
Hay contradicciones que no admiten justificación posible. Una de ellas es pretender cantar con emoción a José Martí y, al mismo tiempo, rendir homenaje incondicional a Fidel Castro.
Es como intentar mezclar aceite y vinagre esperando obtener una sustancia homogénea. Son dos visiones opuestas del poder, de la libertad y de la dignidad humana.
José Martí consagró su vida a impedir el surgimiento de cualquier forma de tiranía. Su pensamiento estuvo marcado por el respeto al ciudadano, por la república basada en la ley y por el rechazo al caudillismo.
Martí no soñó una nación sometida a un partido único, ni una sociedad donde la discrepancia fuera castigada, ni un país donde millones de personas tuvieran que emigrar para buscar horizontes de libertad.
Sin embargo, durante décadas hemos visto a personajes que se presentan como intérpretes de la sensibilidad martiana mientras dedican alabanzas al hombre que instauró en Cuba un sistema incompatible con los principios republicanos defendidos por el Apóstol.

Entre ellos destaca Amaury Pérez Vidal, quien ha transitado cómodamente entre la exaltación poética de Martí y la veneración política de Fidel.
La pregunta resulta inevitable. ¿Cómo puede alguien admirar simultáneamente al defensor de la libertad y al constructor de un régimen donde la libertad quedó subordinada a la obediencia ideológica? La respuesta suele encontrarse menos en la coherencia intelectual que en la conveniencia personal.
A lo largo de la historia abundan los artistas que decidieron convertir su talento en moneda de cambio. Renunciaron a la independencia de criterio para transformarse en acompañantes del poder.
Descubrieron que el elogio abre puertas, garantiza privilegios y asegura visibilidad pública. Mientras otros asumían riesgos por expresar sus opiniones, ellos disfrutaban de los beneficios reservados para los fieles del sistema.
Lo verdaderamente ofensivo no es la admiración personal hacia un gobernante. Cada individuo tiene derecho a sus preferencias. Lo cuestionable es utilizar la figura inmensa de Martí para legitimar una realidad que contradice los valores que él defendió.
Martí no puede ser empleado como maquillaje moral de ningún proyecto autoritario. Su legado pertenece a la nación, no a una élite política ni a sus propagandistas culturales. Los aduladores siempre han desempeñado un papel lamentable en la historia.
No crean riqueza, no producen ideas renovadoras y rara vez asumen responsabilidades por los desastres que ayudan a encubrir. Su función consiste en embellecer el fracaso, justificar los errores del poder y presentar como virtudes aquello que el ciudadano común sufre cada día.
Cuando un artista coloca su prestigio al servicio de esa tarea, deja de ser simplemente un creador para convertirse en un instrumento político. Cuando pretende hacerlo invocando a Martí, la contradicción alcanza dimensiones grotescas.
La historia suele ser severa con los tiranos, pero también con quienes dedicaron su talento a glorificarlos. Porque si los déspotas construyen los altares a su personalidad, son los aduladores quienes les encienden las velas.
Cuando el tiempo termina despejando la propaganda, lo que queda al descubierto no es la grandeza de aquellos elogios, sino la pequeñez moral de quienes los pronunciaron.

