
He leído cientos de comentarios en las redes sociales sobre las pinturas que nos ha mostrado un disidente cubano recientemente liberado. Salvo dos o tres opiniones favorables, la crítica ha sido, en términos generales, demoledora.
No pretendo entrar en ese berenjenal ni asumir el papel de crítico de arte. No soy especialista en esa materia y no sería serio de mi parte pretenderlo. Mi propósito es mucho más sencillo: detenerme en algunas preguntas que considero legítimas cuando hablamos de arte. Porque existe el buen arte y existe el mal arte.
Ya en el siglo XIX, John Ruskin, uno de los grandes críticos de su tiempo, insistía en la importancia de la calidad, la delicadeza y el dominio artístico. Más allá de cualquier discusión académica sobre sus conceptos, hay una idea que me interesa rescatar: no todo aquello que se presenta como arte posee necesariamente las cualidades que hacen grande a una obra.
Y aquí comienza mi pregunta. ¿Qué debe transmitir el artista cuando pretende ser, además, un artista contestatario? La realidad cubana ofrece un universo inmenso para quien quiera convertir el sufrimiento de nuestro pueblo en materia artística.
¿Dónde están las palizas a los presos? ¿Dónde están las celdas de castigo? ¿Dónde están las humillaciones, el aislamiento, el miedo y el oprobio que han sufrido tantos presos políticos? ¿Dónde está esa Cuba de campos abandonados, de pueblos empobrecidos, de familias separadas y de una población obligada a sobrevivir entre carencias? ¿Dónde están nuestras palmas, nuestros campos vacíos, nuestras casas deterioradas, nuestros rostros cansados?
No encuentro esa Cuba en estas pinturas. Y no estoy diciendo que una obra de arte tenga necesariamente que convertirse en un panfleto político. El artista es libre de escoger sus temas. Hay, además, una declaración del propio artista que merece ser tomada en cuenta: ha dicho que no es de izquierda ni de derecha.
Perfecto. Está en todo su derecho. Pero entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué significa ser un artista contestatario en una Cuba donde la realidad cotidiana está marcada por la represión, la prisión política, la pobreza y la pérdida de libertades?
No le estoy exigiendo una ideología, sino la coherencia entre la condición de artista contestatario que se atribuye y la realidad que decide mostrar. Porque una cosa es provocar y otra muy distinta es crear. Una cosa es escandalizar y otra es conmover. Una cosa es mostrar lo grotesco y otra alcanzar, mediante lo grotesco, una verdadera expresión artística.
En las obras que he visto encuentro abundantes elementos destinados a provocar. Hay escenas de fuerte contenido sexual, imágenes grotescas y recursos que parecen buscar deliberadamente la incomodidad y la repulsión del espectador.
Pero yo me pregunto: ¿Dónde está la belleza? ¿Dónde está el dominio técnico capaz de sorprender? ¿Dónde está la composición que obliga al espectador a detenerse? ¿Dónde están el color, la perspectiva, la luz, la sombra, la proporción y aquellos elementos que pueden transformar una imagen en una verdadera obra de arte?
Tal vez algún especialista pueda responderme que estoy equivocado. Es perfectamente posible. No soy crítico de arte y no pretendo serlo. Pero sí soy historiador. Y como historiador me interesa la relación entre el creador y la realidad que lo rodea.
Por eso no puedo dejar de preguntarme por una ausencia que me resulta mucho más poderosa que cualquier imagen provocadora: la ausencia de la Cuba que duele. Una Cuba donde miles de personas han conocido la prisión por sus ideas. Una Cuba donde familias enteras han sido separadas por el exilio. Una Cuba donde la pobreza y la escasez forman parte de la vida cotidiana.
Una Cuba que agoniza. Esa realidad también merecía convertirse en arte. No estoy reclamando propaganda. Estoy reclamando autenticidad. No estoy pidiendo que el artista pinte lo que yo quiero ver. Estoy preguntando por qué, ante una realidad tan brutal, la provocación sexual y lo grotesco parecen ocupar un espacio mucho mayor que el drama de la sociedad que lo rodea.
Y aquí llego a mi conclusión. No me gusta este arte. Lo considero vulgar, excesivamente dependiente de la provocación y, sobre todo, alejado de la realidad que, a mi juicio, debería estar presente en la obra de un artista que se presenta como contestatario.
Sé perfectamente que aparecerán eruditos dispuestos a defenderlo. También aparecerán quienes me digan: “Usted no sabe de arte”. Quizás tengan razón. Pero nadie puede obligarme a llamar belleza a aquello que me produce rechazo, ni a considerar profunda una obra que no logra transmitirme la tragedia de la sociedad que dice representar.
No escribo desde el miedo. Escribo desde mi propia sensibilidad y desde mi experiencia como cubano e historiador. Y hay algo que para mí está por encima de cualquier discusión estética: el arte puede ser provocador, irreverente, transgresor y hasta incómodo.
Pero cuando pretende hablar en nombre de una Cuba que sufre, no debería olvidarse de la verdad de esa Cuba. Eso es precisamente lo que echo de menos. La verdad. Porque el arte también puede doler. Pero cuando carece de verdad, difícilmente puede conmover.
