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Cuba en la oscuridad: 66 años después, la promesa de electricidad de Fidel Castro sigue sin cumplirse

Bajo el modelo comunista que Castros implantó, la situación es incluso peor que antes de 1959. (Foto de referencia © Periódico Cubano – Grok)

El 11 de abril de 1959, Fidel Castro, en un discurso pronunciado en La Habana, denunciaba la falta de electricidad en gran parte del territorio cubano. Lo hacía con una oratoria encendida, apelando a la indignación popular y utilizando ejemplos prácticos para ilustrar las dificultades que padecía la mitad de la población.

En su intervención, advertía sobre la imposibilidad de vivir sin electricidad, sobre la tragedia de no contar con un refrigerador, una plancha, un radio o un televisor, y señalaba lo “insoportable” que resultaría para cualquier familia cubana perder estos servicios.

En 2025, a 66 años de la llegada del comunismo al poder, la realidad es una cruel ironía: Cuba sufre apagones de hasta 20 horas diarias, la infraestructura eléctrica está colapsada, y la Revolución que prometió modernidad dejó tras de sí un país en penumbras. La Unión Eléctrica tiene como estrategia dar servicio de una sola hora de electricidad al día. 

Castro utilizó la falta de electricidad como un símbolo del atraso bajo el gobierno de Fulgencio Batista y la justificación para un cambio de régimen. Sin embargo, hoy, bajo el modelo comunista que él implantó, la situación es incluso peor. En 1959, el acceso a la electricidad era limitado, pero el sistema, aunque imperfecto, estaba en expansión. La llegada de la economía centralizada y la estatización de todos los sectores pusieron fin a cualquier posibilidad de crecimiento sostenido.

En lugar de fomentar inversiones y permitir el desarrollo de una infraestructura moderna, el gobierno revolucionario se apropió de la generación y distribución de electricidad, convirtiéndola en un monopolio ineficiente y corrupto. Las consecuencias han sido devastadoras: termoeléctricas obsoletas, falta de mantenimiento, dependencia del crudo venezolano y una crisis energética que hunde a Cuba en la oscuridad.

El colmo de la contradicción radica en que la Revolución, que tomó el poder alegando una injusta distribución de recursos, terminó generando un país donde ni siquiera las ciudades principales pueden garantizar un suministro eléctrico estable.

El discurso de Castro en 1959 denunciaba el atraso de una economía que, según él, había sido desatendida por el capitalismo. Pero el tiempo ha demostrado que la planificación centralizada comunista ha sido el mayor enemigo del progreso.

Mientras otros países de la región, como República Dominicana y Costa Rica, avanzaron en la modernización de su infraestructura eléctrica con inversión privada y competencia, Cuba se quedó estancada en un modelo donde el Estado es dueño absoluto de la economía y las decisiones se toman bajo lógicas ideológicas y no pragmáticas.

La producción energética en Cuba depende de plantas termoeléctricas vetustas, que constantemente sufren averías, y de importaciones de petróleo de países aliados como Venezuela, que también enfrenta su propia crisis. La falta de inversión privada y la persecución del emprendimiento han impedido el desarrollo de energías renovables o la creación de soluciones modernas para abastecer a la población.

Uno de los legados más perversos del castrismo ha sido su capacidad para moldear el pensamiento de varias generaciones, inculcándoles la idea de que la miseria es un sacrificio por la Revolución.

Desde 1959, los discursos oficiales han creado una narrativa en la que los cubanos deben soportar carencias en nombre de la “soberanía” y la “resistencia ante el imperialismo”. Mientras el mundo avanza, Cuba se ha mantenido en una burbuja de retórica vacía, donde las mismas excusas de hace seis décadas se reciclan para justificar la ineficiencia gubernamental.

La manipulación cultural ha sido clave para que, a pesar de la falta de electricidad, comida, medicinas y oportunidades, muchos cubanos sigan repitiendo los dogmas del sistema. Se les ha privado de herramientas críticas para analizar su propia realidad y se ha hecho todo lo posible por impedir que el pensamiento liberal y republicano eche raíces en la Isla.

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