
El youtuber cubano Abelito Nemo, conocido por sus videos sobre propiedades inmobiliarias en Cuba, salió del país y documentó su recorrido desde Nicaragua hasta México, donde hará una parada técnica para seguir viaje hacia su destino final.
Por medio de una serie de videos explica por qué se va, cómo viaja y qué riesgos enfrenta en cada frontera. Su contenido previo sobre inmuebles abandonados, que pudo generarle roces con el gobierno, sirve de telón de fondo a una decisión marcada por apagones, falta de oportunidades y el deseo de libertad.
Abelito Nemo narra su último día en La Habana entre despedidas y maletas. Dice que no se va para olvidar, sino para negarse a la resignación. Agradece a su barrio y a su familia —madre, hermana y abuela— y admite que no sabe cuándo volverá. Resume la decisión como un proceso madurado ante carencias y cortes eléctricos.
En el aeropuerto internacional José Martí comparte los abrazos finales y una comida de su madre. Afirma que muchos jóvenes toman el mismo camino porque “el país no se los permite”. Al despegar, describe un momento doloroso y esperanzador: ver la Isla, alejarse mientras se prepara para “empezar de cero”. Reitera que migrar desde una dictadura tiene “doble mérito”.
La primera escala es Lima. Allí siente el “choque” con el capitalismo: ofertas, marcas y un aeropuerto inmenso. Compra agua “cara” y aprende una lección práctica al perder el talón del tramo La Habana–Lima. Corre, gestiona con LATAM y, verificado el registro, logra seguir hacia El Salvador. Optó por varias escalas para evitar estafas con boletos.
Llega a Managua, la capital de Nicaragua, hace chequeo migratorio y arranca una nueva etapa. Se instala en una casa de renta y se mueve como turista, con la ventaja de que los cubanos pueden estar hasta 90 días sin visa en esa nación gobernada por el dictador Daniel Ortega. De noche retoma viaje con su grupo hacia la frontera con Honduras.
El cruce a Honduras es bajo lluvia y por carreteras peligrosas. En Trojes tramitan el salvoconducto del Instituto Nacional de Migración, clave para transitar legalmente. El trayecto por la cordillera resulta pesado: guaguas llenas, paradas improvisadas y una inspección de la Guardia Nacional que queda en susto. Cerca de Tegucigalpa faltan ómnibus y esperan horas en el frío.
La entrada a Guatemala es el tramo más tenso. Viajan sin documentación local y temen extorsiones o deportaciones. Caminan por puentes y lomas, con hombres ayudando a mujeres. Descansan en una renta y siguen en buses públicos para mezclarse con la población. Una detención policial desata pánico; algunos se esconden en el baño, pero el control termina sin incidentes.
Tras casi 12 horas en Guatemala, el contraste es evidente. Aunque con pobreza, perciben servicios más funcionales que en Cuba. La comparación subraya la precariedad interna que empuja la migración y cuestiona la narrativa oficial.
En la frontera con México descansan en un hostal junto a un río. Al amanecer cruzan hacia Tabasco y les sorprende la abundancia de farmacias y comercios. Los trasladan en vehículos precarios —incluso un camión para animales— por caminos polvorientos y a alta velocidad. Un cordón de guardias los detiene, interroga al chofer y los deja continuar.
Llegan a una “casa de seguridad” básica con migrantes de varias nacionalidades, sobre todo cubanos. El último tramo a Mérida transcurre en bus cómodo. Exhausto, pero aliviado, el protagonista afirma que su travesía fue soportable, aunque reconoce que para muchas mujeres es más dura y que cada historia es distinta.
En Mérida, Yucatán, inicia “un nuevo capítulo”. Es escala antes de un destino final aún no revelado. Su partida —como la de tantos creadores— refleja un éxodo que desnuda la crisis y la falta de libertades en Cuba. La distancia, sugiere, se mide también en valor.