
Durante décadas, Raúl Castro proyectó una imagen muy distinta a la de Fidel. Hablaba menos, concedía pocas entrevistas y protegía con extremo celo su vida personal. Esa reserva convirtió al general en una figura difícil de descifrar incluso después de asumir formalmente la presidencia de Cuba.
Sin embargo, testimonios de antiguos colaboradores, escoltas y personas que conversaron directamente con él permiten reconstruir facetas que rara vez aparecían en público. El retrato resulta contradictorio: un hombre familiar y bromista con su círculo cercano, disciplinado hasta la rigidez en el trabajo y, según uno de sus antiguos colaboradores de mayor confianza, capaz de actuar de forma “despiadada” cuando consideraba amenazada la continuidad del régimen.
Su personalidad vuelve a despertar interés a los 95 años, mientras conserva influencia en Cuba y enfrenta un proceso penal abierto en Estados Unidos por el derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate en 1996.
Raúl: el jefe familiero del segundo clan Castro
Una de las descripciones más detalladas procede de Juan Reinaldo Sánchez, quien pasó 17 años dentro del dispositivo de seguridad de Fidel Castro y posteriormente publicó sus memorias, The Double Life of Fidel Castro.
Sánchez sostiene que Raúl desempeñaba dentro del clan un papel diferente al de Fidel. Mientras su hermano mayor mantenía su vida doméstica fuertemente compartimentada y protegida, Raúl habría funcionado como una especie de organizador de la familia.
Según el antiguo escolta, Raúl y Vilma Espín acostumbraban reunir los domingos a hijos, nietos, hermanos y otros parientes en La Rinconada, su residencia en el oeste de La Habana. Fidel podía asistir ocasionalmente, pero no era necesariamente el centro de aquellos encuentros.
El exanalista de la CIA Brian Latell, quien estudió durante décadas a los hermanos Castro, también llamó la atención sobre ese contraste. En sus trabajos describió a Raúl como más vinculado emocionalmente con familiares, amigos y colaboradores, además de atento a cumpleaños y otros acontecimientos personales.
Décadas después apareció otra pequeña ventana a ese universo doméstico. Raúl Guillermo Rodríguez Castro contó que delante de otras personas podía dirigirse a su abuelo como “Ministro”, mientras que en privado simplemente lo llamaba “Abuelo”.
El nieto de Raúl Castro también describió recientemente cómo era la familia puertas adentro. Ese perfil doméstico, sin embargo, convivía con otra personalidad cuando se trataba del poder.
Un hombre alegre y “despiadado”
Uno de los testimonios de mayor valor para entender esa dualidad pertenece a Alcibíades Hidalgo. No fue un observador distante ni alguien que conociera al general después de abandonar Cuba: trabajó directamente a su lado durante años.
En 1981 comenzó como asesor de Raúl Castro y en 1985 se convirtió en jefe de su despacho. Posteriormente ocupó cargos como viceministro de Relaciones Exteriores y representante cubano ante Naciones Unidas, antes de abandonar la Isla en 2002.
Hidalgo recordó que su primer encuentro estuvo muy lejos de la imagen del militar frío. En una entrevista con La Tercera, relató que Raúl lo recibió en abril de 1981 “risueño y jaranero” en su enorme despacho del Ministerio de las Fuerzas Armadas.
Incluso comenzó la conversación con una broma sobre la resistencia de Hidalgo a trabajar para él. Aquel encuentro terminó con el periodista incorporado al equipo del general.
Pero después de años de cercanía, la valoración de Hidalgo sobre su antiguo jefe fue considerablemente más severa. En 2010 afirmó que Raúl seguía siendo “despiadado” en las decisiones en las que estaba en juego la supervivencia del régimen y aseguró que no había percibido un cambio fundamental en su personalidad desde la época en que trabajó con él.
La descripción permite reconciliar dos imágenes aparentemente incompatibles. Raúl podía ser cordial, bromista y atento con quienes pertenecían a su círculo de confianza, mientras adoptaba una conducta completamente distinta cuando interpretaba que estaba amenazado el sistema político.
Hidalgo también consideraba que su antiguo jefe estaba profundamente marcado por el comunismo soviético y advertía que su pragmatismo no debía interpretarse como una voluntad de democratización. A su juicio, las reformas de Raúl respondían ante todo a la necesidad de garantizar la supervivencia del régimen.
Curiosamente, la descripción del Raúl bromista encuentra apoyo en una fuente políticamente muy diferente. En 2008, el actor estadounidense Sean Penn mantuvo una conversación de aproximadamente siete horas con el gobernante cubano.
En la crónica publicada por The Nation, Penn encontró a un hombre cálido, abierto, enérgico y rápido para la broma. Al terminar el encuentro, Raúl miró su reloj y bromeó con que llamaría a Fidel: cuando su hermano descubriera que había conversado siete horas con Penn, seguramente querría concederle siete horas y media.
Sus problemas con el alcohol tras enviar a su amigo a paredón
Uno de los episodios privados más controvertidos atribuidos a Raúl Castro ocurrió después del fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, uno de sus amigos más cercanos, en julio de 1989.
Ochoa era uno de los militares más condecorados de Cuba y había participado en importantes operaciones internacionales. Tras un proceso por narcotráfico y otros delitos, fue condenado a muerte junto con Antonio de la Guardia, Amado Padrón y Jorge Martínez. La trayectoria y caída del general Ochoa marcaron uno de los episodios más polémicos de la cúpula militar cubana.
Juan Reinaldo Sánchez sostuvo posteriormente que aquella ejecución afectó profundamente a Raúl. Según su relato, el entonces ministro de las Fuerzas Armadas atravesó un período de consumo excesivo de alcohol y Vilma Espín llegó a preocuparse seriamente por su estado emocional.
Sánchez afirmó además que la situación terminó llegando al dispositivo de seguridad de Fidel y que este acudió personalmente a La Rinconada para conversar con su hermano. Al recoger las afirmaciones de Sánchez, Miami Herald señaló, no obstante, que su versión de aquellos acontecimientos no podía verificarse de manera independiente.
La importancia del relato está en que introduce una dimensión difícil de observar públicamente: la posibilidad de que un hombre caracterizado por una enorme disciplina institucional también fuera vulnerable ante conflictos relacionados con personas de su círculo militar.
Tomados en conjunto, los recuerdos de Sánchez, Hidalgo y Penn dibujan un personaje bastante más complejo que el general inexpresivo de las ceremonias oficiales.
Raúl podía ser el abuelo rodeado de familiares los domingos, el jefe que iniciaba una conversación con una broma o el dirigente dispuesto a permanecer siete horas hablando con un visitante. Pero también era el hombre que Hidalgo, después de trabajar durante años a pocos metros de él, describió como “despiadado” cuando estaba en juego la continuidad del poder.