La limpieza de una ciudad se mide de muchas maneras, entre ellas la más visible es la ausencia de basura acumulada en las calles. Otra manera es el cuidado a los lugares públicos y en especial la cultura de la población en el manejo de los desechos.
Lamentablemente parte de la Habana es una ciudad donde la limpieza no es el mejor de sus signos distintivos. Siempre camino por muchas de sus calles (conocemos las limitaciones del transporte público) y se ven tanques de basura repletos, con mal olor, sin tapas, volcados y rotos.
A ese grave problema súmele la mala educación de algunos de sus habitantes. Botan la basura en cualquier lugar, desde los vehículos lanzan latas de cervezas o refrescos y los peatones hacen lo mismo. Las colillas de cigarros se lanzan desde pisos altos o se desechan en cualquier lugar al terminar de fumar. En los portales de iglesias o tiendas el olor a orines y excremento sorprende de golpe a cualquier peatón.
Si se sienta en el muro del Malecón, verá como el arrecife está lleno de botellas, latas, vasos y platos plásticos. La culpa no la tiene el litoral sino los que allí se sientan a beber, fumar, comer y amar.
No es posible que una Ciudad maravilla como la Habana tenga en varios de sus municipios una cara tan fea y que el mal olor de los tanques de basura sea el perfume que perdure en su memoria.
Qué se puede esperar en un país que el Gobierno es la basura más grande?
Con la indecencia de Fidel y la ruptura de las reglas elementales de educación, la familia y el desaucio del respeto ese bello país se ha convertido en una inimaginable basura.