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Katyn: el crimen que Stalin quiso enterrar

La otra tragedia de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial
Katyn el crimen que Stalin ocultó
Cuando las fosas fueron descubiertas en 1943, las autoridades soviéticas negaron haber cometido la matanza y responsabilizaron a los alemanes. (Imagen © Periódico Cubano – Gemini)

Hay crímenes que la Historia registra. Hay otros que, además, intentaron ser borrados. Katyn pertenece a esta segunda categoría.

En agosto de 1939, Adolf Hitler e Iósif Stalin firmaron el Pacto Molotov-Ribbentrop, un acuerdo de no agresión acompañado de protocolos secretos para repartirse áreas de influencia en Europa oriental.

Pocos días después, el 1 de septiembre, Alemania invadió Polonia. El 17 de septiembre, la Unión Soviética hizo lo mismo desde el este. Polonia fue golpeada por dos dictaduras. Su territorio fue dividido y su población quedó sometida a dos sistemas de ocupación.

Pero mientras la maquinaria de guerra alemana comenzaba su política de terror, deportación y exterminio, el régimen soviético emprendía también una brutal operación contra sectores de la sociedad polaca.

La masacre de Katyn

En la primavera de 1940 comenzó la masacre de Katyn. Por orden de las máximas autoridades soviéticas, el NKVD ejecutó aproximadamente 22.000 ciudadanos polacos. Entre ellos había oficiales del ejército, policías, funcionarios, intelectuales y otros prisioneros considerados peligrosos para el nuevo orden soviético.

Muchos fueron asesinados con un disparo en la nuca. No murieron en combate. No fueron víctimas accidentales de una guerra. Fueron conducidos hacia lugares de ejecución, asesinados y enterrados en fosas comunes.

El bosque de Katyn se convirtió en el símbolo de aquella tragedia. Detrás de la operación estuvo Lavrenti Beria, jefe del NKVD, quien presentó a Stalin y al Politburó soviético la propuesta de ejecutar a los prisioneros polacos.

El 5 de marzo de 1940, Stalin y otros dirigentes soviéticos aprobaron la decisión. La muerte fue planificada desde el poder. Pero después vino algo igualmente terrible: la mentira.

Encubrir el crimen

Cuando las fosas fueron descubiertas en 1943, las autoridades soviéticas negaron haber cometido la matanza y responsabilizaron a los alemanes. Durante décadas, esa versión fue defendida por la propaganda soviética, mientras las familias de las víctimas esperaban respuestas que nunca llegaban.

La verdad, sin embargo, sobrevivió. Las exhumaciones, las investigaciones y, finalmente, la aparición de documentos soviéticos demostraron la responsabilidad del régimen de Stalin. En 1990, la propia Unión Soviética reconoció oficialmente que el crimen había sido cometido por el NKVD.

Katyn dejó entonces una pregunta que la Historia todavía debe formular sin miedo: ¿Por qué algunos crímenes fueron condenados inmediatamente mientras otros fueron ocultados durante décadas por razones políticas?

No se trata de equiparar históricamente el nazismo y el estalinismo. Sus ideologías, objetivos y proyectos fueron diferentes. Pero tampoco debemos permitir que esas diferencias sirvan para ocultar los asesinatos cometidos por uno u otro régimen.

Las víctimas no tienen ideología. Los muertos de Katyn eran polacos. Eran soldados, policías, profesionales, funcionarios y ciudadanos. Tenían nombres, familias y una vida que les fue arrebatada. Por eso Katyn debe permanecer en la memoria.

Porque cuando un Estado asesina y después intenta borrar las huellas del crimen, la verdad histórica adquiere una dimensión moral. El bosque pudo ocultar los cuerpos durante años. No pudo ocultar para siempre la verdad.

Y esa es, quizás, la gran lección de Katyn: la Historia puede ser manipulada durante un tiempo, pero la verdad siempre termina buscando una salida.

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