afectaban algunas zonas al día, ciertas provincias o municipios, casi nunca o no por demasiado tiempo las cabeceras provinciales y nunca la habana, que se cuidaba por el turismo.
En ese entonces pasar 4 o 5 horas diarias sin luz era un martirio que las madres denunciaban con lágrimas en los ojos en videos en redes sociales –de dónde no pasaban –y ya en ese entonces el pueblo clamaba que “no podía aguantar más”.
Luego la crisis avanzó y el pueblo sí aguantó más. La situación “coyuntural” que había referido Díaz-Canel, no lo era tanto. No era algo temporal, era más bien crónico, progresivo.
Y así, Cuba pasó de apagones de entre 4 y 6 horas, a apagones de entre 8 y 10 horas. No eran diario, o al menos no para todos, y La Habana seguía intocable.
Tras la pandemia el panorama fue otro, y después, los problemas solo siguieron aumentando: un turismo que nunca se recuperó, que si las sanciones, que si la caída de los aliados extranjeros.
Las excusas eran muchas y las soluciones pocas, y en el transcurso de unos años vi a la Isla pasar de padecer apagones de entre 8 y 10 horas, a escribir sobre apagones de “hasta 12 horas diarias”.
Ahora ya eran en toda la Isla, con diferentes horarios, como si se turnaran el privilegio de una vida normal, con luz para alumbrarse y el ventilador en el verano, pero en un día, prácticamente todo el territorio se quedaba sin energía en algún momento.
Los apagones alcanzaron a La Habana, no a los turistas –todavía –pero sí a su población y a sus hospitales. Los apagones ya eran “hasta de 15 horas”. Luego fueron “de más de 15 horas”.
El alcance también fue aumentando con los años, de rotarse los horarios de apagón a no poder escapar de ellos. Primero un tercio del país y la cifra parecía escandalosa: “Cuba no produce ni un tercio de la energía que necesita”.
Luego fue la mitad: “Cuba trabaja con el 50% de producción energética”.
Luego cayó el primer apagón total. Todo el país sin luz por días. Luego el segundo (y el tercero, cuarto, quinto…), hasta que los apagones, incluso los totales, dejaron de ser noticia.
La última actualización casual era que tres cuartas partes del país estaban simultáneamente sin energía. Ya no había turnos. La Isla comenzó a apagarse al unísono, en el infame horario pico de la noche.
Alrededor de las 7 u 8, más de la mitad del país, tres cuartas partes del país, se quedaba a obscuras, y la luz no regresaba hasta la madrugada o el día siguiente. Para algunos pasan días sin que regrese.
Hay una anécdota muy comentada, normalmente la usan para hablar del cambio climático, pero en contextos sociales y políticos también aplica. Es un mito de un experimento con una rana, que si la ponen en agua hirviendo siente el calor y salta de la olla, pero si la ponen en agua templada, y la calientan poco a poco, no nota el cambio y se muere hervida.
Quizá los cubanos son la rana hirviendo gradualmente. Todo dejó de ser noticia porque las noticias son novedades, y los apagones son normalidad, una normalidad a la que ya se acostumbraron, y por ello no hace ruido que tres cuartos del país estén sin luz, que comunidades enteras pasen semanas sin agua.
Cada carencia arrojada por el régimen es recibida como una penitencia que les tocó, como que “así son las cosas”, y pueden serlo en el estricto sentido de la palabra, pero ¿qué tanto están los cubanos dispuestos a normalizar su situación? ¿Por qué dejan de escandalizarse? Quizá la pregunta real es: ¿Qué tanto están dispuestos a soportar?
Porque en cualquier lugar donde el gobierno flagrantemente elimine un servicio básico –como la electricidad –mientras sigue despilfarrando en cosas innecesarias (como centenarios de exlíderes muertos), la población no va a esperar que otro país venga al rescate, va a actuar.
La falta de alimento, la falta de medicamentos, y ahora la falta de energía y con ello de agua potable, todo parece ser tolerable para un pueblo que se ha habituado a vivir en la incomodidad. Donde pasar de 5 a 20 horas sin luz diariamente no parece tener el menor efecto.
Valdría la pena que deje yo de preguntarme cosas y empiece a hacerlo la gente de Cuba. ¿Qué tiene que pasar para que el pueblo cubano deje de tolerar carencias? ¿Qué hace falta para que la rana salte de la olla?