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Sandro Castro: el nieto que desnuda la podredumbre de la revolución

Sandro Castro nieto de Fidel
Su conducta en redes sociales evidencia, aunque de una manera inédita para la familia castrista, el mismo mundo de privilegios, corrupción, cinismo y abuso que su abuelo disfrazó de épica revolucionaria. (Captura de pantalla @ Sandro Castro – Instagram)

Nieto del dictador Fidel Castro, Sandro Castro exhibe, entre borracheras y escándalos públicos, la verdadera naturaleza de la dinastía revolucionaria: corrupción, impunidad y decadencia. En su figura grotesca se concentra, sin máscaras ni consignas, la ruina moral de un régimen que predicó igualdad mientras vivía en la opulencia.

Las actuaciones públicas de este joven no son, claro, paradigma de una proyección natural. A todas luces, no todo funciona bien en su cabeza. Pero quizás haya algo de coherencia, algo que quiera expresarse: una negación del absoluto. Un “no me importa nada”, ni Fidel, ni el marxismo, ni las marchas, ni siquiera quién soy. Un escándalo viviente.

¿Qué motivaciones lo llevan a payasar, a hacer el ridículo, a chocar con el espíritu de su abuelo ausente? En el fondo, él y su abuelo son lo mismo. Uno bailaba en champán de 600 dólares en islas privadas; el otro lo baila al desnudo en público. Pero la esencia descarada es la misma.

No hay freno, y él lo sabe. Sabe muy bien que Díaz-Canel no tiene ni agallas ni pantalones. Sabe muy bien que este alocado joven lleva un apellido que todavía infunde miedo: el de Castro.

Tiene un club cuyos precios son desorbitantes, donde una cerveza cuesta más que la jubilación de un mes de un retirado. Allí hay de todo: drogas, prostitución, exceso. Nadie controla, nadie inspecciona. Es el bar de Sandro Castro. Y punto.

¿Es un idiota absoluto? Quizás. Lo cierto es que deja entrever con claridad lo sucio que se vivía en ese prostibulario que fue Punto Cero: el mismo mundo de privilegios, corrupción, cinismo y abuso que su abuelo disfrazó de épica revolucionaria.

Sandro no construye nada, no propone nada, no salva nada. Solo exhibe, con brutal sinceridad, lo que siempre estuvo ahí: una casta corrupta, parásita y decadente que se escondió tras discursos y uniformes verdes olivo.

Hoy, en el desfile grotesco de un nieto desenfrenado, cae el velo de la historia oficial. Porque Sandro Castro no traiciona la memoria de su abuelo: la exhibe en toda su obscena verdad.

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