
La prensa oficial cubana anunció con mucha efusividad la creación de una nueva variedad de malanga con la que, según el discurso gubernamental, se pretende acabar con el hambre.
El anuncio fue difundido por la emisora local CMHW y presentado como un avance científico relevante en medio de la peor crisis alimentaria que ha vivido la Isla en décadas, marcada por la escasez de productos básicos, el encarecimiento de las viandas y el deterioro sostenido del sector agrícola.
El resultado fue alcanzado por el Instituto Nacional de Investigaciones en Viandas Tropicales (Inivit), con sede en Villa Clara. Los especialistas aseguran haber obtenido por primera vez en Cuba la semilla botánica de la malanga xanthosoma spp.
El logro habría permitido superar la errática floración del cultivo, un obstáculo histórico que limitaba la aplicación de técnicas de mejoramiento genético convencional. Con ello, el cultivo será más resistente a plagas y se espera que tenga altos rendimientos por hectárea sembrada.
De acuerdo con el investigador principal del estudio, Alay Jiménez, la obtención de la semilla abre la puerta al desarrollo de variedades poligénicas con mayor rendimiento, ciclos de cosecha más cortos y una supuesta resistencia superior frente a enfermedades, sequías y suelos degradados. También se plantea como una herramienta para reducir pérdidas provocadas por plagas como el conocido “mal seco”.
Sobre el papel, el discurso técnico resulta atractivo. Las autoridades sostienen que la nueva variedad permitiría estabilizar la producción y fortalecer la llamada “soberanía alimentaria”, uno de los conceptos más repetidos por el gobierno cubano en los últimos años, aunque con escasos resultados visibles en la mesa de los ciudadanos.
Sin embargo, el anuncio ha sido recibido con escepticismo por amplios sectores de la población y por analistas que señalan que la crisis agrícola cubana no se debe a la falta de conocimiento científico.
Apagones prolongados, escasez de combustible, carencia de agua para riego, falta de insumos y un sistema de acopio ineficiente siguen impidiendo cualquier aumento sostenido de la producción.
En ese contexto, incluso las variedades más “resilientes” enfrentan un aparato productivo colapsado, incapaz de llevar los resultados del laboratorio al campo a gran escala. El problema no radica en la semilla, sino en un modelo centralizado que desincentiva al productor y bloquea la iniciativa privada.
La malanga, una de las viandas más apreciadas en la dieta cubana, se ha convertido en un producto casi de lujo. Cuando aparece en los mercados, sus precios resultan inalcanzables para una población cuyos salarios estatales no cubren ni lo básico. Para millones de cubanos, hablar de soluciones a “mediano y largo plazo” suena desconectado de una urgencia diaria: comer.
No es la primera vez que el oficialismo presenta avances agrícolas como respuestas casi milagrosas. En meses recientes se promovieron nuevas variedades de boniato y otros cultivos, sin que ello haya tenido impacto real en la disponibilidad de alimentos. La experiencia confirma que los problemas del agro no se resuelven con titulares, sino con reformas profundas.
Un logro técnico con valor académico, pero insuficiente para ocultar que la raíz del problema alimentario en Cuba sigue siendo política, estructural y consecuencia directa de un modelo económico fallido.
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