
Hay manipulaciones históricas que ofenden la inteligencia. Pero existen otras que, además, profanan la memoria moral de una nación. El texto publicado por Granma bajo el título ‘Lecciones para todos los tiempos’ intenta justamente eso: colocar a José Martí y a Fidel Castro en un mismo pedestal ético, político y humano.
Esa comparación no solo es falsa; resulta profundamente irrespetuosa con la figura del Apóstol. José Martí fue un hombre de virtud extraordinaria. Fidel Castro fue un hombre de poder absoluto. Y entre la virtud y el poder sin límites existe un abismo moral imposible de ocultar con propaganda.
Fidel Castro no puede compararse con Martí
José Martí jamás gobernó Cuba. Nunca tuvo cárceles políticas, nunca silenció periódicos, nunca persiguió opositores, jamás convirtió la discrepancia en delito.
Murió joven, pobre y peleando por la independencia de su patria. Toda su vida estuvo marcada por la coherencia entre palabra y conducta. Vivió del sacrificio personal, no de privilegios.

Fidel Castro, por el contrario, gobernó durante décadas mediante un sistema de partido único donde desaparecieron las libertades fundamentales. Bajo su mandato, Cuba conoció la prisión política, la censura, el miedo, los fusilamientos, el exilio masivo y la destrucción económica de la nación.
Compararlo con Martí equivale a borrar las diferencias entre un republicano civilista y un caudillo autoritario. Granma intenta apropiarse del antimperialismo martiano para justificar el modelo fidelista.
Pero Martí jamás defendió un Estado totalitario. Su pensamiento estaba profundamente ligado a la dignidad plena del hombre, al equilibrio republicano y a la necesidad de impedir cualquier forma de tiranía. Martí desconfiaba del poder excesivo. Fidel Castro lo concentró todo en sus manos.
La dictadura cubana no es martiana
Decir que la Revolución cubana fue “martiana en sus cimientos y en su práctica” constituye una de las mayores deformaciones históricas repetidas por la propaganda oficial. Martí soñó una república “con todos y para el bien de todos”.
Cuba terminó convertida en un país donde millones de ciudadanos fueron excluidos por pensar distinto. Martí escribió y defendió la libertad de expresión. Fidel construyó un sistema donde solo habla el poder.

Martí creyó en la pluralidad del alma cubana. Fidel impuso el pensamiento único. Martí jamás llamó traidor a quien discrepaba. Fidel convirtió el odio político en método de gobierno. Martí admiraba la decencia. Fidel normalizó la obediencia.
Y todavía hay algo más profundo: Martí jamás cultivó el culto a la personalidad. No levantó monumentos para sí mismo, no llenó ciudades con su imagen, no exigió consignas, no convirtió su nombre en doctrina oficial.
Fidel Castro sí edificó una maquinaria gigantesca de idolatría política donde el ciudadano debía rendir culto permanente al líder. La tragedia cubana consiste precisamente en haber sustituido la ética martiana por el dogma fidelista.
El artículo de Granma habla de “virtud”, “amor”, “justicia” y “vocación de servicio”, mientras millones de cubanos sobreviven en pobreza extrema, miles han debido emigrar y generaciones enteras crecieron bajo vigilancia política y miedo cívico.
Esa contradicción destruye cualquier intento serio de comparar ambas figuras. Martí pertenece a la historia moral de Cuba. Fidel Castro pertenece a la historia del poder cubano. Son dimensiones distintas.
Una nación seria debe aprender a diferenciar entre el héroe civil que entrega su vida por la libertad y el gobernante que termina sofocando esa misma libertad en nombre de una ideología. José Martí no necesita ser mezclado con Fidel Castro para alcanzar grandeza. Martí brilla por sí solo.
Lo verdaderamente ofensivo no es que Granma exalte a Fidel. Lo ofensivo es que, para intentar salvar el deterioro histórico del castrismo, necesite utilizar constantemente la figura de Martí como legitimación moral.
Eso revela una verdad incómoda: el fidelismo nunca pudo crear una autoridad ética comparable a la del Apóstol. Por eso vive refugiándose en él. Pero la historia, tarde o temprano, termina separando la virtud auténtica de la propaganda.

