
Las más recientes publicaciones de Sandro Castro en redes sociales vuelven a exhibir, con crudeza, el abismo entre la élite gobernante y la realidad del pueblo cubano. Nieto de Fidel Castro, líder de una revolución que se proclamó moralmente superior y enemiga de los privilegios, Sandro representa hoy el rostro desinhibido de ese poder heredado, blindado por el apellido y ajeno al sufrimiento cotidiano de millones de cubanos.
En su video más reciente, se introduce en un tanque de agua doméstico —símbolo de la escasez que obliga a las familias a almacenar el líquido durante los cortes— y declara, en tono sarcástico, que se trata de “la mejor piscina que ha tenido”.
La escena, lejos de ser inofensiva, constituye una provocación directa a quienes no pueden acceder ni siquiera a un suministro regular de agua. No es lo único. En otro momento del mismo video, el joven se burla de la falta de alimentos, afirmando que no pudo preparar su receta favorita, pollo a la cerveza, por no encontrar pollo, uno de los productos más escasos en la Isla.
Pero el cinismo no se detiene ahí. También imita, en tono burlón, a hombres con gestos y expresiones feminizadas, en lo que muchos han interpretado como una burla a la comunidad LGBT cubana. En un país donde las personas no heteronormativas han sido históricamente marginadas —y donde incluso su propio abuelo promovió campañas de represión contra ellas—, la actitud del nieto no solo perpetúa el estigma, sino que lo trivializa desde una posición de poder e inmunidad.
Las contradicciones se vuelven insoslayables al recordar las palabras de Fidel Castro en 1963, durante un acto celebrado en la escalinata de la Universidad de La Habana: “Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos, algunos de ellos con una guitarrita y actitudes elvispreslianas y que han llevado su libertinaje al extremo en algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides”.
En su momento, esas declaraciones sirvieron para justificar la represión moralista contra jóvenes considerados “desviados” del proyecto revolucionario. Hoy, esas mismas palabras podrían aplicarse al nieto del propio orador, convertido en el estereotipo de lo que el discurso revolucionario censuraba.
Sandro Castro no ha sido electo, ni representa oficialmente al Estado, pero su conducta tiene un impacto político innegable: encarna el colapso moral de una clase que, mientras exige sacrificio al pueblo, goza de impunidad y lujos. Su presencia constante en redes no es solo una provocación, sino una demostración de que la Revolución, convertida en casta, ya no pretende esconder sus contradicciones, sino exhibirlas con desparpajo.
Las burlas del nieto contrastan con el control que su abuelo impuso sobre el lenguaje, la cultura y la conducta ciudadana. Fidel construyó un aparato ideológico que perseguía cualquier desviación del modelo revolucionario. Sandro lo derrumba con cada gesto: se ríe del hambre, del desabastecimiento y de las identidades que su propio linaje reprimió. Su figura no solo refleja el privilegio: lo celebra, mientras una nación sobrevive en las ruinas de una promesa traicionada.
Necesita ser centro de atención social igual que su abuelo paterno pero de diferente manera, heredó esos genes.
NOENTIENDO PARA QUE A ESA MIER… DE PERSONA LOS MEDIOS LE DEDICAN TIEMPO, ESO ES LO QUE EL QUIERE, ESE CARAJO ES UN INDIVIDUO ENFERMO CON MEGALOMANIA, CON FALTA DE HUMILDAD, LLENOS DE FALTA DE RESPETO AL SER HUMANO Y SOBRE TODO A LOS CUBANOS QUE PASAN HAMBRE Y NECESIDADES. ESE TIPO EN UN SIQUISATRICO, QUE DEBIERA ESTAR HOSPITALIZADO EN MAZORRA JUIGANDO CON ORINA YU MIE…