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La propuesta de Marco Rubio para una transición democrática en Cuba

La propuesta de Marco Rubio para una transición democrática en Cuba
Marco Rubio considera que en Cuba existen cuadros técnicos para un cambio democrático. (Captura de pantalla © PBS News – YouTube)

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, planteó ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes que una eventual transición democrática en Cuba debería evitar el caos y tomar como referencia los procesos vividos por países de Europa del Este.

En ese contexto, defendió la necesidad de preservar determinadas estructuras que puedan aportar estabilidad mientras se produce una transformación del sistema, tal como ocurrió en Polonia o República Checa.

“Creo que debemos mirar modelos de estos países, cómo hicieron la transición. Y una de las cosas que hicieron fue preservar algunas instituciones en su sociedad para aportar estabilidad y longevidad al proyecto”, dijo el jefe de la diplomacia estadounidense.

Rubio no mencionó una lista cerrada de instituciones, pero su planteamiento apunta a una idea central de las transiciones poscomunistas: no desmontar todo el Estado de un día para otro, sino conservar las estructuras necesarias para que el país siga funcionando, al tiempo que se elimina el monopolio político del partido comunista y se somete el aparato represivo a controles legales y democráticos.

En el caso cubano, esa fórmula podría incluir ministerios técnicos, administración pública, autoridades locales, tribunales, sistema educativo, sistema sanitario, banco central, servicios básicos, empresas públicas esenciales y una policía ordinaria reformada.

Asimismo, podrían tener un papel instituciones sociales con legitimidad, como universidades, prensa independiente, organizaciones cívicas, iglesias y sindicatos libres.

El ejemplo de Polonia resulta clave para entender la propuesta. En 1989, el régimen comunista y la oposición agrupada alrededor del sindicato Solidaridad participaron en las conversaciones de la Mesa Redonda. Ese acuerdo permitió legalizar a Solidaridad y convocar elecciones parcialmente libres en junio de ese año.

La oposición ganó de forma contundente los espacios que podía disputar y abrió el camino al primer gobierno no comunista de Europa del Este desde la posguerra, encabezado por Tadeusz Mazowiecki.

Tadeusz Mazowiecki fue primer ministro de Polonia de agosto de 1989 a enero de 1991. (Captura de pantalla © tvplodzarchiwum – YouTube)

Polonia no destruyó de inmediato el Estado. Conservó la presidencia, el Parlamento, los ministerios, los tribunales y la administración pública, pero fue sustituyendo su orientación política.

Incluso el general Wojciech Jaruzelski, figura del antiguo régimen, permaneció inicialmente como presidente, una decisión polémica, pero orientada a evitar una ruptura violenta y ofrecer garantías a sectores del poder saliente.

En otras palabras, Polonia preservó la maquinaria estatal, pero cambió su dirección política. El Ejército, la burocracia, los tribunales y las empresas públicas no desaparecieron de un día para otro. Fueron reformados gradualmente, mientras se abría el sistema electoral, se legalizaba la oposición y se impulsaba una economía de mercado.

El caso checoslovaco tuvo una dinámica más rápida. La Revolución de Terciopelo comenzó en noviembre de 1989 tras la represión de una protesta estudiantil en Praga. Las manifestaciones crecieron, el Partido Comunista renunció a su monopolio político y Václav Havel, disidente y dramaturgo, fue elegido presidente a finales de ese año.

Václav Havel fue presidente de la República Checa de 1993 a 2003. (Captura de pantalla © AFP Español – YouTube)

También allí hubo continuidad institucional. Havel no llegó al poder por una demolición total del Estado, sino a través de las instituciones existentes, incluido el Parlamento federal, que fue transformándose hasta convocar elecciones libres en 1990.

Luego llegaron reformas constitucionales, políticas y económicas. En 1993, Checoslovaquia se dividió pacíficamente en República Checa y Eslovaquia, en el llamado “divorcio de terciopelo”.

El modelo checo aplicó además medidas destinadas a impedir que antiguos colaboradores de la policía política o funcionarios comprometidos con la represión ocuparan determinados cargos públicos. No se trató de eliminar toda la burocracia, sino de depurar los sectores vinculados al aparato totalitario.

El mayor desafío para Cuba estaría en desmontar el poder real de estructuras como el Partido Comunista, el Ministerio del Interior, las Fuerzas Armadas y GAESA, el conglomerado militar que controla sectores estratégicos de la economía cubana.

Durante su intervención, Rubio sostuvo que dentro del aparato cubano existen cuadros técnicos que comprenden la gravedad de la crisis nacional. Según citó la agencia EFE, el funcionario afirmó que “claramente hay individuos dentro del aparato de poder que entienden que lo que tienen no es sostenible y que debe ser reconstruido”.

Sin embargo, advirtió que esos sectores carecen de poder real o de capacidad para conducir el cambio. “No tienen poder. Y si lo tienen, tampoco saben cómo hacerlo”, señaló. A su juicio, el problema se vuelve más complejo en los niveles superiores del régimen, donde pesa con más fuerza la inclinación ideológica de la cúpula comunista.

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