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¿Diplomáticos o bandoleros a sueldo? ¡La verdad les resulta insoportable!

La verdad no necesita gritos; necesita pruebas, libertad y valor para mirar de frente la realidad
La Casa Blanca responde con una caricatura al escándalo de Bruno Rodríguez en la ONU
La delegación cubana no soportó las verdades expresadas por el embajador de Estados Unidos en la ONU. (Captura de pantalla © USA en Vivo – YouTube)

Lo ocurrido en la ONU el 27 de octubre no fue una simple discusión diplomática. Fue una escena reveladora de la intolerancia de quienes, en lugar de responder a las acusaciones, reaccionaron con gritos, interrupciones y descalificaciones cuando quedaron expuestas imágenes incómodas para el régimen cubano.

El embajador estadounidense Mike Waltz mostró fotografías de Fidel Castro con relojes de lujo, así como imágenes de propiedades y otros bienes que atribuyó a la familia Castro y a la élite gobernante.

El propósito era evidente: confrontar los privilegios de quienes han ejercido el poder durante décadas con las privaciones de millones de cubanos. ¿Y cuál fue la reacción? ¡Mentiroso!, gritaban.

Embajador de EEUU en la ONU recuerda al régimen cubano las condiciones para levantar el embargo
Mike Waltz criticó la corrupción del régimen castrista durante su intervención en la ONU. (Captura de pantalla © USA en Vivo – YouTube)

Pero gritar no es refutar; insultar no es demostrar; y elevar la voz no convierte una acusación en mentira. Las fotografías deben examinarse con rigor: una imagen, por sí sola, no demuestra la propiedad legal de un inmueble ni el origen de una fortuna.

Sin embargo, las preguntas que plantean merecen respuestas, investigaciones y transparencia. ¿Cómo se explica el contraste entre los privilegios de la élite y la miseria de tantos ciudadanos? ¿Quién controla los recursos del país? ¿Qué mecanismos independientes permiten exigir cuentas a quienes gobiernan?

La respuesta de los representantes cubanos no disipó esas preguntas. Por el contrario, el altercado dejó al descubierto la dificultad de un poder acostumbrado a imponer su discurso cuando debe enfrentarse a cuestionamientos públicos.

La ONU no es una tribuna privada de ningún gobierno. Es un espacio donde los representantes deben debatir, escuchar y responder. Quienes pretenden silenciar al adversario mediante gritos y provocaciones desacreditan la función diplomática que dicen representar.

¿Diplomáticos o defensores incondicionales de un poder que no tolera la crítica? La pregunta es legítima. No necesitamos demostrar que alguien recibe dinero para denunciar su conducta: basta con examinar sus actos, sus argumentos y su disposición —o su negativa— a rendir cuentas.

El pueblo cubano merece algo más que discursos sobre soberanía mientras carece de libertades, alimentos suficientes y servicios básicos. Merece saber dónde están los recursos de su país y por qué los sacrificios recaen sobre la población mientras los privilegios parecen reservados para quienes están cerca del poder.

Quien defienda al Gobierno cubano tiene derecho a expresar sus razones. Pero apoyar a un régimen no puede significar justificar la censura, ignorar los abusos ni cerrar los ojos ante las desigualdades.

Cuando las evidencias son discutidas, corresponde investigar; cuando existen acusaciones, corresponde responder; y cuando se prueban responsabilidades, corresponde exigir justicia. La verdad no necesita gritos; necesita pruebas, libertad y valor para mirar de frente la realidad.

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