- Advertisement -

Cubanos bajan 36 metros bajo tierra para buscar oro clandestino en Ciego de Ávila

Cubanos bajan 36 metros bajo tierra para buscar oro clandestino en Ciego de Ávila
El procesamiento era peligroso y contaminante, recuerda el cubano. (Captura de pantalla © Mano y pie podcast – YouTube)

Un testimonio sobre la minería clandestina de oro en Gaspar, Ciego de Ávila, reveló cómo decenas de cubanos se internan en profundos huecos, algunos de hasta 36 metros de profundidad, para buscar una salida económica en medio de la crisis que golpea al país.

Johnny, un cubano que trabajó en esa actividad, describió una red informal marcada por la pobreza, el riesgo físico, la corrupción, la represión policial y un negocio donde casi nunca se enriquecen quienes hacen el trabajo más peligroso.

Según su relato, todo comenzó en una mina vieja y abandonada que el Estado había intentado explotar, pero dejó de operar porque la inversión no compensaba la cantidad de oro disponible.

Un minero procedente de Holguín habría llegado primero a la zona, comenzó a excavar por su cuenta y encontró oro. La noticia se expandió con rapidez.

Personas de distintas provincias llegaron al lugar, empujadas por la falta de ingresos. Johnny, que tenía un empleo estatal, decidió sumarse porque su salario no le alcanzaba para vivir.

Minería clandestina en Cuba: huecos de hasta 36 metros bajo tierra

La búsqueda se hacía de forma ilegal y rudimentaria. Los mineros usaban mandarria, pico, pala, cinceles y, en algunos casos, equipos más modernos como plantas eléctricas y martillos percutores enviados por personas con recursos, incluso desde el exterior.

Johnny contó que llegó a trabajar en huecos de 36 metros de profundidad. Entraba cerca de las 8:00 de la noche y salía a las 6:00 de la mañana, tras pasar toda la madrugada picando piedra bajo tierra.

Los riesgos no eran solo económicos. Los huecos podían derrumbarse. (Captura de pantalla de referencia © Millenium – YouTube)

La iluminación también era improvisada. Los trabajadores bajaban con linternas, bombillos conectados a baterías y cables adaptados. Para decidir dónde excavar, hacían pruebas mediante el llamado bateo.

Picaban piedra o tierra, la machacaban en un mortero y la lavaban en una palangana. Como el oro pesa más que otros sedimentos, quedaba en el fondo. Si la muestra tenía resultado, seguían excavando. Si no, se movían a otra zona.

Latas de tierra, compradores y una economía informal alrededor del oro

Una parte central del negocio no consistía en vender oro directamente, sino “latas de tierra”. Los compradores llegaban a la mina, tomaban muestras y pagaban según la cantidad aparente de oro que podía salir de cada lata de tierra.

Algunas se vendían por 12.000, 15.000 o 16.000 pesos cubanos. En ocasiones, una sola persona compraba cientos de latas. Johnny mencionó incluso el pago de unos 800.000 pesos por un pequeño hueco que prometía una extracción rentable.

El testimonio muestra que los mineros rara vez acumulaban ganancias. Los mayores beneficios quedaban en manos de compradores, intermediarios y dueños de huecos.

El trabajador hacía el esfuerzo físico más arriesgado, pero debía gastar lo obtenido en comida, agua, café, transporte y otros recursos básicos para seguir trabajando. En esa estructura, quien bajaba al hueco asumía la mayor exposición, mientras otros controlaban la compra, el procesamiento y la distribución del oro.

La mina llegó a convertirse en un campamento masivo. Johnny calcula que en su auge había unas 500 personas.

De noche, la zona parecía iluminada como una ciudad por la cantidad de plantas eléctricas. Había coches de caballo, vehículos, rastras, vendedores de comida, café y drogas.

También llegaban mujeres que se prostituían. Según el relato, algunas no cobraban en efectivo, sino en latas de tierra, porque podían revenderlas o intentar extraer oro de ellas.

Riesgos, contaminación y corrupción en torno a la fiebre del oro

El procesamiento era peligroso y contaminante. Usaban trompos similares a concreteras, donde mezclaban tierra, piedras, agua, bolas de hierro y mercurio. Ese metal atrapaba el oro mediante amalgamación.

Luego se quemaba la mezcla para evaporar el mercurio y dejar el oro. Johnny explicó que el método era poco eficiente, pues podía perderse más de la mitad del material. También abría espacio a fraudes: algunos vendedores “sembraban” partículas de oro en latas pobres para engañar a compradores.

Los riesgos no eran solo económicos. Los huecos podían derrumbarse. Los mineros dejaban columnas de tierra para sostener las paredes, pero algunos las cortaban cuando sospechaban que contenían oro.

Esa práctica aumentaba el peligro de colapso. Johnny también mencionó casos de personas atrapadas y la intervención posterior de las autoridades con bulldozers. La respuesta oficial, según su testimonio, pasó de decomisar herramientas a operativos con brigadas especiales, perros y balas de goma.

El relato incluye episodios de violencia y corrupción. Johnny aseguró que un joven murió tras recibir un disparo con bala de goma en un ojo y que otro quedó inválido por un impacto en la columna.

También afirmó que algunos mineros con más recursos pagaban a policías para poder seguir explotando sus huecos mientras desalojaban a otros.

La minería clandestina aparece así como una economía paralela nacida de la miseria, donde la falta de oportunidades empuja a muchos cubanos a una apuesta extrema: entrar bajo tierra para intentar sobrevivir.

¿Qué opinas? ¡Déjanos tu comentario!

Please enter your comment!
Please enter your name here

Salir de la versión móvil