
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, respondió recientemente a las declaraciones del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, quien calificó a los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua como “enemigos de la humanidad” debido a las crisis migratorias que han provocado sus políticas autoritarias.
En su réplica, Díaz-Canel recurrió nuevamente al embargo estadounidense como la explicación única de la debacle económica y social de Cuba, una narrativa desgastada que ignora las verdaderas causas del éxodo masivo de cubanos.
La afirmación del mandatario cubano es un argumento falaz que no resiste un análisis riguroso. La historia reciente de Cuba demuestra que, incluso en momentos de relajación de sanciones, la crisis persiste y que la migración regular cubana es permitida por el gobierno de La Habana, siendo su manifestación más reciente es el convenio con Nicaragua de libre visado para “turismo de volcanes”, que aprovecharon más de 500 mil cubanos para salir de la Isla y llegar a los Estados Unidos.
Entre líneas, el presidente designado cubano amagó con permitir que más cubanos viajasen de manera irregular con la intención de ocasionar caos y desestabilización en la frontera. Una estrategia utilizada anteriormente por el comunismo, como ocurrió tras el Maleconazo en agosto de 1994, cuando el gobierno cubano alivió la presión interna provocando la crisis de los balseros, en la que más de 35,000 cubanos escaparon en embarcaciones precarias hacia Estados Unidos.
Durante el deshielo con Barack Obama, cuando se restablecieron relaciones diplomáticas y se flexibilizaron las restricciones comerciales, la crisis económica no cesó y la represión política se mantuvo inalterable. El problema no es el embargo, sino un modelo de gestión ineficaz y un sistema que, a pesar de contar con aliados y apoyo internacional, ha colapsado por su propia corrupción e incompetencia.
Cuba no sufre una crisis migratoria porque Estados Unidos le impida comprar alimentos o medicinas (de hecho, es su principal proveedor de productos agrícolas y farmacéuticos). La causa del éxodo radica en un sistema político que sofoca las libertades, mantiene a la ciudadanía en la miseria y no ofrece ninguna esperanza de cambio.
Mientras el pueblo cubano enfrenta apagones constantes, escasez de alimentos y un sistema de salud colapsado, la élite gobernante goza de privilegios y acceso a bienes vetados para el resto de la población.
La postura de Díaz-Canel ignora un hecho fundamental: no solo los cubanos emigran en masa, sino que también lo hacen los venezolanos y los nicaragüenses. El factor común entre estos tres países no es el embargo estadounidense, sino el control absoluto del Estado sobre la economía, la represión de la disidencia y la falta de democracia.
En contraste, otros países latinoamericanos sin sanciones económicas, pero con gobiernos autoritarios o populistas, han logrado mantener una estabilidad relativa y evitar crisis migratorias comparables. El argumento de que Cuba es víctima de una agresión internacional y que, pese a ello, sigue siendo solidaria con otros pueblos, es otro intento de desviar la atención de la realidad interna.
La solidaridad cubana, en forma de médicos enviados a otros países, es en realidad un negocio del régimen, que explota a sus propios profesionales de la salud al quedarse con la mayor parte de sus ingresos. Mientras tanto, los hospitales en la isla carecen de insumos básicos y el sistema sanitario se encuentra en franco deterioro.
Enemigo de la humanidad no es quien denuncia estas realidades, sino quien las perpetúa con discursos vacíos y promesas incumplidas. El verdadero responsable del sufrimiento del pueblo cubano es su propio gobierno, un aparato de poder que se niega a cambiar, que reprime cualquier intento de reforma y que ha condenado a generaciones enteras a la desesperanza.
La crisis migratoria cubana no es resultado de la política exterior de Washington, sino de la ineficiencia, la represión y la corrupción de un régimen que se ha convertido en el verdadero enemigo de su propia gente.