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La metamorfosis cubana: café con leche en 1870, agua con sueños en 2025

Crisis alimentaria en Cuba
En la actualidad, muchos cubanos no pueden ni tomar café para desayunar. (Foto © Periódico Cubanos)

En la Cuba de 1870 la gente amanecía con el aroma del café verdadero. No era un mito ni una leyenda fabricada por enemigos del sistema: era café. Café con miel o azúcar, servido en tazas de loza, mientras en la mesa esperaba leche de vaca real —no “sucedáneos revolucionarios” ni fórmulas heroicamente inexistentes— y un pan crujiente, recién salido del horno, con mantequilla que no necesitaba discursos para justificarse.

El cubano de 1870 no hacía colas para imaginar el desayuno. No se apuntaba en listas clandestinas para adquirir medio litro de leche miserable. No debía agradecerle al Estado por permitirle oler el pan desde la distancia. Simplemente desayunaba. Qué falta de conciencia histórica la de aquella gente: no sabían que en el futuro serían libres… de alimentos.

Hoy, en la Cuba de 2025, el ritual matutino es mucho más sofisticado. El ciudadano se levanta temprano —no por diligencia, sino por ansiedad— y contempla con dignidad el vacío de la mesa. El café es una mezcla filosófica entre chícharos tostados y nostalgia. La leche es un recuerdo infantil. El pan es una anécdota. La mantequilla, una leyenda burguesa.

En 1870, el campesino producía, comerciaba, intercambiaba, prosperaba lentamente. Hoy el cubano produce… paciencia. Cultiva el arte de resistir. Exporta resignación. Importa promesas.

La dictadura de los Castros ha convertido a Cuba en un país donde desayunar es un lujo. (Foto © Periódico Cubano)

La vivienda en 1870 era modesta, pero era suya. Con goteras reales, no ideológicas. Con paredes honestas, no sostenidas por consignas. En 2025, la casa se cae, pero con conciencia revolucionaria, con carteles heroicos que sostienen simbólicamente lo que el cemento ya no puede.

En 1870, no existía el bloqueo, pero tampoco hacía falta inventarlo. El comercio fluía, las tiendas tenían productos, los mercados estaban vivos. Hoy, cualquier estante vacío es una victoria política: “Resistimos” —dice la propaganda— mientras el pueblo resiste pero sin comida.

En 1870, los niños crecían con leche, huevos, frutas, azúcar. En 2025, crecen con discursos, marchas obligatorias y una educación intensiva en cómo explicar el hambre sin mencionar a los responsables.

El cubano de 1870 podía quejarse del clima, del gobernador, de la vida dura en el campo. El cubano de 2025 debe agradecer. Agradecer que no hay arroz, pero hay soberanía. Que no hay carne, pero hay consignas. Que no hay futuro, pero hay murales.

Y así hemos avanzado. De la taza llena a la taza vacía. Del pan caliente al estante frío. Del trabajo productivo al “resistir es vencer”. De la leche de vaca al mito patriótico. De la vida imperfecta pero real… a la miseria perfectamente organizada.

Esto no es nostalgia. Es contabilidad histórica. No es exageración. Es inventario. Porque si algo ha demostrado este sistema, es su capacidad de lograr lo imposible: convertir un país que desayunaba en paz en una nación que se alimenta de ironía.

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