
En el imaginario colectivo cubano, el Estado, el Partido Comunista, el Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas Revolucionarias se han convertido en entidades abstractas, casi omnipresentes, cuya existencia parece trascender a las personas que las conforman.
Esta concepción errónea es en parte el resultado de décadas de adoctrinamiento y de una estructura de poder diseñada para parecer inmutable e indestructible. Sin embargo, al descomponer estas instituciones, encontramos que no son más que la suma de individuos, personas de carne y hueso que, por diversas razones, sostienen el andamiaje del régimen.
Desde la instauración del sistema comunista en Cuba, se ha promovido la idea de que el Estado es un organismo todopoderoso, incuestionable y por encima de los ciudadanos. Esta narrativa ha permitido la consolidación del poder en manos de la cúpula gobernante y ha despojado a los individuos de su responsabilidad dentro del sistema.
Sin embargo, el Estado no es una entidad metafísica: es un constructo humano, conformado por personas con nombres y apellidos, que toman decisiones y ejecutan políticas que afectan a millones de cubanos.
Esta percepción de un Estado inamovible y absoluto se refuerza a través de la propaganda oficial, que presenta al gobierno como el único garante de la estabilidad social y económica. Al mismo tiempo, disuelve la individualidad de quienes lo componen, transformándolos en piezas de una máquina burocrática y represiva, lo que les permite justificar su papel dentro del sistema sin asumir una responsabilidad personal.
Las fuerzas represivas del régimen, como la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), la seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), no son fuerzas impasibles. Están conformadas por individuos que, por diversas razones, optan por sostener el status quo. Existen diversas motivaciones para que alguien decida formar parte de estos aparatos:
- Miedo y supervivencia: Muchos temen las consecuencias de desafiar al sistema. En un país donde la disidencia se castiga con represión, la lealtad al régimen garantiza una relativa estabilidad.
- Interés económico: Los miembros de las fuerzas represivas gozan de privilegios que la mayoría de los cubanos no tienen: acceso a alimentos, vivienda, transporte y mejores salarios.
- Convicción ideológica: A pesar del evidente fracaso del modelo comunista, algunos aún creen en el discurso oficial y consideran que su papel dentro del sistema es necesario para evitar el caos.
El PCC se presenta como la vanguardia del pueblo, pero en realidad funciona como una cáscara de poder que manipula y controla la vida de los ciudadanos. Sus miembros ocupan posiciones clave en todos los sectores, desde la economía hasta la educación, asegurando que el poder permanezca concentrado en un grupo reducido.
Este control se mantiene gracias a una red de informantes y mecanismos de vigilancia que impiden cualquier oposición real. No obstante, detrás de cada funcionario del PCC hay una persona con intereses, temores y ambiciones individuales. Muchos de estos individuos continúan dentro del partido no por lealtad ideológica, sino por conveniencia y falta de alternativas.
Una de las estrategias más efectivas del totalitarismo es hacer creer a la población que el poder es una fuerza impersonal e inalcanzable. Sin embargo, al comprender que las instituciones del régimen están formadas por individuos, se abre la posibilidad de cuestionarlas y desafiarlas.
El capital liberal, basado en la responsabilidad individual y la meritocracia, demuestra que el poder puede y debe estar al servicio de la sociedad y no al revés. Mientras el sistema cubano continúe suprimiendo la agencia de sus ciudadanos, seguirá perpetuando una estructura de dependencia y represión. Pero si los cubanos empiezan a ver al Estado como lo que realmente es—un grupo de personas tomando decisiones—podrán comprender que también tienen el poder de cambiarlo.
El desmoronamiento de regímenes autoritarios a lo largo de la historia demuestra que no hay poder absoluto e inquebrantable. Todo sistema depende de la colaboración de individuos, y cuando estos deciden no seguir participando en la represión, el cambio se vuelve inevitable.

