
Dos residentes de Centro Habana, Lázaro, de 58 años, y César, de 63, han asumido una función inusual en su comunidad: vigilar de forma permanente una esquina cercana a la calle Zanja para impedir que vuelvan a acumularse desechos en un punto que hasta hace poco figuraba entre los mayores vertederos informales del municipio.
La historia fue documentada este mes por el fotorreportero freelance Enrique de la Osa, quien difundió imágenes y testimonios sobre una iniciativa impulsada y financiada por los propios vecinos ante el deterioro del servicio de recogida de basura en La Habana.
Según explicó De la Osa, los habitantes de la cuadra acordaron pagar la presencia de ambos hombres para evitar que el antiguo basurero reaparezca. También definieron áreas específicas para depositar los residuos. Como parte de ese acuerdo, quien arroje desperdicios fuera de los lugares establecidos puede enfrentar una multa de 50.000 pesos.
Lázaro expresó sin rodeos su compromiso con la tarea. “El que tire basura en la cuadra lo parto en dos”, declaró al fotógrafo. Más adelante añadió: “Es que de pinga mi hermano, yo creo que el basurero de aquí era el más grande de Cuba”.
De la Osa confirmó la gravedad de la situación. Apenas cuatro días antes de publicar la historia tuvo que modificar su recorrido porque la calle permanecía bloqueada por una enorme acumulación de desperdicios. Además, conservaba fotografías tomadas meses atrás que mostraban el nivel de deterioro alcanzado en la zona.
La crisis de los residuos se profundiza en la capital
La experiencia de esta cuadra refleja un problema mucho más amplio. Durante los últimos meses, la recogida de basura en La Habana ha enfrentado serias dificultades por la falta de combustible, el desgaste del parque automotor y las limitaciones operativas de los servicios comunales.
Datos divulgados durante el primer semestre de 2026 indicaban que solo 44 de los 106 camiones recolectores de la capital estaban en funcionamiento. Esa situación dejó sin recoger miles de metros cúbicos de residuos cada jornada en una ciudad que genera entre 24.000 y 30.000 metros cúbicos diarios.
Centro Habana figura entre los municipios más afectados. En junio, una montaña de basura bloqueó la intersección de San José y Escobar. Meses antes, la zona de Zanja y Dragones volvió a convertirse en un foco de insalubridad que puso en riesgo instalaciones cercanas. También circularon imágenes de personas buscando alimentos entre los desperdicios acumulados.
La permanencia de estos escenarios revela un deterioro sostenido de un servicio básico cuya gestión corresponde al Estado. Mantener las calles limpias, garantizar la recogida sistemática de residuos y prevenir riesgos sanitarios forman parte de las responsabilidades de las instituciones públicas.
Sin embargo, en numerosos barrios son los ciudadanos quienes terminan organizando soluciones para enfrentar una situación que afecta la salud y la calidad de vida.
La autogestión vecinal gana espacio ante la falta de respuestas
La vigilancia ejercida por Lázaro y César no constituye un hecho aislado. En distintos puntos de la capital han surgido iniciativas comunitarias para suplir las deficiencias del sistema de recogida de desechos.
Vecinos de Casino Deportivo organizaron jornadas propias de limpieza, mientras que en La Habana Vieja se implementaron mecanismos para que los residentes trasladaran directamente la basura hasta los camiones recolectores.
Estos esfuerzos muestran capacidad de organización ciudadana, pero también evidencian una realidad preocupante: la respuesta institucional no ha logrado contener una crisis que se agrava con el paso del tiempo.
La falta de combustible, el deterioro técnico y la escasez de recursos explican parte del problema, pero la persistencia de los vertederos apunta además a deficiencias de gestión y planificación.
“Hoy Lázaro y César están atentos, vigilando celosamente su barrio para que nadie tire basura”, escribió Enrique de la Osa. También recordó la advertencia de los vecinos: “al que agarren en la puercá será multado con 50 mil pesos”.