
El escritor cubano Roberto Madrigal ha fallecido a los 74 años en su residencia de Cincinnati, Ohio, en lo que fue un domingo tranquilo a las 2:30 p.m. Su partida ha dejado un vacío en el mundo cultural cubano, especialmente entre aquellos que lo conocieron en su juventud, cuando su nombre resonaba entre las élites de la contracultura habanera.
Detalla Jorge Posada en la revista Hyper Media Magazine, Madrigal (1950 – La Habana) se destacó como una de las voces más incisivas en los círculos literarios y cinematográficos de Cuba en los años 70. Conocido por su vasto conocimiento de la cultura internacional, dominaba tanto las últimas obras de escritores como Norman Mailer y James Joyce, como los éxitos cinematográficos de la época.
Su aguda crítica y su afición por el cine negro, la comedia italiana y los westerns lo convirtieron en un miembro clave de las tertulias que se realizaban en lugares escondidos de la ciudad. En aquellos años, junto con Orlando Alomá, Madrigal era una figura central en los debates sobre arte y literatura que se realizaban en espacios clandestinos, entre los que se incluían los pasillos de la Cinemateca de La Habana.
Ambos personajes representaban un bastión de conocimiento en un tiempo de represión y censura, desafiando al régimen con su amor por la cultura “prohibida”.
En su juventud, su amor por la literatura fue tan grande que llegó a robar libros de bibliotecas estatales para poder alimentarse de ellos. A pesar de las adversidades y la vigilancia del gobierno, Roberto se mantuvo fiel a su amor por las artes y por la búsqueda incansable del conocimiento.
Tras la crisis migratoria de 1980, se exilió en Miami, donde comenzó una nueva vida. No obstante, su deseo de adaptarse a su nueva realidad en los Estados Unidos lo llevó a revalidar su título de psicólogo y a convertirse en un escritor prolífico. Publicó varios libros a lo largo de su vida, entre ellos: Zona congelada, Críticas desde afuera y Diletante sin causa, obras que exploran su visión del arte, la cultura y su propia lucha por sobrevivir en un mundo que no siempre entendió sus principios.
Madrigal fue un hombre de contrastes, era espíritu libre que se rebeló contra el régimen cubano y abrazó un estilo de vida lleno de placeres y viajes, desde Reikiavik hasta San Francisco. Con un humor sarcástico y una mirada crítica sobre su tiempo, nunca dejó de desafiar las convenciones, enfrentando su enfermedad con la misma actitud irreverente con la que vivió.