
Miguel Díaz-Canel reconoció que es un “dictador”, aunque uno “muy extraño” durante una entrevista para el diario español Público, un medio abiertamente de izquierda.
“Yo soy un dictador muy extraño: un dictador que puede compartir con su pueblo, que puede marchar junto a su pueblo”, dijo el burócrata designado por Raúl Castro para ostentar la presidencia de Cuba desde el 2018 mientras él sigue moviendo los hilos del poder desde la sombra.
La declaración provocó atención porque el gobernante no rechazó de forma directa la etiqueta de “dictador”. En lugar de hacerlo, recurrió a la ironía para presentarse como un dirigente cercano a la población. Su argumento se apoyó en la idea de que puede marchar junto a los ciudadanos y compartir con ellos en actos públicos organizados por el aparato estatal.
Ese planteamiento requiere matices. Las apariciones públicas de Díaz-Canel suelen realizarse en escenarios previamente preparados por estructuras oficiales, con presencia de militantes, trabajadores movilizados y estudiantes convocados desde centros laborales o educativos. En Cuba, la asistencia a actos políticos rara vez ocurre en un ambiente de plena espontaneidad.
Muchas personas acuden por presión institucional, temor a represalias o para evitar señalamientos en empleos y escuelas.
Los aplausos, consignas y muestras de respaldo forman parte de una puesta en escena controlada por el Partido Comunista. Por ello, marchar entre una multitud no prueba cercanía democrática, sino capacidad del régimen para movilizar y vigilar a la población.
Niega que Cuba sea un estado fallido
En la propia entrevista, Díaz-Canel negó los señalamientos de que Cuba sea un “estado fallido”. Aseguró que un país colapsado no podría sostener servicios de salud, educación, cultura y deporte.
También defendió que la isla conserva estabilidad, organización, programas sociales, médicos en el exterior y proyectos vinculados a la soberanía alimentaria y la transición energética.
El gobernante admitió problemas internos como la burocracia, la lentitud administrativa y las dificultades para trabajar sin energía. Sin embargo, atribuyó el deterioro nacional al bloqueo estadounidense y al recrudecimiento de las sanciones.
Según su versión, la presión externa paraliza actividades económicas, afecta el curso escolar, impone el teletrabajo y agrava la escasez de alimentos, medicinas, agua y transporte.
Dispuesto a morir junto a su familia
Otra respuesta polémica fue su defensa de la llamada “guerra de todo el pueblo”. Díaz-Canel sostuvo que la población participa en un plan de preparación para la defensa nacional ante una eventual agresión externa.
Según dijo, cada cubano tendría una misión dentro de ese esquema. Esa idea refuerza la lógica militarizada del régimen, que suele presentar la obediencia política como defensa de la soberanía.
El gobernante fue más lejos al afirmar que él, su familia, la dirección de la revolución y “millones de cubanos” están dispuestos a dar la vida por el sistema.
En ese sentido, dijo que, si llega el momento, habría que combatir y morir. La frase resulta controvertida porque coloca el sacrificio extremo como virtud política, mientras la población enfrenta apagones, colas, bajos salarios y carencias básicas.
Culpa a Trump de una “agresión multidimensional”
Sobre Estados Unidos, Díaz-Canel mantuvo un tono de confrontación. Acusó a Washington de ejercer una “agresión multidimensional” contra Cuba y calificó el supuesto bloqueo energético como un “castigo colectivo”.
También dijo que un diálogo con la administración estadounidense podría existir, pero sería difícil por la desconfianza acumulada y por las amenazas contra la isla.
El burócrata de 66 años también atacó a gobiernos latinoamericanos críticos de La Habana. Los calificó de “lacayos” y los acusó de actuar sin dignidad para favorecer a Estados Unidos.
Además, sostuvo que Donald Trump habría renovado la Doctrina Monroe con un “Corolario Trump”, una fórmula que, según él, busca volver a tratar a América Latina como patio trasero.

