
La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil este 25 de octubre puso freno a una racha de siete victorias presidenciales ultraconservadoras en América Latina. El resultado no elimina el avance de la derecha, pero demuestra que el giro político del continente no es definitivo.
La región mantiene gobiernos de distintas tendencias, con diferencias importantes en economía, seguridad, relaciones internacionales y derechos ciudadanos.
Desde 2018, la derecha ha ganado terreno con propuestas de mano dura contra el crimen, control de la migración, reducción del gasto público y apertura a la inversión privada, que en varios casos se ha priorizado por encima del bienestar social y ambiental de los territorios.
Jair Bolsonaro llegó al poder en Brasil en 2019 con un discurso conservador y políticas extractivistas en la selva amazónica; Nayib Bukele asumió en El Salvador ese mismo año y convirtió su ofensiva contra las pandillas en su principal bandera. Su política de seguridad redujo los homicidios, pero las detenciones masivas y las denuncias de abusos han generado críticas de organizaciones de derechos humanos.
En Argentina, Javier Milei ganó en 2023 prometiendo reducir el Estado, controlar la inflación y recortar el gasto. Su ajuste fiscal ha contribuido a estabilizar algunas variables económicas, pero también provocó protestas por los recortes y la pérdida de poder adquisitivo, con una inflación del 33.5%, la segunda mayor de todo el continente americano, solo después de Venezuela.
Además, su Gobierno derogó restricciones a la compra extranjera de tierras rurales, incluidas zonas cercanas a cuerpos de agua y fronteras. Esto ha generado preocupación por el control de los recursos naturales, especialmente tras la privatización del agua potable a inicios de este mes.
La tendencia continuó con Daniel Noboa en Ecuador, reelegido en 2025, y José Antonio Kast en Chile, elegido ese mismo año con promesas de combatir la delincuencia y endurecer las medidas contra la migración irregular.
En 2025 también ganó Rodrigo Paz en Bolivia y, en Honduras, Nasry Asfura. En 2026, Laura Fernández asumió en Costa Rica, mientras Keiko Fujimori ganó en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia.
La inseguridad, el desgaste de los gobiernos y la frustración económica impulsaron buena parte de estos resultados. Sin embargo, las políticas de seguridad más duras también despiertan dudas sobre abusos y límites al poder.
La izquierda se mantiene entre múltiples críticas
Además de Lula, la izquierda gobierna en México con Claudia Sheinbaum y en Uruguay con Yamandú Orsi. Sus agendas suelen dar mayor peso a programas sociales asistencialistas, los derechos laborales y el papel del Estado.
No obstante, sus administraciones enfrentan críticas por problemas de seguridad, corrupción, gasto público y resultados insuficientes, como la decadencia del seguro social en México tras su alianza con Cuba para conseguir médicos y medicamentos y su falta de regulación ambiental. Lula, además, tendrá que negociar con un Congreso brasileño inclinado hacia la derecha.
En política exterior, muchos gobiernos conservadores buscan estrechar la relación con Estados Unidos, especialmente en seguridad e inversiones. Lula, Sheinbaum y otros dirigentes de izquierda defienden mayor autonomía regional y mantienen vínculos con China.
La postura sobre Israel tampoco es uniforme: Lula ha criticado duramente la ofensiva israelí en Gaza, mientras el chileno Kast busca reforzar la cooperación chilena con Israel.
Cuba, Nicaragua y Venezuela requieren una distinción aparte: aunque sus gobiernos se presentan como de izquierda, organismos internacionales los describen como regímenes autoritarios, con restricciones graves a la oposición y a las libertades políticas.
En Venezuela, tras la operación militar estadounidense del pasado 3 de enero que capturó a Nicolás Maduro, la mano derecha del dictador, Delcy Rodríguez, asumió como presidenta encargada.
EEUU ha intervenido en la gestión petrolera, pero todavía no se han celebrado elecciones libres que permitan una transición democrática, mientras dirigentes opositores siguen fuera del país.
La victoria de Lula es importante porque rompe la secuencia de triunfos conservadores, pero no resuelve los problemas de Brasil ni representa una victoria definitiva de la izquierda tampoco.
El panorama latinoamericano sigue marcado por la inseguridad, la desigualdad, la disputa por los recursos naturales y la exigencia ciudadana de gobiernos que rindan cuentas, independientemente de su inclinación política, algo que aún no se ha logrado en ningún país.

