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Díaz-Canel y la política de los pantalones quitaos

dictadura en Cuba
El problema es que los cubanos conocen demasiado bien la realidad para creer en las narraciones de la dictadura cubana. (Captura de pantalla © Presidencia Cuba – YouTube)

Hay escenas políticas que, si no fueran tan trágicas para un país entero, provocarían risa. La comparecencia de Miguel Díaz-Canel pertenece a esa categoría: una mezcla extraña de teatro pobre, libreto mal memorizado y vigilancia visible. Un presidente que habla, pero no decide; que gesticula, pero no gobierna; que lee, pero ni siquiera logra leer con naturalidad.

La puesta en escena merece atención. Díaz-Canel aparece ante las cámaras con la solemnidad de quien cree estar pronunciando un discurso histórico. Sin embargo, cada frase suena como una línea prestada, como si alguien —desde otro despacho y desde otro apellido— hubiese redactado el guion.

Él apenas lo recita, con la inseguridad de un estudiante que teme olvidar el párrafo siguiente. Y mientras habla, uno casi puede imaginar el ojo vigilante que controla la escena, recordándole hasta dónde puede pensar y hasta dónde debe obedecer.

El libreto, por supuesto, no trae soluciones. Trae resistencia. Siempre resistencia. En Cuba todo consiste en resistir: resistir la falta de luz, resistir la falta de agua, resistir la falta de comida. Si el guion continúa así, dentro de sesenta años quizás —subrayemos la palabra quizás— se logre alcanzar el milagro de tener electricidad estable y agua que llegue al grifo sin pedir permiso.

Cada frase suena como una línea prestada, como si alguien —desde otro despacho y desde otro apellido— hubiese redactado el guion. (Captura de pantalla © Presidencia Cuba – YouTube)

Y como si la ironía no fuera suficiente, aparece entonces la gran convocatoria nacional: la emigración debe regresar a invertir. Sí, exactamente esa emigración a la que durante décadas se le llamó traidora, gusana, apátrida y vendida al imperialismo.

Ahora se le invita cordialmente a que traiga dinero, inversiones y paciencia. En otras palabras: que ayude a reconstruir el país que el propio sistema se encargó de arruinar con metódica perseverancia.

La propuesta tiene algo de comedia negra. Primero se expulsa a la gente, se le confiscan casas, automóviles, negocios y recuerdos. Después se les pide, con tono paternal, que olviden el pasado y contribuyan a sostener el presente. La historia, al parecer, debe funcionar como una pizarra que se borra cuando conviene.

Pero el espectáculo no termina ahí. Entre las soluciones presentadas con tono casi científico aparece una joya del pensamiento económico revolucionario: las panaderías podrán funcionar con leña o con carbón. El anuncio pretende ser optimista. Según esta lógica, no importa que el país retroceda tres siglos

El problema es que los cubanos conocen demasiado bien la realidad para creer en estas narraciones. Saben que gran parte de los alimentos que llegan a la isla provienen precisamente de Estados Unidos, ese mismo país al que el discurso oficial culpa de todos los desastres.

La palabra “bloqueo” funciona entonces como una especie de explicación universal: sirve para justificar la escasez, la ineficiencia, el colapso eléctrico y hasta la ausencia de sentido común.

Y, sin embargo, el mismo discurso advierte con dramatismo que Cuba no puede convertirse en una “neocolonia” de Estados Unidos. Curiosa advertencia. Porque si uno mira la historia económica, descubre que en aquella etapa —tan demonizada por la propaganda— Cuba figuraba entre las economías más prósperas de América Latina.

Había electricidad todos los días, agua en los hogares, pan en las mesas y niños que llegaban a la escuela después de desayunar. Qué extraña colonia aquella: una en la que la gente comía.

Hoy, en cambio, el país vive una paradoja dolorosa: los cubanos muchas veces se enteran de lo que ocurre en su propio territorio por declaraciones de presidentes extranjeros. Y mientras tanto, el presidente designado de Cuba parece limitarse a repetir consignas, como si su función principal fuera mantener vivo un relato que ya nadie cree.

De ahí la imagen que define el momento: la política de los pantalones quitaos. Un poder que intenta sostener la autoridad mientras pierde la dignidad. Un gobierno que pide sacrificios infinitos mientras ofrece soluciones del siglo XVIII. Y un presidente que parece haber olvidado que gobernar no consiste en leer discursos, sino en asumir responsabilidades.

No, señor Díaz-Canel. El problema no es que el país tenga dificultades. Los países pueden tenerlas. El problema es que quienes deberían resolverlas han convertido la incompetencia en sistema y el pretexto en doctrina.

Y lo más curioso de todo es que, mientras usted intenta recordar la próxima línea del libreto, la historia —esa que no se puede censurar ni editar— ya está escribiendo el epílogo. Tal vez alguien olvidó decírselo, pero el tiempo político también tiene reloj. Y el de ustedes… hace rato empezó a marcar la hora final.

1 Comentario

  1. 100% de acuerdo. El mejor análisis periodístico que he leído en relación a este suceso. Ojalá se comparta y se haga viral. No es momento para equivocarse de nuevo, este es el momento más débil y vulnerable que jamas haya tenido la dictadura cubana y hay que darle el golpe final. Espero y confío en que Marcos Rubio y Trump no caerán en la trampa que le tendieron a Obama.

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