
El régimen cubano activó un nuevo operativo nacional contra el delito, la corrupción, las drogas, las ilegalidades y las llamadas “indisciplinas sociales”, en un momento de fuerte tensión interna por los apagones, la escasez de combustible, los altos precios y el creciente desgaste social dentro de la isla.
La campaña fue presentada por la prensa oficial como el Quinto Ejercicio Nacional de Prevención y Enfrentamiento, una movilización estatal que apunta a reforzar el control sobre sectores considerados estratégicos, entre ellos el sistema eléctrico, los combustibles y la producción y comercialización de alimentos.
Aunque el discurso gubernamental insiste en que el objetivo es preservar la seguridad ciudadana, el anuncio llega en un contexto especialmente delicado: protestas recientes por apagones, una crisis energética prolongada y un clima político marcado por el endurecimiento de las tensiones entre La Habana y Washington.
El régimen pone el foco en energía, alimentos y orden público
Entre las prioridades mencionadas por las autoridades figuran el Sistema Electroenergético Nacional, los combustibles, los alimentos, la corrupción, el tráfico y consumo de drogas, la especulación y los precios abusivos.
La selección de esos sectores revela la profundidad de la crisis. Los apagones, la falta de combustible y el encarecimiento de productos básicos golpean directamente la vida cotidiana de los cubanos y han aumentado el malestar social en barrios, colas, centros de trabajo y espacios públicos.
Sin embargo, el anuncio oficial no ofrece cifras concretas sobre la magnitud de los delitos, los casos de corrupción investigados, el número de inspecciones previstas ni las garantías ciudadanas frente a posibles abusos. Tampoco precisa cuánto durará el operativo ni qué alcance tendrá en cada provincia.
“Indisciplinas sociales”, una etiqueta amplia y peligrosa
Uno de los elementos más delicados del anuncio es el uso del concepto “indisciplinas sociales”, una expresión recurrente en el lenguaje oficial cubano, pero de límites imprecisos.
Bajo esa categoría pueden entrar desde infracciones comunes hasta protestas espontáneas, quejas públicas, concentraciones vecinales por apagones o conductas asociadas a la supervivencia económica en medio de la crisis.
Esa ambigüedad convierte el operativo en algo más que una campaña contra delitos reales. También puede funcionar como una herramienta para contener el descontento ciudadano y reforzar la presencia del Estado en un momento en que la paciencia social parece cada vez más agotada.
La prensa oficial relaciona determinados hechos vandálicos con intentos de provocar desorden y estallidos sociales, pero no presenta pruebas verificables, casos específicos ni evidencias independientes. Esa narrativa coincide con una práctica frecuente del régimen: atribuir la inconformidad interna a factores externos antes que reconocer responsabilidades propias en el deterioro del país.
Tensión con EEUU y encuestas sobre una posible intervención
El operativo también se produce en medio de un debate cada vez más visible sobre una posible intervención de Estados Unidos en Cuba. Encuestas recientes han mostrado un respaldo significativo a esa opción entre sectores de la comunidad cubana, aunque los datos deben manejarse con cautela por sus diferencias metodológicas.
Una encuesta en línea difundida por medios independientes reportó que una mayoría de participantes apoyaría una intervención militar directa de Estados Unidos. Otro sondeo realizado entre cubanos y cubanoamericanos del sur de Florida también reflejó un amplio respaldo a algún tipo de acción militar vinculada al cambio político o a la crisis humanitaria en la isla.
Para el régimen, esos datos encajan dentro de su narrativa de amenaza externa. Pero también revelan algo que La Habana evita discutir de fondo: el nivel de desesperación, ruptura y pérdida de confianza de una parte importante de los cubanos, dentro y fuera del país, ante la posibilidad de una salida interna y pacífica a la crisis.
El nuevo ejercicio nacional no puede leerse solo como una operación contra delitos comunes. En el actual escenario, también parece una señal de fuerza hacia una población sometida a apagones, pobreza creciente y miedo a protestar.
La pregunta clave será si esta campaña se limitará a enfrentar corrupción, drogas y abusos económicos, o si servirá para ampliar la vigilancia, las multas y la represión selectiva contra cualquier expresión de descontento.

