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El pesimismo como arma: el miedo al cambio en Cuba

crisis en Cuba
El argumento del “¿y después qué?” es, en realidad, una trampa intelectual. (Captura de pantalla © Luisito Comunica – YouTube)

El pesimismo no es una casualidad en los sistemas totalitarios: es una herramienta. Se cultiva, se repite y se inocula hasta convertirse en una reacción automática ante cualquier posibilidad de cambio. En el caso cubano, ese pesimismo ha sido cuidadosamente diseñado por el propio régimen para paralizar a la sociedad.

En mi labor periodística, defendiendo la necesidad de un cambio profundo que borre una de las mayores infamias políticas del continente, he encontrado un patrón repetido: personas que, ante la idea de una transformación, responden con preguntas cargadas de miedo: ¿Con qué dinero se vivirá? ¿Qué programa ayudará? ¿Qué experiencia previa?
¿Qué gobierno podrá imponer el orden? ¿Qué estudio?

No son preguntas inocentes. Son reflejo de una narrativa sembrada durante décadas: la idea de que el caos es inevitable si desaparece el control absoluto del Estado. Pero la verdadera pregunta es otra, más simple y más contundente: ¿Puede existir algo peor que lo que hoy vive Cuba?

Un país donde falta el agua, la electricidad, el transporte, donde el desayuno —un vaso de leche con pan— se ha convertido en un lujo. Donde el trabajo no dignifica, porque no produce. Donde el futuro no existe. Ese es el punto de partida real. No hay estabilidad que defender, ni orden que preservar. Lo que existe es un colapso.

El castrismo ha inundado el país de propaganda que pretende vender la idea de que el cambio es imposible e innecesario. (Captura de pantalla © Luidito Comunica – YouTube)

Quienes intentan frenar el cambio apelando al miedo omiten deliberadamente una verdad histórica: ningún proceso de reconstrucción nace en condiciones ideales.

Europa tras la Segunda Guerra Mundial estaba en ruinas. Europa del Este, tras la caída del comunismo, enfrentó crisis profundas. América Latina ha atravesado transiciones complejas. Y, sin embargo, en todos esos casos, el cambio abrió caminos donde antes solo había estancamiento.

Cuba no será la excepción. El argumento del “¿y después qué?” es, en realidad, una trampa intelectual. Pretende hacer ver el vacío futuro como más aterrador que la miseria presente. Es una inversión moral inaceptable.

El fin del régimen no será el fin de los problemas, pero sí será el fin de su causa principal. A partir de ahí, comenzará un proceso natural y observable en toda experiencia histórica comparable.

  • Reactivación productiva: la tierra volverá a producir cuando exista incentivo real
  • Recuperación del trabajo: el esfuerzo tendrá sentido cuando genere prosperidad
  • Llegada de inversiones: un Estado de derecho abre puertas que hoy están cerradas
  • Reconstrucción institucional: la ley sustituirá al capricho
  • Reencuentro nacional: el exilio y la isla dejarán de ser mundos separados

Nada de esto es utopía. Es la consecuencia lógica de eliminar un sistema que ha bloqueado toda iniciativa durante más de seis décadas. Hoy, en Cuba, no hay esperanza. Y sin esperanza, no hay nación posible.

El cambio, incluso con dificultades, introduce un elemento decisivo: la posibilidad. Habrá errores, tensiones, ajustes. Pero también habrá algo que hoy está completamente ausente: futuro, incentivo, libertad de emprender, derecho a prosperar.

El país, hoy paralizado, comenzará a andar. El miedo al cambio no es, en esencia, miedo al futuro. Es miedo a abandonar una falsa seguridad construida sobre la ruina. Pero la historia no premia a los pueblos que se aferran al desastre por temor a lo desconocido; premia a los que se atreven a reconstruir.

No le hagamos el juego a la narrativa del miedo. Salir de esa satrapía no es un salto al vacío: es el primer paso hacia la recuperación de la dignidad nacional. Y ese camino, el democrático, imperfecto pero humano, es el único que ha demostrado, una y otra vez, que permite a las familias vivir, crecer y soñar.

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