
La reacción a mis opiniones políticas sobre Cuba no ha sido una respuesta: ha sido una confesión. Una confesión colectiva de impotencia intelectual. No ha aparecido un solo argumento. Ni uno. En su lugar: insultos, vulgaridades, ataques personales.
Ese es el nivel real de quienes pretenden defender lo indefendible. Las llamadas “ciberclarias” no participan en un debate; ejecutan una orden. No piensan: repiten. No analizan: reaccionan. Son el producto acabado de un sistema que ha sustituido la educación por la consigna y la conciencia por la obediencia.
Cuando la verdad irrumpe, no saben qué hacer con ella. No pueden refutarla, porque carecen de herramientas. Entonces recurren a lo único que les queda: el grito, la ofensa, la bajeza. Es un mecanismo casi automático, aprendido, condicionado.
Y, sin embargo, cada insulto que lanzan me da la razón. Cada palabra grosera confirma la pobreza moral desde la que operan. No me afectan; los definen.
La verdad tiene un efecto inevitable: incomoda. Desarma, expone. Y lo que se ha expuesto aquí no es mi persona, sino el vacío de quienes intentan sostener un relato que ya no resiste el más mínimo examen.

Han intentado usar mi edad como arma. Es un recurso tan pobre como revelador. Sí, soy un hombre viejo; pero he llegado hasta aquí sin someter mi conciencia, sin vender mi palabra, sin doblegar mi dignidad. No he necesitado esconderme detrás de un teclado para atacar en manada.
Hay algo que marca una diferencia irreconciliable: la miseria material puede imponerse; la degradación moral es una elección. Ustedes han elegido: han elegido servir sin cuestionar, atacar sin pensar y colocarse del lado de la mentira.
La historia —no la propaganda, no el discurso oficial, sino la historia real— no se deja intimidar por el ruido. Clasifica, separa, juzga. Y cuando ese juicio llegue, no contará cuántos insultos se escribieron, sino qué valores se defendieron.
Y en ese balance, quedará claro quién habló desde la libertad… y quién lo hizo desde la sumisión. ¡Les queda claro!

