
Miguel de Aldama y Alfonso, marqués de Santa Rosa del Río, fue una de las figuras más destacadas de su época y transitó o formó parte de las ideas más radicales de la aristocracia cubana del siglo XIX. Fue, según el momento, anexionista, reformista e independentista sin dejar de ser un patriota.
Nacido en La Habana el 24 de octubre de 1821, pertenecía a una de las familias más adineradas de la isla, heredó una de las mayores fortunas del país, un vasto patrimonio construido sobre la base de ingenios y plantaciones azucareras que funcionaban con mano de obra esclavizada.
Hijo del vizcaíno Domingo Aldama y Aréchaga y la cubana Rosa Alfonso Soler, Miguel también era hermano de María de los Dolores Aldama y Alfonso, marquesa de Montelo.
A lo largo de los años, la aristocracia criolla cubana fue desarrollando una conciencia propia en un contexto en que la élite criolla intentaba equilibrar sus intereses con las exigencias de una metrópoli cada vez más rígida.
Los movimientos reformistas, que buscaban cambios dentro del marco colonial, promovían demandas de mayor autonomía política y económica sin romper lazos con España. Estos círculos reformistas —a los que asistían habaneros influyentes como Aldama— con el tiempo evolucionaron hacia posiciones anexionistas, impulsadas principalmente por propietarios de plantaciones y hombres de negocios que veían en la incorporación de Cuba a los Estados Unidos una solución a la crisis económica y política de la colonia.
Aldama, como parte de ese sector, respaldó la idea de la anexión en una etapa en que muchos criollos temían que una independencia inmediata y sin respaldo externo no serviría para preservar sus intereses económicos.
Sin embargo, su vinculación con el anexionismo no fue rígida ni exclusiva. Con el estallido de la Guerra de los Diez Años en 1868 y el fracaso de los proyectos reformistas, Aldama transitó hacia posiciones más claramente independentistas, aunque mantuvo tensiones con otros líderes del exilio cubano por el camino a seguir en la lucha contra el régimen colonial.
Con el estallido de la Guerra de los Diez Años en 1868, Aldama se sumó a las conspiraciones por la independencia. El 24 de enero de 1869, su residencia, el Palacio de Aldama, fue saqueada por los voluntarios peninsulares bajo el pretexto de que habían escondido armas para la causa independentista, aunque lo único encontrado fueron las colecciones personales de armas del propio Aldama.
Este incidente marcó un punto de inflexión en la vida de Aldama, quien decidió exiliarse en los Estados Unidos. Aldama desempeñó el cargo de Agente General de la República de Cuba en Armas, respaldando las expediciones iniciales de la guerra con importantes aportes económicos, a pesar de la merma de su fortuna.
Contribuyó con 140 mil pesos de los 163 mil necesarios para la compra del Hornet, el primer buque de la marina de guerra cubana. Su apoyo total a la causa superó los 300 mil pesos.
Aldama, dentro de sus labores independistas, entró en desacuerdo con el mayor general Manuel de Quesada, designado por el presidente Carlos Manuel de Céspedes para coordinar expediciones armadas desde el extranjero. Las diferencias provocaron una división dentro del exilio cubano, con dos facciones fundamentales enfrentadas: los “quesadistas” y los “aldamistas”, lo que perjudicó gravemente la causa independentista.
El Pacto del Zanjón, firmado en 1878, marcó el fin de la Guerra de los Diez Años y la imposibilidad de los cubanos de continuar la lucha. Como parte del acuerdo, los exiliados fueron autorizados a regresar a Cuba y recuperar sus propiedades confiscadas. Aldama, junto a su familia, regresó a La Habana, aunque nunca volvió a habitar su palacio, el cual permanece intacto hasta el día de hoy.
Años más tarde, ya enfermo y envejecido, Miguel de Aldama y Alfonso falleció el 15 de marzo de 1888 en Manhattan, a los 66 años. Fue enterrado en el cementerio de Greenwood en Nueva York.
El Palacio Aldama es uno de los mejores edificios del siglo 19, junto con el de la Marquesa de Villalba y el Balboa.