
La posibilidad de que Estados Unidos emprenda una operación militar contra el régimen cubano ha perdido fuerza dentro de la estrategia inmediata de la Administración de Donald Trump.
El motivo no sería la capacidad defensiva de La Habana, sino una pregunta para la cual Washington todavía no tiene una respuesta convincente: ¿quién gobernaría Cuba al día siguiente?
Un reporte de Bloomberg, basado en funcionarios y personas familiarizadas con las deliberaciones, señala que la Casa Blanca está dando prioridad a las sanciones y la presión económica. Su intención sería debilitar al aparato estatal y militar, provocar divisiones en la cúpula gobernante y empujarla hacia una negociación.
La intervención armada no ha sido eliminada. Sin embargo, derribar al actual liderazgo sin una alternativa capaz de controlar el país entraña enormes riesgos. Para Washington, un colapso caótico a solo 145 kilómetros de Florida podría crear un problema más peligroso que el que pretende resolver.
El vacío de poder en Cuba preocupa a Washington
A diferencia de Venezuela, donde la Administración Trump ejecutó en enero una operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro, en Cuba no existiría una figura claramente identificada para encabezar una transición. Tampoco hay una fuerza opositora que controle instituciones, territorio o estructuras armadas y pueda asumir inmediatamente las funciones del Estado.
Ese vacío plantea varios escenarios peligrosos. Una caída repentina del Gobierno podría desatar enfrentamientos entre sectores de las Fuerzas Armadas, organismos de seguridad, dirigentes comunistas y grupos civiles.
También podría provocar saqueos, una interrupción todavía mayor de los servicios básicos y otra estampida migratoria hacia Estados Unidos.
El secretario de Estado, Marco Rubio, ha advertido que un Estado fallido tan cerca del territorio estadounidense representaría un problema de seguridad nacional. Por eso, aunque Washington busca un cambio político en la isla, también tendría interés en evitar una desintegración que lo obligue a administrar sus consecuencias.
El dilema no consiste únicamente en poseer suficiente poder militar. Estados Unidos tiene una superioridad abrumadora frente a las fuerzas cubanas, pero derribar un Gobierno y construir un orden estable son tareas diferentes.
Una acción rápida podría abrir un periodo de ingobernabilidad, violencia u ocupación, sin garantías de que surgiera una democracia.
Las sanciones desplazan a la opción militar en Cuba
Ante esos riesgos, Trump y Rubio estarían apostando por aumentar gradualmente la presión sobre los sectores que sostienen al régimen. El objetivo principal serían los ingresos controlados por las Fuerzas Armadas, especialmente los vinculados con el conglomerado empresarial GAESA, el turismo, las remesas y el acceso de Cuba a suministros energéticos.
Según Bloomberg, Washington pretende reducir al mínimo los recursos disponibles para la élite gobernante y estimular fracturas internas. La apuesta es que funcionarios y militares concluyan que mantener el sistema resulta más costoso que negociar una transición o aceptar reformas económicas y políticas.
Desde enero de 2026, Estados Unidos habría aplicado más de 240 sanciones contra Cuba e interceptado al menos siete buques cisterna. El reporte estima que las importaciones energéticas de la isla habrían caído entre un 80% y un 90%, reducción que ayuda a explicar los apagones y la escasez de combustible.
La estrategia también tiene graves consecuencias para la población. Naciones Unidas ha alertado sobre la falta de alimentos y medicinas y los cortes eléctricos que afectan a hospitales y centros oncológicos. La Habana acusa a Washington de castigar colectivamente a los cubanos, mientras la Administración Trump afirma que sus medidas apuntan contra la cúpula comunista y militar.
Una intervención militar de EEUU en Cuba sigue sobre la mesa
Que la opción militar haya perdido prioridad no significa que haya desaparecido. Trump considera la imprevisibilidad una herramienta de negociación y evita cerrar públicamente posibles vías de acción. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, reforzó esa ambigüedad al asegurar que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluidas las militares.
El mensaje permite a Washington combinar el cerco económico con la amenaza de una escalada. También aumenta la presión psicológica sobre una dirigencia cubana que desconoce hasta dónde estaría dispuesto a llegar Trump si las sanciones no producen resultados.
Por ahora, la Casa Blanca parece preferir que el régimen se fracture desde dentro antes que provocar su caída mediante un ataque. La ausencia de un liderazgo alternativo, el peligro de una crisis migratoria y el temor a convertir Cuba en un territorio ingobernable actúan como frenos.
El nuevo enfoque no supone una moderación hacia La Habana, sino un cambio de método. Estados Unidos seguiría buscando debilitar al Gobierno cubano, pero mediante una asfixia económica que fuerce negociaciones o transformaciones internas.
La invasión queda aplazada, no descartada: dependerá de la evolución de la crisis, del efecto de las sanciones y de si aparece una fuerza capaz de gobernar Cuba después del régimen.

