
Pocas figuras son tan persistentes, tan universales y tan destructivas como el traidor. Desde tiempos antiguos hasta nuestros días, ha caminado entre su pueblo con rostro familiar pero lealtad vendida. No solo acompaña la historia: la define.
No hay conquista, tiranía ni esclavitud que no lleve su huella. El traidor no siempre empuña un arma: a veces basta una palabra, una firma, una omisión. Es el eslabón necesario entre el poder opresor y la derrota de los pueblos.
Desde el principio de los tiempos, la traición no ha sido un accidente. Ha sido una constante. Mientras las grandes potencias dominaban y esclavizaban, alguien dentro abría la puerta. Esa figura sombría y recurrente, que vive entre los suyos, pero piensa para el enemigo, ha sido indispensable para consumar las tragedias colectivas.
Es el que entrega, el que pacta, el que vigila para otros. Su nombre puede cambiar, pero su esencia se mantiene. No es solo un individuo: a veces es una clase, una élite, un grupo de poder.
En los siglos iniciales de la expansión europea hacia África, cuando los barcos negreros comenzaron a surcar el Atlántico, el crimen más espantoso de la trata humana no fue solo europeo. Fue compartido. Jefes tribales africanos, reyes y señores de guerra vendieron a los suyos, o a sus enemigos, a cambio de cuentas de vidrio, armas o poder.
En el antiguo Dahomey, en la Costa de Oro, en lo que hoy son Nigeria y Ghana, muchos líderes locales no solo consintieron, sino que organizaron verdaderas expediciones de captura para nutrir la demanda extranjera.
Sin esa colaboración interna, la magnitud del tráfico humano habría sido muy distinta. La esclavitud fue un crimen compartido. El verdugo venía de Europa, pero el cazador solía ser africano.
Más atrás aún, en la historia antigua, el mundo clásico ya conocía ese tipo de alianza innoble. En Grecia, durante las guerras médicas, fue Efialtes quien mostró a los persas el paso secreto que les permitió rodear a los espartanos en las Termópilas.
En Roma, cuando los ejércitos del imperio se expandían, no solo vencían con armas. Vencían con pactos. Compraban lealtades, coronaban traidores, y recompensaban a los que entregaban sus pueblos.
En Hispania, en Judea, en el norte de África, siempre hubo un noble dispuesto a traicionar a su gente a cambio de una toga, de tierras o de favor político. En Asia, la historia fue la misma. Cuando los mongoles avanzaban por China, Persia o la India, nunca faltó el señor local que les abría las puertas de la ciudad.
Los británicos, siglos después, replicaron el patrón. Su dominio en el subcontinente indio fue posible gracias a la colaboración activa de maharajás, príncipes y comerciantes que veían en la presencia extranjera una oportunidad para enriquecerse o aplastar rivales. El imperio se sostenía en una red de aliados locales, algunos de los cuales gobernaban sobre sus propios pueblos con una crueldad peor que la del amo extranjero.
La conquista de América también fue una empresa compartida. Cortés no venció solo. Decenas de pueblos indígenas, sometidos por los mexicas, se aliaron con los conquistadores para destruir a Tenochtitlan. La traición no siempre era por oro. A veces era por venganza, por miedo, por desesperación. Pero fue traición.
En el Perú, el Imperio inca ya estaba dividido por la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa cuando llegaron los españoles. Algunos nobles andinos, resentidos o ambiciosos, apoyaron a Pizarro. La historia se repite con acentos locales, pero con una lógica inmutable: el invasor triunfa más fácilmente cuando el traidor le allana el camino.
Los traidores en la Cuba de hoy
Y así llegamos a nuestros días. Cuba, esa isla marcada por el dolor de su pueblo y la ambición de una casta gobernante, ha conocido también a los traidores. La tiranía no se sostiene sola; requiere del delator, del que espía, del que repite consignas sabiendo que son mentira.
El poder no podría aplastar tanto sin la ayuda de quienes, por prebendas o cobardía, sostienen el andamiaje del miedo. Son los comités de vigilancia que delatan a un vecino por pensar. Son los burócratas que aplican el castigo con celo. Son los intelectuales que justifican la represión con tinta cobarde. Son los que aplauden mientras otros sufren.
Pero hay traiciones aún más ruines: los traidores organizados, los que se agrupan bajo las llamadas bandas de respuesta rápida, mercenarios de consignas que golpean a mujeres vestidas de blanco y empujan al exilio a todo el que alza la voz. Son empleados del odio, asalariados de la ignominia.
También están los miembros de la Seguridad del Estado, que no solo vigilan, sino que destruyen vidas por órdenes infames, sabiendo que lo que hacen no es justicia, sino represión. Cada uno de ellos —desde el que encabeza un interrogatorio hasta el que escucha detrás de una pared— es un traidor vestido de uniforme, de obediencia ciega y de servilismo brutal.
Cuba ha vivido traiciones más oscuras aún. El derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales, con pilotos asesinados tras ser delatados, fue un acto infame que no pudo llevarse a cabo sin cómplices internos.
Lo mismo ocurrió con el crimen del remolcador 13 de marzo, donde decenas de cubanos fueron hundidos bajo el mar por querer escapar, y alguien informó, alguien guio, alguien aplaudió. Traidores en uniforme, en escritorio o en micrófono. Pero traidores al fin.
Y más atrás todavía, el propio Fidel Castro engañó a toda una nación cuando afirmó: “No soy comunista”, mientras preparaba su entrega total a Moscú. No mentía por ignorancia. Mentía para traicionar. Y traicionó. No a una clase, sino a todo un pueblo.
El traidor no siempre se reconoce a sí mismo. A veces cree que obedece por deber, que defiende una causa. Pero en el fondo sabe. Porque el traidor siempre sabe. Mira hacia otro lado cuando se golpea al inocente. Firma un papel que condena al justo. Se enriquece a la sombra del poder mientras el pueblo se hunde. Su complicidad no es neutra. Es una elección. Y esa elección ha marcado siglos de sometimiento humano.
No hay historia de opresión sin traidores. Ellos no solo están en los libros. Están aquí, hoy, entre nosotros. No llevan capa, ni se ocultan en las sombras. Son rostros familiares. A veces, llevan uniforme. O un título académico. O una sonrisa servil. Pero siempre, sin excepción, llevan en los ojos el reflejo de su bajeza.
No basta con señalar al tirano. Hay que desnudar también a los que lo sostienen. El oficio de traidor, desde África hasta América, desde Grecia hasta La Habana, es una tradición maldita que la historia tiene el deber de juzgar. ¡Y, SEGURO QUE LO HAREMOS!