
Hay preguntas que la historia obliga a formular, aunque incomoden. Una de ellas es esta: ¿por qué existe tanta hostilidad contra Israel y, en algunos sectores, incluso se llega a negar su derecho a existir o a defenderse?
No hablo aquí de quienes critican determinadas decisiones del Gobierno israelí. Criticar a un gobierno es legítimo. Tampoco de quienes defienden los derechos del pueblo palestino. Esos derechos existen y no deben ser negados.
Hablo de algo diferente: de quienes convierten a Israel, como nación y como pueblo, en el único responsable de un conflicto cuya historia comenzó mucho antes de las guerras actuales.
El surgimiento del Estado de Israel
La historia no comenzó ayer. El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 181, que recomendaba la creación de un Estado árabe y un Estado judío, con Jerusalén bajo un régimen internacional.
La dirigencia judía aceptó el plan, aunque tenía objeciones; los dirigentes árabes palestinos y los Estados árabes lo rechazaron. La violencia aumentó inmediatamente. El 14 de mayo de 1948 nació el Estado de Israel y, al día siguiente, comenzó la intervención militar de los Estados árabes vecinos.
Egipto, Siria, Líbano, Irak y Transjordania entraron en la guerra; Arabia Saudita aportó fuerzas que combatieron bajo mando egipcio. La guerra no fue una simple disputa diplomática: se convirtió en una guerra internacional por la supervivencia del nuevo Estado.

Israel sobrevivió. Ese dato histórico no puede borrarse. Tampoco puede borrarse que aquella guerra produjo una enorme tragedia palestina: miles de personas fueron desplazadas y se creó un problema de refugiados que permanece hasta nuestros días.
Las víctimas palestinas forman parte de la historia y merecen ser recordadas. Pero reconocer esa tragedia no exige negar la historia de Israel. Y aquí aparece una contradicción que debería hacernos pensar.
¿Cómo puede alguien defender el derecho de un pueblo a tener Estado, seguridad y autodeterminación y, al mismo tiempo, negar esos derechos al pueblo judío? ¿Cómo puede condenarse un ataque contra civiles cuando las víctimas son israelíes, pero justificarse o minimizarse cuando las víctimas pertenecen al otro lado?
Israel y Palestina
La historia exige una misma vara. Israel no nació en el vacío. Nació después de siglos de persecuciones, expulsiones y, finalmente, del exterminio sistemático de seis millones de judíos durante el Holocausto. Pero su existencia no depende solamente del Holocausto: también quedó vinculada al proceso internacional de 1947 y a la posterior guerra de 1948.
Y existe además un principio jurídico que no debería ser ignorado. El artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas reconoce el derecho inherente a la legítima defensa individual o colectiva cuando ocurre un ataque armado. Ese principio no pertenece exclusivamente a Israel: pertenece a los Estados.
Por supuesto, el derecho a defenderse no significa un cheque en blanco. La legítima defensa está sometida al derecho internacional y las operaciones militares deben respetar las normas aplicables a la protección de civiles.
Del mismo modo, la existencia de sufrimiento palestino no convierte en legítimos los ataques contra civiles israelíes. Una vida israelí no vale más que una vida palestina, pero tampoco vale menos.
Por eso resulta necesario denunciar otra forma de complicidad: la de quienes justifican la violencia contra Israel simplemente porque consideran ilegítima su existencia. Una cosa es defender la creación de un Estado palestino y otra muy distinta es aceptar que Israel deba desaparecer para conseguirlo. Son posiciones diferentes.
La historia demuestra que Israel ha tenido que luchar repetidamente por su seguridad. Eso explica buena parte de la mentalidad de supervivencia que existe en la sociedad israelí. No la justifica automáticamente en cada una de sus decisiones, pero sí ayuda a comprenderla. Y comprender no significa aprobar.
Del mismo modo, defender a los palestinos no debería significar justificar el terrorismo, el asesinato deliberado de civiles o los discursos que pretenden eliminar al Estado de Israel. No hay paz posible construida sobre la negación del otro.
Israel tiene derecho a existir. Los palestinos tienen derecho a vivir con dignidad y seguridad. Y ambos pueblos tienen derecho a un futuro sin terrorismo, sin ocupación, sin expulsiones y sin guerras interminables.
La historia no puede virarse al revés para convertir a unos en eternos culpables y a otros en eternas víctimas. Hay que mirar toda la historia. La de 1947. La de 1948. La de los refugiados palestinos. La de las guerras árabe-israelíes. La de los atentados. La de las ocupaciones. La de los desplazamientos. La de los muertos de ambos pueblos.
Y también la de quienes, desde fuera, han alimentado durante décadas una lógica en la que la existencia misma de Israel es presentada como el problema. Ese es el debate que algunos prefieren evitar. No se trata de escoger entre israelíes y palestinos.
Se trata de defender un principio mucho más elemental: ningún pueblo debe ser condenado a desaparecer para que otro pueda vivir. La historia no puede borrar a Israel.
Tampoco debe borrar al pueblo palestino. Pero, sobre todo, la paz jamás podrá construirse sobre el odio ni sobre la negación del derecho del otro a existir.
