
El Mundial de 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, trasciende la competencia deportiva. El torneo funciona como una plataforma económica, diplomática y cultural para tres países que intentan proyectar una imagen de integración regional, pese a sus diferencias sobre comercio, migración, seguridad fronteriza y liderazgo político.
La primera Copa del Mundo con 48 selecciones comprende 104 partidos en 16 ciudades. Estados Unidos acoge la mayoría de los encuentros, mientras México y Canadá completaron la sede conjunta. La dimensión del evento confirma que el fútbol se ha convertido en una de las herramientas de proyección internacional más poderosas.
Del deporte popular al poder político
El fútbol moderno surgió en la Inglaterra industrial del siglo XIX y pronto dejó de ser una simple actividad recreativa. Los clubes comenzaron a representar barrios, clases sociales, comunidades religiosas e identidades nacionales.
Rivalidades como Barcelona-Real Madrid, Celtic-Rangers o los enfrentamientos entre equipos de los Balcanes adquirieron significados políticos, religiosos y nacionalistas. Con la expansión de la radio, la televisión e internet, el fútbol se transformó en una industria cultural global capaz de mover audiencias, mercados, prestigio e influencia.
Los gobiernos comprendieron que patrocinar equipos, contratar estrellas u organizar grandes torneos podía ofrecer resultados diplomáticos y propagandísticos más rápidos que muchas campañas oficiales.
Mundiales utilizados como propaganda
La historia ofrece numerosos ejemplos. Benito Mussolini utilizó el Mundial de 1934 para exaltar al fascismo italiano. La dictadura argentina convirtió el torneo de 1978 en una operación propagandística mientras el país sufría secuestros, torturas y desapariciones.
Rusia aprovechó el Mundial de 2018 para proyectar una imagen de modernidad y apertura, pese a las tensiones con Occidente tras la anexión de Crimea.
Qatar hizo algo similar en 2022, cuando trató de presentarse como una potencia moderna y sofisticada, aunque enfrentaba cuestionamientos por las condiciones de los trabajadores migrantes y las restricciones a los derechos humanos.
Estas estrategias forman parte del denominado poder blando: la capacidad de influir mediante la cultura, el prestigio y la admiración. Su versión más polémica es el sportwashing, que consiste en utilizar el deporte para mejorar la imagen de gobiernos cuestionados.
Qatar convirtió al Paris Saint-Germain en una plataforma internacional, mientras Arabia Saudita ha invertido en fútbol, boxeo, golf, automovilismo y otras competencias. Al contratar figuras como Cristiano Ronaldo, Neymar o Karim Benzema, esos países no adquieren únicamente talento deportivo. También compran visibilidad, titulares y presencia constante en la conversación mundial.
Cuba pudo tener un papel geopolítico especial
Una clasificación de Cuba habría incorporado al torneo una de las historias políticas más complejas de la región. La selección habría jugado principalmente en Estados Unidos, donde reside la mayor comunidad cubana fuera de la Isla y donde las relaciones con La Habana permanecen marcadas por décadas de confrontación.
El equipo habría quedado atrapado entre dos narrativas. El gobierno cubano habría presentado la clasificación como una victoria de su sistema deportivo. En cambio, muchos emigrados habrían visto a la selección como una representación de la nación cubana separada del régimen.
Un eventual partido en Miami habría colocado en primer plano asuntos que superan lo deportivo: las visas de jugadores y funcionarios, la incorporación de futbolistas residentes en el extranjero, las protestas contra el gobierno cubano, los símbolos utilizados en las gradas y el riesgo de nuevos abandonos de la delegación.
Cuba, sin embargo, quedó eliminada en la segunda ronda de las clasificatorias de la Concacaf tras perder 1-2 ante Bermudas el 10 de junio de 2025, en Santiago de Cuba.
La derrota prolongó una ausencia histórica. La selección cubana solo ha disputado un Mundial masculino, el de Francia 1938, cuando llegó a los cuartos de final antes de caer 8-0 frente a Suecia.
Una participación en 2026 habría devuelto a Cuba al principal escenario futbolístico después de 88 años. También habría expuesto una realidad incómoda para las autoridades: una parte creciente del talento nacional se desarrolla, trabaja o reside fuera del sistema estatal.
La propaganda deportiva cubana pierde eficacia
Desde 1959, el gobierno cubano ha utilizado los resultados deportivos como fuente de legitimidad política. Durante décadas, las medallas olímpicas fueron presentadas como triunfos de la Revolución y supuestas pruebas de superioridad frente a los sistemas profesionales.
La propaganda, sin embargo, depende de que los atletas permanezcan bajo control institucional y acepten representar al Estado. Esa estrategia se ha debilitado con los frecuentes abandonos durante concentraciones y competencias internacionales.
Tras los Juegos Panamericanos de Santiago de Chile en 2023, alrededor de 20 integrantes de la delegación cubana no regresaron a la Isla. Al menos 10 solicitaron protección en Chile, incluidas seis jugadoras de hockey sobre césped. Uno de los deportistas afirmó que su principal motivación era sentirse libre.
El caso del campeón olímpico Fernando Dayán Jorge fue especialmente perjudicial para el discurso oficial. El canoísta abandonó una concentración en México, llegó a Estados Unidos y compitió en París 2024 como miembro del Equipo Olímpico de Refugiados.
Jorge denunció que las autoridades pretendían utilizarlo en actividades propagandísticas. Después de ser presentado como héroe nacional, fue acusado de indisciplina y deslealtad cuando decidió marcharse.
Los abandonos evidencian una contradicción: el Estado se atribuye las victorias de los deportistas, pero responsabiliza únicamente al atleta cuando rompe con el sistema. Las medallas pertenecen a la Revolución, mientras las fugas son presentadas como traiciones individuales.
La ausencia de Cuba en el Mundial de 2026 no representa, por tanto, solo un fracaso futbolístico. También impide que La Habana utilice el principal evento deportivo del planeta como instrumento propagandístico.
Al mismo tiempo, evita que el régimen tenga que responder ante millones de espectadores por qué tantos atletas abandonan sus delegaciones y por qué una antigua potencia deportiva no logra conservar buena parte de su talento.
¿Hubiera funcionado esta estrategia?
Uno no puede evitar preguntarse si Cuba hubiera sido capaz de utilizar este Mundial como estrategia propagandística de no haber quedado fuera, pues, además del riesgo de sufrir al menos una deserción por parte de sus jugadores, también persiste el problema de la crisis energética en el país, con apagones constantes que hubieran impedido que sus ciudadanos pudieran ver el torneo durante los largos cortes de electricidad que se han experimentado en las últimas semanas.
Solo basta ver la reacción que tuvieron los ciudadanos de la Isla luego de que Tele Rebelde invitara al pueblo a ver la final del torneo a través de su señal, algo que muchos tomaron como una falta de respeto.
“¿Con qué corriente? ¿Con qué señal? Explíquenme esa, que no me la sé”; “Vive la pasión, sin señal y sin corriente” y “Me mandan un ecoflow, please. Y señal también”, fueron solo algunos de los comentarios más sarcásticos dejados por los cubanos.