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El manual básico de la nostalgia absurda

Hoy no voy a hablar de esas plataformas que, sin el menor asomo de vergüenza, ven la paja en el ojo del país que los acoge y no la viga de dolor y miseria en el corazón de Cuba.

Esos espacios donde el contenido gira obsesivamente en criticar al país que les dio asilo, pero rara vez apuntan a la dictadura que los obligó a escapar, no por capricho, sino por la abundancia —nunca mejor usada la palabra— de miseria y represión.

Hoy quiero hablar de algo más doméstico, pero no menos revelador: los absurdos comentarios de nuestra gente.

Porque resulta que en Cuba todo sabía mejor. El aguacate tenía otro sabor. El puerco “sí era puerco”. La yuca de aquí no sabe a nada. El ajo no condimenta igual. Uno escucha eso y empieza a sospechar que, más que un país, Cuba era una especie de parque temático del paladar perfecto.

El colmo me pasó ayer en Publix. Se me antojó comprar manteca para darle ese “toque criollo” a un plato, y le pregunté a la cajera, medio en broma:

—¿“Lard” es manteca de cerdo?

Le muestro la cajita. Me mira con total seguridad y responde:

—No, eso es manteca… como la de Cuba, la que había allá. Esa es la que yo le mando a mi mamá.

Ante su respuesta, insisto confiando en la lógica básica:

—Pero es de cerdo, ¿verdad?

Y ella, imperturbable me responde:

—No. Esa es la misma con la que cocinábamos allá antes.

La miré, sonreí… y salí del mercado pensando en esa certeza inquebrantable con la que alguien puede afirmar algo que no tiene ningún sentido.

Porque quizás de eso se trata esta nostalgia: no de recordar mejor, sino de recordar con una seguridad tan férrea que ya no necesita ni siquiera ser verdad.

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