
Desde hace más de medio siglo se anuncia el ocaso del dólar estadounidense. Gobiernos, economistas y movimientos políticos han proclamado una y otra vez el nacimiento de un nuevo orden financiero internacional que pondría fin a la hegemonía de la moneda norteamericana.
Sin embargo, el paso del tiempo ha demostrado que una cosa es desear el fin del dólar y otra muy distinta construir una alternativa capaz de reemplazarlo.
La posición privilegiada del dólar comenzó a consolidarse en 1944 con los acuerdos de Bretton Woods, cuando las principales economías del mundo decidieron convertirlo en el eje del nuevo sistema monetario internacional.
Aun cuando en 1971 el presidente Richard Nixon suspendió la convertibilidad del dólar en oro, muchos pronosticaron su derrumbe. Ocurrió exactamente lo contrario.
La fortaleza de la economía estadounidense, el desarrollo de sus mercados financieros y la confianza en sus instituciones terminaron fortaleciendo aún más su papel como moneda de reserva mundial.
Desde entonces, no han faltado los intentos por desplazarlo. La creación del euro fue presentada como el nacimiento de un serio competidor. Más recientemente, China y Rusia impulsaron acuerdos comerciales en monedas nacionales, mientras los BRICS han defendido la llamada desdolarización del comercio internacional.
Incluso las criptomonedas fueron anunciadas por algunos como el principio del fin del dominio del dólar. Ninguno de esos proyectos ha logrado alterar de manera significativa el equilibrio financiero mundial.
La explicación es sencilla. El dólar representa mucho más que un billete; es sinónimo de confianza, liquidez, estabilidad y seguridad jurídica. Los mercados financieros de Estados Unidos continúan siendo los más grandes y profundos del planeta.
Los inversionistas encuentran allí un nivel de protección institucional que todavía ninguna otra economía ha conseguido igualar. La mayor parte de las reservas internacionales de los bancos centrales permanece denominada en dólares.
Una porción considerable del comercio mundial continúa realizándose en esa moneda y las principales materias primas, especialmente el petróleo, siguen cotizándose mayoritariamente en dólares. Cada vez que estalla una crisis internacional, los capitales no abandonan el dólar, corren hacia él en busca de seguridad.
Existe además una paradoja difícil de ignorar. Muchos de los gobiernos que más critican la hegemonía del dólar conservan parte de sus reservas en esa moneda.
Asimismo, realizan operaciones comerciales utilizando dólares y necesitan acceder al sistema financiero internacional donde el dólar continúa ocupando el lugar central. Lo combaten en el discurso, pero dependen de él en la práctica.
Nada de esto significa que su liderazgo sea eterno. La historia demuestra que ninguna moneda conserva para siempre la supremacía mundial. La libra esterlina también ocupó ese lugar antes del siglo XX. Pero las hegemonías económicas no desaparecen por consignas políticas ni por deseos ideológicos.
Son sustituidas cuando surge otra moneda respaldada por una economía más sólida, instituciones más confiables y mercados más eficientes. Hasta hoy, esa alternativa no existe.
Por eso el dólar continúa siendo la principal moneda del comercio internacional, de las reservas financieras y de las inversiones globales. Se le critica, se le desafía y se anuncian repetidamente sus últimos días. Sin embargo, cuando llega la hora de proteger el patrimonio, financiar el comercio o enfrentar una crisis, el mundo sigue recurriendo al mismo refugio.
El dólar no conserva su liderazgo porque todos lo admiran. Lo conserva porque, hasta ahora, nadie ha demostrado que pueda ofrecer algo mejor. Esa es la verdadera razón de su extraordinaria permanencia y de su influencia en la economía mundial.