
En un episodio reciente del pódcast Inside the FBI, titulado ‘Catching a Cuban Spy’, la agencia federal reveló nuevos detalles sobre cómo Víctor Manuel Rocha fue reclutado por la inteligencia cubana en los años setenta para ser espía de Fidel Castro, su infiltración en la estructura del poder estadounidense y la caída de su operación encubierta, que se prolongó por más de cuatro décadas.
El FBI sostiene que la detención de este exfuncionario no fue el resultado de una casualidad ni de una pista aislada, sino la culminación de una investigación larga y compleja contra una de las infiltraciones más duraderas conocidas en la historia reciente de Estados Unidos.
¿Cómo fue reclutado Víctor Rocha por el castrismo?
Según lo revelado por la agencia de investigación, el origen de esa relación con La Habana se remonta a la etapa universitaria de Rocha en Yale. Entonces era un joven colombiano atraído por el comunismo, influido por el clima ideológico de los años setenta y por el contacto con corrientes marxistas activas en América Latina.
En ese contexto comenzó a admirar el modelo cubano, que veía como una referencia de transformación política en la región. Su acercamiento no fue accidental: en febrero de 1973 viajó a Chile y se presentó por voluntad propia en la embajada cubana en Santiago, donde entregó documentos vinculados a la revolución cubana que había obtenido en Yale, como demostración de compromiso y utilidad.
A partir de ese primer contacto, la relación avanzó rápido. El entonces joven fue reclutado por un oficial del Directorio General de Inteligencia de Cuba (DGI) y recibió instrucciones precisas sobre el papel que debía desempeñar a largo plazo.
El FBI asegura que incluso la decisión de buscar la ciudadanía estadounidense fue impulsada por sus reclutadores como parte de una primera misión de penetración. Durante aproximadamente una semana, Rocha permaneció en un hotel junto a un oficial cubano que le enseñó técnicas de espionaje y medidas de seguridad.
Ese instructor, conocido como “Aquiles”, dejó una huella decisiva en su formación ideológica. El colombiano llegó a admirarlo profundamente, en especial por su perfil de cuadro experimentado y por su paso por Angola, uno de los escenarios donde el aparato militar y de inteligencia de La Habana buscó ampliar su influencia.
Los agentes explicaron que Rocha recibió entrenamiento técnico en el uso de radios, cámaras y otros medios de ocultamiento, aunque nunca destacó en ese terreno. Sin embargo, según el pódcast, su verdadera fortaleza era la capacidad para moverse con naturalidad entre distintos ambientes sociales, adaptarse a cada contexto y ganar la confianza de quienes lo rodeaban.
Esa habilidad, cultivada desde su infancia en Harlem, su paso por internados en Connecticut y luego por universidades de élite, lo convirtió en un operador ideal para una misión de largo aliento.
La infiltración y espionaje de Rocha en el poder de EEUU
Ocho años después de haber sido captado por la inteligencia cubana, Rocha logró entrar al gobierno estadounidense. Eligió el Departamento de Estado porque el proceso de ingreso no incluía polígrafo.
Desde allí comenzó una carrera que lo llevó a puestos cada vez más sensibles. Fue embajador en Bolivia, participó en el Consejo de Seguridad Nacional y ocupó el cargo de secretario principal adjunto de la Sección de Intereses de EEUU en La Habana. Con cada ascenso aumentaba también el valor de la información a la que podía acceder.
El FBI detalló que, una vez instalado en la estructura oficial, se dedicó a entregar a Cuba todo lo que consideraba útil. Lo hacía, sobre todo, mediante reuniones presenciales con sus contactos, a quienes facilitaba documentos, datos reservados y análisis confidenciales.
Entre la información a la que tuvo acceso figuraban asuntos relacionados con la política de la Casa Blanca, el Consejo de Seguridad Nacional, los acuerdos migratorios, identidades de funcionarios estadounidenses, operaciones en América Latina y detalles técnicos sensibles.
Durante al menos dos décadas, sostuvo el buró que Rocha estuvo en condiciones de transmitir datos cuya exposición podía causar daños severos a la seguridad nacional de EEUU.
La dimensión del caso se agrava por su conexión indirecta con otros espías que trabajaron para Cuba, entre ellos Ana Montes y Kendall Myers. Según el FBI, la rapidez con que el régimen cubano reaccionó a ciertas informaciones recibidas en 1985 puede explicarse, en parte, porque Rocha ya ocupaba posiciones clave en Centroamérica.
Primero estuvo vinculado a la oficina para Honduras y luego asumió responsabilidades político-militares en ese país. Esa ubicación estratégica permitió a La Habana obtener una visión más amplia de las operaciones estadounidenses en la región.
Los agentes señalaron que, en algunos casos, la información facilitó respuestas precisas del aparato cubano que terminaron teniendo consecuencias fatales, aunque los servicios de inteligencia evitaban actuar sobre todos los datos para no comprometer la identidad de su fuente.
Uno de los factores que más dificultó identificarlo fue el uso del nombre en clave BUHO. A diferencia de otros expedientes, los registros no lo vinculaban de forma directa con comunicaciones operativas, sino que solo aparecía mencionado entre oficiales cubanos.
Eso obligó al FBI a pasar años reconstruyendo perfiles, revisando antecedentes y comparando trayectorias de funcionarios hispanohablantes con experiencia en Centroamérica. La investigación avanzó de manera fragmentaria.
En los años noventa, la agencia logró capturar a otros espías de Cuba, pero la conexión definitiva con Rocha seguía sin consolidarse. Hubo indicios, hipótesis e información parcial, pero no una prueba concluyente que permitiera actuar en tribunales.
La captura de Rocha y su sentencia en EEUU
El giro llegó entre 2022 y 2023. Un agente encubierto del FBI logró hacerse pasar por representante del DGI y establecer contacto directo con Rocha. En varias reuniones grabadas, el exdiplomático habló con soltura sobre su relación de 40 años con la inteligencia cubana, reivindicó su lealtad a Cuba y a la Revolución, y describió parte de sus actividades.
Esa confesión quedó registrada en video y se convirtió en la pieza central del caso. Aun así, el tiempo transcurrido planteaba problemas legales para formular cargos clásicos de espionaje. Por eso, el FBI y la fiscalía recurrieron a una estrategia distinta: acusarlo de actuar como agente de una potencia extranjera sin la notificación exigida por la ley. Esa vía permitió superar la barrera de la prescripción y avanzar hacia la condena.
Rocha aceptó un acuerdo de culpabilidad. La sentencia incluyó 15 años de prisión, una multa de 500.000 dólares, tres años de libertad supervisada, la pérdida de sus beneficios de jubilación y la obligación de entregar cualquier ingreso derivado de futuras publicaciones relacionadas con sus crímenes o con su paso por el gobierno.
Como parte del acuerdo, también se comprometió a cooperar con las autoridades para evaluar el daño causado por sus acciones. El FBI considera ese punto crucial, no solo para reconstruir el alcance real de la penetración, sino para determinar si persisten otras vulnerabilidades o agentes no identificados dentro de la administración estadounidense.
La agencia también reveló que expresó arrepentimiento durante el proceso, aunque los investigadores creen que su mayor preocupación era evitar un juicio público que expusiera aún más a su familia. El acuerdo sirvió, además, para reducir la divulgación de información sensible sobre métodos de investigación, fuentes y posibles líneas de trabajo abiertas en materia de contrainteligencia.
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