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Krauze llama a enfrentar el fracaso de la Revolución cubana

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Krauze llama a enfrentar el fracaso de la Revolución cubana

“El fracaso de ambos (Cuba y Venezuela) regímenes debió haber puesto punto final a la era de Fidel, sobre todo cuando él ya no está presente, pero no ha sido así. El Comandante vive, y no solo en Cuba, Venezuela, Bolivia o Nicaragua”, señala el escritor mexicano

Krauze llama a Latinoamérica mirar de frente el fracaso de la Revolución cubana

Enrique Krauze, escritor mexicano, reflexiona las expectativas que se tenía con la Revolución cubana y su fracaso (INTERNET)

“Los historiadores y los intelectuales latinoamericanos tiene la palabra. Salvo excepciones, se han negado a ver de frente el fracaso histórico de la Revolución cubana y la dominación opresiva y empobrecedora de su patriarca. Pero la realidad de Venezuela – cobijada por Cuba – es inocultable y la realidad cubana lo será cada vez más. Esta ha sido la década de Lenin. Quizá la próxima sea la de Martí”, escribe y reflexiona Enrique Krause, en una editorial publicada e 13 de agosto en el periódico The New York Times.

“Mucho más grave que la realidad cubana, Venezuela vive una ruina económica, un drama social y una tragedia humanitaria sin precedentes en la historia latinoamericana. El fracaso de ambos regímenes debió haber puesto punto final a la era de Fidel, sobre todo cuando él ya no está presente, pero no ha sido así. El Comandante vive, y no solo en Cuba, Venezuela, Bolivia o Nicaragua. El 25 de noviembre de 2016, al enterarse de la muerte de Castro, en un mitin de campaña, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, contuvo apenas sus lágrimas y comparó a Castro con Nelson Mandela.

No cabe duda: la sexta década termina reverenciando en todas partes al hombre fuerte. El mundo, al parecer, pensaba “seguir jugando a la democracia” pero “llegó el Comandante y mandó a parar”. Y como el Cid, sigue gobernando, eterno, después de muerto”, lamenta.

El escritor mexicano recuerda que en enero  de 1959 , cuando era un estudiante de 11 años, se enteró de la Revolución cubana por la madre de un amigo. Su esposo era un brillante economista marxista. “Por fin se hará justicia: todos pobres, pero todos parejos”, dijo la señora.

Años después, ella me dio a leer “Escucha, yanqui”, el libro del sociólogo C. Wright Mills en el que exhibía la responsabilidad de Estados Unidos por haber explotado y menospreciado a los cubanos.

“Supe entonces que el agravio histórico databa de la guerra de 1898 y, tras la invasión de había de Cochinos en 1961, pretendí -como tantos otros- que se volviera insoluble. Lo que no era fácil de entrever era la dimensión que alcanzaría Fidel Castro como uno de los hombres más influyentes del siglo XX. Su biografía estaría escrita en la de todos nuestros guerrilleros, líderes sociales, intelectuales, presidentes. Quiso ser el redentor de América Latina. Y para algunos, hasta el día de hoy, lo fue”, escribe.

Menciona que las todos los escritores de su generación abrieron los ojos a la política con la Revolución cubana. “Nuestros maestros en la universidad, contemporáneos de Fidel Castro, veían en ella la reivindicación definitiva de Nuestra América frente a la otra América, arrogante e imperialista”.

El fundador y editor de la revista Letras Libres menciona que los suplementos literarios, las revistas y los novelistas que leían (Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes) celebraron la Revolución no solo por sus reivindicaciones económicas y sociales, sino por su oferta cultural, “Leí los relatos de Franz Kafka en una magnífica edición cubana, que me pareció emblemática del renacimiento que vivía la isla. En las tertulias cantábamos una pegajosa canción de Carlos Puebla: Aquí pensaba seguir jugando a la democracia y el pueblo que en su desgracia se acabara de morir (…)”.

Señala que aunque el marxismo formaba parte central del currículo universitario, la esperanza que convocó la Revolución cubana fue menos ideológica que religiosa y, más específicamente, redentora: “La luz de la historia haciéndose en el planeta”, como irónicamente la llamaría Gabriel Zaid, uno de sus primeros escasos críticos”.

“Por eso pocos se alarmaron con la adopción abierta del comunismo, que Castro proclamó en 1961. La muerte del Che Guevara en 1967 vivió aún más la llama del idealismo revolucionario. Cuando en octubre de 1968 el gobierno de México reprimió el movimiento estudiantil, mi generación se radicalizó de manera decisiva”.

Krauze menciona que Octavio Paz fue una excepción en momentos en que la cultura iberoamericana se distanciaba de Castro sin romper con él, y que en la revista Vuelta (1976-1998), “Paz encabezó la disidencia intelectual en español contra el totalitarismo del orbe soviético”, al punto de que, para sus detractores, se había vuelto de derecha.

“Ese reproche le pesaba”, escribe Krauze. “Quizá por eso, cuando hacia 1978 el historiador Hugh Thomas —autor de Cuba: la lucha por la libertad— nos envió una crítica feroz al régimen de Castro, Paz se negó a publicarla. “Nos van a matar”, me dijo. Apenas exageraba”.

El éxodo del Mariel y la vida y obra de escritores como Reinaldo Arenas propiciaron su ruptura definitiva con la revolución cubana y Fidel Castro, manifiesta. “Y así como Vuelta había dado voz a los disidentes de Europa del Este, comenzamos a publicar a los disidentes cubanos, sobre todo a Carlos Franqui y a Guillermo Cabrera Infante”.

Al visitar Cuba en julio de 2009, Krauze dice haber comprado en una plaza de La Habana Vieja el libro del historiador Leví Marrero Geografía de Cuba. Cuenta que, con solo hojearlo, se enteró de algunas cosas.

“Antes de la Revolución, Cuba tenía una economía rica y diversificada”, escribe. “En 1946, Cuba tenía 4,135,000 cabezas de ganado, una proporción de 0.87 de res por habitante, más del doble del per cápita mundial (0.35). El 42.9% de la superficie de Cuba se dedicaba a pastos. Desde 1940 Cuba no solo era autosuficiente en carne: la exportaba”.

Fue Yoani Sánchez quien le contó que ahora los campesinos amarraban las reses a orillas de las líneas ferroviarias para que se sacrificaran por accidente y poder comer carne legalmente, relata.

Al intentar hacer en 2015 un balance histórico de la revolución cubana, escribe Krauze, puso énfasis “en la responsabilidad personal y directa de Fidel en las recurrentes crisis económicas” y subrayó lo que él considera “la responsabilidad histórica de Estados Unidos en el drama cubano”.

El historiador mexicano dice haber celebrado la apertura hacia La Habana bajo la administración de Barack Obama. Asegura que, “por desgracia”, la política del presidente Donald Trump, “dio al traste con las posibilidades de conciliación, lo cual ha contribuido a cerrar aún más la urgente apertura de Cuba”. Y según él, “a perpetuar el castrismo”.

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